lunes, 30 de marzo de 2015

Que el placer de tomar mate no descanse sobre la esclavitud del tarefero


Aunque esta nota es de abril de 2012, la situación de esclavitud de los trabajadores yerbateros, más conocidos como tareferos, continúa. Pónganse al tanto sobre este sistema de explotación que vuelve sujetos de violaciones a chicos desde los 5 años:

“Que el placer de tomar mate no descanse sobre la esclavitud del tarefero”, resume la bandera blanca que cuelga en la pared de un galpón amplio y humilde, en Montecarlo, Misiones. Cristóbal Maidana, secretario general del Sindicato de Tareferos (cosechadores de yerba), explica: “Es nuestra consigna y es también nuestra lucha”. Son el último eslabón del “oro verde”, la yerba mate, los históricos explotados de un negocio millonario. La yerba aumentó el último mes un 90 por ciento, promedio. Y los tareferos reclaman: “Rechazamos el incremento desmedido del paquete de yerba en góndola. Nuestro estado de alerta y movilización es por condiciones de trabajo dignas y también como repudio a esas grandes empresas que intentan engañar a la gente diciendo que el precio de la yerba se incrementa para que los trabajadores estemos mejor”. La distancia entre el hogar y el yerbal determina la hora de levantarse, siempre de madrugada, entre las 4 y las 6. Un camión recorre los barrios, sube a los trabajadores al acoplado y comienza la travesía. Pueden ser veinte kilómetros, también 40 o 50. A las 7 están en el yerbal, mojados por el rocío y la helada. Tijera o serrucho en mano, cortan las ramas pequeñas de la planta, acumulan las hojas sobre plásticos abiertos como mantel que esperan en el piso. Luego se unen las puntas del plástico y forman una gran bolsa, el “raído”, cien kilos, 20 pesos. Un tarefero experimentado, y con suerte, puede hacer cuatro raídos al día, 80 pesos de salario bruto, con descuentos se transforma en 60 pesos en mano, por jornadas de nueve a doce horas: equivale a tres kilos de yerba. “Los más explotados de la cadena de la yerba son quienes más hicieron por el productor. El aumento de la hoja verde es un reclamo de los tareferos, para que cobre más el productor y así llegue más al tarefero, pero otra vez nos han jodido”, lamenta Rubén Ortiz, docente rural, referente técnico de los cosechadores, miembro de la CTA de la línea de Pablo Micheli, donde participa el Sindicato de Tareferos. Explica que en la cadena de la yerba funciona la “teoría del derrame”. El imaginario del mundo yerbatero promete que, si el productor recibe mejor precio por el kilo de hoja verde, más recibirá el contratista y éste pagará mejor salario el tarefero. El Ministerio de Agricultura de la Nación aumentó a inicios de abril el precio del kilo de hoja seca de 90 centavos a 1,70 peso y la “canchada” (seca) de 3,30 a 6,90 pesos. De inmediato el precio en góndola pasó de 11 pesos el kilo a entre 20 y 25. Y también hubo, sobre todo en supermercados, faltantes del producto. “Es pura avivada de las cuatro grandes empresas y de la cadena de comercialización. La yerba que hoy está en góndola se pagó al productor a precio del año pasado, no se justifica el aumento. Y, si sumamos el aumento actual, igual no debiera valer más de 15 o 16 pesos el kilo en góndola”, afirma Ortiz y apunta al fondo de la inequidad: “Del precio de cada kilo de yerba, el 25 por ciento se reparte entre Estado (a través de impuestos), productor, contratista y tarefero. Y el 75 por ciento queda para los molinos, grandes empresas y comercializadoras. Ahí es donde se condena al tarefero a la esclavitud. Cambiar esa injusticia es una decisión política”. El sindicato apunta a cuatro grandes empresas. Las Marías (Taragüi, La Unión, La Merced), La Cachuera (Amanda), Molinos Río de La Plata (Cruz de Malta y Nobleza Gaucha) y Hreñuk SA (Rosamonte). También culpan al INYM, la “complicidad” de Uatre y a la responsabilidad de los funcionarios provinciales y nacionales. “Todos saben que Uatre no defiende al trabajador rural, pero el Ministerio de Trabajo nos niega la inscripción gremial”, recuerda Maidana. Ortiz agrega: “Las grandes marcas son las que más explotan al tarefero, pero lamentablemente todas las marcas se hacen con el trabajo esclavo, incluso la yerba de pequeños productores, algunos de ellos con discursos de reivindicaciones sociales, se levanta con la explotación del tarefero”. El viernes 20 de abril, los productores explicitaron su malestar. En Misiones se informó que al precio de 1,70 por kilo de hoja verde había que descontar el 21 por ciento de IVA, por lo cual el productor recibiría 1,35, mucho menos de lo aceptado tres semanas atrás. El INYM desmintió, recordó que el anuncio es libre de impuestos. No alcanzó para calmar a productores y tareferos. El lunes 23 hubo asamblea tarefera en Montecarlo. “De producirse reducción en los salarios acordados, los trabajadores iniciaremos medidas de acción directa”, advirtió el sindicato, que tiene tres mil afiliados, cuatro procesados por exigir sus derechos en la Ruta Nacional 12. El secretario general del sindicato recuerda que no tienen obra social (aunque estén en blanco, porque el bajo salario no llega al piso de 2000 pesos mensuales que les exige la Obra Social de los Trabajadores Rurales y Estibadores) y hace la lista de enfermedades más comunes: desvío de columna, artritis, problemas de riñones, rodillas y manos; brazos acalambrados durante horas, intoxicaciones con agrotóxicos. “Te matan el frío y el estar mojado todo el día”, precisa Ortiz. “Es muy duro, pero sobre todo es muy injusto. Cuando en Buenos Aires pongan la pava, ojalá recuerden sobre qué espaldas arruinadas descansa el placer de matear”, advierte Maidana.

Fuente: Página 12

sábado, 28 de marzo de 2015

Para ver esta noche, "Arbitrage" o "El Fraude"

El protagonista de “El fraude” es Robert Miller, un magnate que en la víspera de su 60º cumpleaños parece el perfecto retrato del éxito americano en su vida profesional y familiar, siempre acompañado por su fiel mujer Ellen (Susan Sarandon) y Brooke (Brit Marling), su hija y heredera de su imperio. Pero tras los dorados muros de su mansión, Miller está con el agua al cuello, desesperado por completar la venta de su imperio a un gran banco antes de que quede expuesto un fraude que ha cometido. Además, mantiene un romance con una marchante de arte francesa (Laetitia Casta). Justo cuando se dispone a deshacerse de su problemático imperio, un sangriento e inesperado error le obliga a reencontrarse con un fantasma de su pasado y a enfrentarse a los límites de su doble moral. Ingresen aquí para verla.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Tomemoslo con Soda!

Cerati, Zeta y Alberti en Tijuana dándole a vieja y querida damajuana

miércoles, 18 de marzo de 2015

Muy buena e imperdible "The East"

"The East" es el nombre de un grupo de anarquistas, antisistema y ecologistas radicales que coaccionan a las empresas, entidades y organismos más importantes. Una poderosa compañía contratista privada, encargada de proteger a las grandes corporaciones de los grupos extremistas, envía a una de sus más destacadas agentes especiales a una misión: infiltrarse en el grupo para evitar más ofensivas y ataques. Sin embargo el objetivo de la misión se encuentra cada vez más lejos de cumplirse, sobre todo cuando la protagonista empieza dudar de sus convicciones y se enamora del líder carismático del grupo radical, un chico llamado Benji. Por su parte Izzy, una chica perteneciente al grupo, que anteriormente mantuvo una relación sentimental con Benji, no podrá reprimir sus sentimientos de celos y envidia hacia Sarah... sigan mirándola aquí.

lunes, 16 de marzo de 2015

Así que esto era ser el pato de la boda

La expresión fue originalmente “pagar el pato”. En ambas domina la idea de tener que pagar las consecuencias de algo, de un hecho o situación que es ajena a uno. En la España de la inquisición, los judíos debían pagar tributo por la adquisición de la Torah, libro sagrado que contiene los preceptos de la ley mosaica. A dicho tributo se lo llamó pacto o tora. Estaban obligados a pagarlo los que convivían con judíos o se confundían con ellos. Como el pueblo pronunciaba “pato” en lugar de “pacto”, quedó la expresión asociada a este animal. Al llegar la frase a América, quedó asociada a la víctima y al pavo, animal que se consumía en las bodas. Decididamente se confunden pavo con pato, y así ambas frases se confunden pero significan lo mismo: acabar siendo responsable de algo que se nos endilga, en lo que no tenemos ni arte ni parte. Pagar culpas ajenas.

viernes, 13 de marzo de 2015

Para ver hoy: "El Dador de Recuerdos"

La película cuenta la historia de un mundo perfecto en el que se supone que todo el mundo es feliz, dado que se han erradicado todas las diferencias y todas las posibles causas de disensión. Las personas viven en una sociedad perfectamente diseñada y controlada. A cada uno se le designa para la profesión (Misión) que la comunidad (representada por un grupo colegiado de personas sabias) cree conveniente a sus aptitudes y cualidades. Las emociones, e incluso el color, han sido relegados al olvido.1 Jonas (Brenton Thwaites), un joven adolescente, es elegido para una profesión peculiar y secreta: el Receptor de Memorias. Es entrenado por un anciano llamado "El Dador" (Jeff Bridges), puesto que conserva todos los recuerdos del mundo anterior, por si los sabios se encontraran ante un problema para el que no tienen experiencia. (Para verla hagan click y a disfrutar)

jueves, 12 de marzo de 2015

El caso de “la guerrillerita” develó el lado más oscuro de la dictadura en Salta

"Todos los días me corren, me despierto y me están corriendo. Ellos siempre están”. Con estas palabras describió parte de sus recurrentes sueños ERG, la mujer con identidad protegida que cuando tenía 15 años –entre diciembre de 1976 y noviembre de 1977- fue secuestrada por la Policía en el sur provincial, torturada, violada, privada de alimentos, de higiene y hasta de sueño. Hace 37 años que espera justicia, y su caso es uno de los más resonantes que se investigan en la Causa Metán, a cargo del Tribunal Oral Federal 1. Durante los alegatos que empezaron el martes pasado, la fiscalía –integrada por Francisco Snopek y Juan Manuel Sivila- señaló como responsables por este caso al exjefe de la Guarnición Salta del Ejército, Carlos Alberto Mulhall; al ex director de Tránsito de Metán y funcionario de Inteligencia del Ejército, Eduardo del Carmen del Valle; y al exjefe de la Regional sur de la Policía provincial, Andrés del Valle Soraire. Para los tres pidieron prisión perpetua. Durante el desarrollo del juicio, se logró acreditar que la víctima ERG fue detenida cuando tenía 15 años, en diciembre de 1976. Ella cursaba la secundaria en Buenos Aires, y al entrar en vacaciones había viajado a la provincia para visitar a su madre, que vivía en El Galpón. Cuando llegó a Metán y se disponía a tomar otro ómnibus que la llevara hasta su destino final, cerca de las 6 de la mañana fue detenida sin orden judicial por varios efectivos de la Policía, a cargo del comisario metanense Eduardo Zona (ya fallecido). En ese momento empezó su calvario. Luego de ser detenida fue trasladada en un patrullero a la comisaría de Metán, donde fue interrogada bajo la acusación de “guerrillera”. Entre sus pertenencias, la Policía dijo encontrar material “subversivo”: los poemas de Pablo Neruda y un libro con ensayos del “Che” Guevara bastaron para sostener la acusación. No pasaron muchos días hasta que los policías la empezaron a llamar “la guerrillerita”. Sin orden de detención y sin poner en conocimiento de un juez la situación, ERG quedó alojada en la propia comisaría. Días más tarde fue llevada por los imputados Soraire y del Valle hasta la localidad de Río Piedras –a pocos kilómetros de Metán- para que reconociera forzosamente un cadáver. Esa fue una de las primeras torturas a la que la sometieron. “La obligaron a oler el cadáver, que tenía un avanzado estado de descomposición”, relató el fiscal Sivila en la presentación de los alegatos, el martes pasado. Semanas después de ser detenida, fue conducida por la Policía a un colegio de Metán, donde fue obligada a identificar y dar nombres de estudiantes. Al no poder alojarla permanentemente en la comisaría de Metán, consta en el expediente de la causa que fue trasladada en varias oportunidades a distintas pensiones, donde era custodiada por efectivos de civil. Por la noche era llevada a la comisaría para ser torturada y violada. Cuando relató lo acontecido y preservando la identidad para evitar una revictimación, el fiscal Sivila dijo: “concretamente, las torturas aplicadas consistieron en golpes, cortes, amenazas reiteradas, sometimiento a condiciones inhumanas y degradantes para la víctima: tales como la falta de higiene personal, la privación de alimento y sueño, el sometimiento reiterado a humillaciones, en circunstancias en las que se la mantenía desnuda”. Ante la búsqueda de sus familiares y los reclamos permanentes, en mayo de 1977 fue trasladada a la capital salteña, donde –para blanquear la detención- estuvo en una dependencia a disposición de la Brigada de Investigaciones. La tortura “Le introdujeron elementos en sus genitales”, dijo en concreto el fiscal Sivila cuando enumeró las humillaciones y las torturas a las que fue sometida ERG. “Tuvo un embarazo fruto de las violaciones, que no pudo advertir por sí misma por su corta edad y fue violada también durante su embarazo”, relató. Entre los episodios que relató ERG cuando dio su testimonio ante el Tribunal Oral Federal, contó que fue humillada en una fiesta de policías. Allí, “un número indeterminado de personas la violó y se burló de ella”, consta en el crudo alegato que presentaron los fiscales. Cuando se realizaron las audiencias, en compañía de la psicóloga Natalia Baumann, del Centro de Asistencia a las Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos “Fernando Ulloa”, ERG quebró en llanto varias veces antes de terminar su declaración. Incluso, en varias audiencias debió retirarse al no poder contenerse. En el transcurso de la causa, el Centro Fernando Ulloa remitió un informe al Tribunal donde quedó corroborado –a partir de los informes psicológicos- que los tormentos contra ERG “exceden un hecho puntual”. Para los peritos, sin dudas se trató de “una situación de reducción a la servidumbre”. El hijo de un violador Pese a haber sido violada y torturada sistemáticamente durante el embarazo, como así también privada de alimentos, vestimenta e higiene, ERG no perdió el bebé. Seguía en cautiverio cuando parió en un hospital de Rosario de la Frontera, localidad cercana a Metán, donde fue llevada por el comisario Eduardo Zona. El parto se produjo el 25 de noviembre de 1977. Días después, la adolescente convertida en madre por una violación fue vendida por la Policía a un empresario de la región identificado en el expediente como Fermín Chaile, un hombre que rondaba por aquel entonces los 70 años y que sometió a ERG hasta que falleció, en 1983 o 1984.

Fuente: La Gaceta

lunes, 9 de marzo de 2015

Citizenfour, imperdible película documental sobre Eduard Snowden

Si alguien se sentara a ver Citizenfour –documental de Laura Poitras sobre la filtración de Edward Snowden que se estrena hoy en España- sin saber de qué trata se levantaría de la silla pensando que ha visto una magnífica película de ciencia ficción. Lo que pasa en realidad es que tardas en levantarte porque cuesta creer que no, que no es una película de ciencia ficción, que es un documental y que tú, de algún modo, formas parte de él. Citizenfour da a los espectadores la oportunidad única de compartir habitación con la cineasta Laura Poitras y los periodistas del The Guardian Glenn Greenwald y Ewen McAskill, cuando estos se reúnen con Edward Snowden en el hotel The Mira, en Hong Kong, en junio de 2013. Muestra, pocos minutos después del primer encuentro entre los periodistas y el exanalista de la CIA y extrabajador de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), las primeras conversaciones tras meses de mantener correspondencia. De hecho, Citizenfour es el pseudónimo que elige Snowden cuando se pone en contacto con Poitras en enero de 2013 a través del correo electrónico usando un sistema de criptografía (PGP) que la documentalista ya usaba. Y es que esta estadounidense afincada en Berlín está en el punto de mira de las autoridades de su país desde que filmó My country, my country y The Oath, dos trabajos sobre la guerra contra el terrorismo, el post 11-S. El comentario sigue aquí y a la película la tienen en este vínculo

jueves, 5 de marzo de 2015

¿Cuáles son las bebidas que más engordan?

Las calorías y la composición nutricional de los alimentos que nos llevamos a la boca suelen estar en el centro de atención a la hora de iniciar una dieta, pero pocas veces reparamos en lo que tomamos para hidratarnos o para acompañar las comidas. Una manera inteligente de eliminar los kilos de más sin someternos a una dieta muy estricta es eliminar de nuestra ingesta las bebidas que engordan o nos hacen retener líquidos por su alto nivel de sodio. De hecho, una encuesta del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (CESNI) sobre hidratación en Argentina encontró que tomamos los dos litros diarios que recomienda la OMS, pero que sólo el 21% del total es agua pura. El resto son bebidas saborizadas o infusiones con azúcar, principalmente mate. El primer enemigo es el alcohol, que tiene mucha incidencia a la hora de aumentar de peso. Esto puede explicarse en función de la actividad del hígado: mientras este órgano trabaja para quemar el alcohol que el cuerpo ingiere, no puede quemar las grasas que el proceso del organismo precisa. Además, la ingesta de alcohol afecta al proceso hormonal y una de sus consecuencias es que hace que sintamos más hambre. Otro hábito a erradicar es el consumo de refrescos edulcorados: podrás notar una rápida pérdida de peso con solo eliminarlos de tu dieta. Los azúcares añadidos significan calorías directas y más aún con los siropes de jarabe de maíz que se usan actualmente en muchas bebidas y cuyos efectos están siendo estudiados como causantes de la obesidad epidémica en Estados Unidos. Las bebidas light o bajas en calorías son una buena opción, pero el exceso no es conveniente. Aunque no hay todavía investigaciones concluyentes al respecto, lo cierto es que existe una posibilidad de que influyan en el aumento de peso. Para compensar la falta de azúcar, estas bebidas contienen edulcorantes artificiales y un exceso de sodio (un 200% más), lo que provoca que se retenga líquido. En consecuencia, además de aumentar peso, genera un problema para los riñones y el hígado. A su vez, aunque los edulcorantes artificiales no sean a priori calóricos, causan bacterias en el intestino que interfieren en el metabolismo. Los nutricionistas explican, además, que tomar muchas bebidas gaseosas hacen que comamos más porque hacen que uno sienta una sensación falsa de saciedad y que, rápidamente, vuelva a sentir hambre. 

Qué tomar

En primer lugar, agua. Hay que tomar mucha agua. Es lo más sano para los riñones y para la hidratación de nuestro cuerpo en general. También el té verde es una excelente opción para tomar en cualquier hora del día. Las catechinas, un ingrediente antioxidante de la bebida, estimulan que el cuerpo queme calorías. Las catechinas también se encuentran presentes en las manzanas y las moras y, aunque no sean adecuados en dietas, también en el chocolate y el vino tinto. Otros consejos para hacer que las bebidas engorden menos y nos ayuden en la dieta son:

* Cambiar el comer entre horas por "bebidas inteligentes", que tienen pocas calorías y ayudan a eliminar grasas. El té o las bebidas y refrescos sin gas y bajos en azúcares aumentan la saciedad y hacen que baje la ansiedad por la comida, mientras nos ayudan a "limpiar" la grasa del organismo.

* Sustituir el café con leche por café natural. El café combinado con leche, leche condensada o cremas tiene muchísimas calorías. En cambio, si lo tomamos solo y en una medida razonable, el café natural ayuda al sistema a depurar grasas.

* Olvidate de las bebidas energéticas: tienen mucha cafeína y muchísimos azúcares, conservantes y otros compuestos que almacenan grasa en nuestro organismo.

* Tomar té sin azúcar es una de los mejores remedios para perder peso. Los beneficios del té son muchos: es una de las bebidas que más ayudan a eliminar la grasa y expulsarla del cuerpo de manera natural.

* Olvidar las bebidas con gas, si tomamos jugos naturales o bebidas y refrescos sin gas enseguida notaremos el efecto. Las bebidas libres de gas o sodas son refrescos que no engordan y son muy sabrosos.

* Algunas bebidas que aportan pocas calorías son las leches de soja y las de almendras, que incluso engordan menos que la leche descremada de vaca. Además, las bebidas calientes deben endulzarse con edulcorantes para evitar el consumo de azúcar. Tabla de calorías

* Agua mineral: 0 cal.

* Agua tónica: 70 cal. por vaso

* Jugo de frutas envasados: 85 cal. por vaso.

* Gaseosas cola: entre 90 y 120 cal. por vaso.

* Gaseosas de lima- limón: 86 cal. por vaso.

* Coca Cola light: 1 cal. por vaso.

* Jugos en polvo diluidos bajas calorías: 10 cal. por vaso.

* Jugos en polvo diluidos: 50 cal. por vaso.

* Aguas saborizadas: 60 cal. por vaso.

* Aguas saborizadas light: entre 0 y 10 cal. por vaso.

* Gatorade: 60 cal. por vaso. * Cerveza: 90 cal. por vaso.

* Sidra: entre 100 y 150 cal. por copa.

* Vino tinto: entre 130 y 176 cal. por copa.

* Vino blanco: 160 cal. por copa.

* Infusiones de té o café: 4 cal. por taza.

Fuente: entremujeres

lunes, 2 de marzo de 2015

Historia de la impecable crónica del gran Osvaldo Soriano sobre Robledo Puch

El 27 de febrero de 1972, menos de un año después de haber sido fundado, el diario La Opinión de Buenos Aires publicó la primera nota judicial de su corta historia. Su fundador, Jacobo Timerman, había decidido mantener la sangre y el delito lejos de sus páginas “como gesto de distinción”, pero el particular caso de Carlos Eduardo Robledo Puch lo obligó a ceder: un hombre de 20 años con pinta ángel -”El Ángel Rubio” lo llamaron luego, a ese jovencito que estudiaba piano y hablaba alemán e inglés- había asesinado a por lo menos once personas durante el último año. Un asesino en serie culto y bien parecido, y la historia llenaba las tapas de todos los diarios. La Opinión, a regañadientes, decidió no hacer el ridículo soslayando más el caso. Timerman llamó entonces a un periodista que a sus 29 años “se desperdiciaba” en la sección de deportes y le encomendó escribir “la mejor nota de Buenos Aires sobre el caso Robledo Puch”. Osvaldo Soriano, marplatense radicado en la capital hacía poco tiempo, y a la larga uno de los más grandes escritores argentinos de la historia, dijo “sí”. El que viene a continuación es una parte del resultado, y el adiós a la virginidad “roja” de La Opinión que le abrió de par en par las páginas de su sección cultural. Como era debido:

El Caso Robledo Puch (Por Osvaldo Soriano)

Iluminados por el soplete, Robledo y Somoza trabajan callados y serios. Robledo sostiene el aparato que perfora el material mientras su amigo sigue sus movimientos con atención. El trozo de acero está por caer y Robledo lo ayuda con un golpe. Ninguno dice nada. A Somoza acaba de ocurrírsele una broma acorde con la circunstancia. Pasa un brazo alrededor del cuello de su compañero y aprieta con suavidad, cada vez más. Robledo le da un codazo y lo lanza hacia atrás. Manotea el revólver que tiene en el cinturón y dispara. Asombrado, quizá sin entender lo que ocurre Somoza cae y articula una explicación que es apenas un gemido. Robledo lo observa unos instantes, levanta su brazo derecho y dispara otra vez. "No podía dejarlo sufrir. Era mi amigo", explicará después. Se ha quedado solo, con dos cadáveres junto a él --antes ha matado al sereno Manuel Acevedo--, pero eso no le preocupa. Sale. Una moto primero, un camión más tarde, le sirven para alejarse del lugar. El círculo se ha cerrado. Al matar a Somoza, Robledo se ha aniquilado a sí mismo. Unas horas más tarde, la policía lo arresta frente a su casa.

Los primeros pasos

Carlos Eduardo estudia piano; la maestra dice que tiene gran facilidad y que es un chico respetuoso. Ejercita con Hannon y la abuela está contenta con él porque aprendió muy bien a hablar alemán y también puede conversar en inglés. Claro que no es un chico afeminado, como esos que tocan en las fiestas familiares para ganar el aplauso de los parientes y amigos. El sale a jugar a los cowboys con los chicos del barrio y juega al fútbol. Se cree Sanfilippo y cuando le quitan la pelota protesta, dice que fue foul. Pero no le hacen caso porque es un poco antipático, casi agresivo cuando discute. Por eso, le dicen Leche hervida. Los domingos acompaña a su madre a la iglesia de Olivos. Algo a regañadientes, es cierto, pero va y se porta bien. En el colegio Cervantes es un poco indisciplinado, pero no llama demasiado la atención. De vez en cuando pide libros a la biblioteca y los devuelve rápidamente, lo que hace pensar que lee mucho. Una contestación irrespetuosa para su maestra lo lleva un día frente a la directora. Ella lo reta, le levanta la voz. El suda muy frío, como le pasa siempre que alguien le impone una orden. De pronto siente que no puede más, que esa mujer le molesta. Toma una silla y la destroza contra la pared. La llegada de los celadores pone a la mujer ante una situación difícil. Llama a los padres y les pide que lo retiren del colegio si quieren evitar la expulsión. La infancia de Carlos no está grabada en muchas memorias. Su padre --inspector de interior en General Motors--, dice que él no es culpable de lo que pasa, aunque no sabe explicar bien por qué ocurre esta odisea que no cabe dentro de su vida pequeña. Los amigos de Carlos recuerdan poco, pero frente al periodismo imaginan, quieren participar, acercarse a la tragedia. La infancia de Carlos Eduardo se confunde en unos pocos años, como si los hechos se cruzaran entre sí. Pero no hay nada extraordinario más allá de la historia que algunos narran: apenas los días apacibles del hijo único, mimado por la abuela y la madre. El padre quiere que Carlos sea ingeniero y lo manda al colegio industrial a los 14 años. A esa edad tiene su primer contacto con la muerte. Su padre lo lleva al velatorio del abuelo y también a la ceremonia de cremación del cuerpo. Carlos permanece silencioso todo el tiempo. Ve como las llamas consumen el cuerpo agotado de ese alemán cariñoso con el que había pasado algunos buenos momentos. Al volver a casa, el padre recuerda que su abuelo también quería verlo convertido en ingeniero. Carlos Eduardo ingresa al industrial. No sabe si quiere ser ingeniero, pero le gustan las máquinas. Le gusta el ruido infernal de los motores, ese rugido que se mete en la sangre. Empieza a aprender el oficio, pero no dispone de mucha paciencia. En la escuela conoce a Jorge Antonio Ibáñez, un muchacho rápido e inteligente. Ibáñez esquiva los compromisos, resuelve cada situación en su favor. Ese hombre le gusta. Tiene 15 años pero desafía a sus maestros, a los compañeros. Es un tipo libre, cree Carlos Eduardo. Comienza a seguirlo, a cambiar palabras con él, a imitar algunos de sus gestos. Quiere ser simpático y para eso se endurece. Jorge Antonio dispone de tiempo, no tiene que volver a su casa a una hora determinada, no tiene que pedir permiso para ir al cine. Le cuenta a Carlos que su viejo es un tipo macanudo, un tipo de hoy. No está clara a través del tiempo la cronología de los hechos: se conjetura que Carlos es acusado de robar 1.500 pesos y tiene que dejar la escuela. Su padre lo incorpora a un colegio particular, pero poco tiempo más tarde, el joven abandona el estudio. Habla con su padre. Le dice que ya sabe el oficio. No quiere ser ingeniero, se conforma con poner un taller de motos. Así se reencuentra con Ibáñez, que ha dejado también el colegio. Se hacen amigos. En "El Ancla" conversan largas horas frente a un café. No tienen plata para más. Algunos domingos van a la cancha porque Carlos Eduardo sigue a San Lorenzo. Un día, Robledo confiesa a su amigo que ha robado una radio en un negocio del centro. Todo ha sido fácil. La gente es demasiado confiada. Ibáñez sonríe y tal vez le estrecha la mano. No vuelven a verse por un tiempo. Para no disgustar a su madre, Carlos acepta trabajar de cadete en la Farmacia de Sebastián Samban, a una cuadra y media de su casa de la calle Borges al 1800, en Vicente López. Un día le lleva la radio al farmacéutico. "Se la vendo en dos mil pesos", le dice. El hombre no confía demasiado y habla con su madre. "Cómpresela --le dice ella--, es de él". Don Samban le da los dos mil pesos y Carlos se compra una bicicleta. Samban se queda sin cadete. Unos meses más tarde, Robledo camina solo por la ciudad cuando ve una hermosa moto. La mira un rato, deslumbrado. Por el caño de escape que le han agregado le parece que está pichicateada. Recuerda la radio y sube. Ese día ruge por las calles sin parar. Va de aquí para allá sintiendo el aire fresco en el pecho, en el pelo rojizo que le cubre la cara. Se siente libre. Por fin, choca contra un auto detenido y deja la moto, que tiene una rueda torcida. En el bar se encuentra otra vez con Ibáñez. Se saludan y Carlos lo invita a tomar un café. Le cuenta lo de la moto. Ibáñez lo mira en silencio, aprueba con movimientos de cabeza. Por fin, una confesión de Jorge Antonio estrecha la amistad. Le cuenta que él también ha robado algunas cosas y que pasó varias noches preso; nada de importancia.

Presuntamente violento

Robledo está impaciente. Ibáñez lo calma. No todo es tan fácil como parece. Hay que entrenarse, como en el fútbol, para no fallar nunca. Ibáñez es inteligente y se las arregla para tener muchas mujeres que lo buscan en el bar, le dejan mensajes. Robledo está solo, pero no lo lamenta. Se siente más fuerte que Ibáñez. Entre tanto, sus padres se preocupan por la suerte del joven. Le prohíben salir de noche, le piden cuentas de su vida. Otra vez Carlos necesita conformarlos. Toma un curso de radio y televisión y frecuenta la antigua barra del bar "La Perla", pero no tiene mucho que decir. Ellos le parecen tontos y lo grita: "Ustedes son unos giles". Para vengarse, sus amigos lo llaman Colorado, un apodo que en la infancia lo enfurecía. Sólo frente a Ibáñez se siente bien. Ibáñez no es un mequetrefe, piensa Robledo. En el reencuentro, Jorge Antonio lo invita a su casa: "Ya te dije que mi viejo es macanudo. En casa tengo un par de revólveres. Podemos practicar tiro al blanco". Eso lo fascina. Destrozar esos cartones inmóviles le recordará los años del potrero, cuando jugaba a los cow-boys. "¡Muerto!", gritaba él y el otro caía al suelo. Lo que más furia le daba era que le gritaran " ¡El Colorado está muerto!". Eso lo ponía furioso. Empiezan a tirar. Robledo tiene en las manos la misma seguridad para el revólver que para el piano. Agilidad, dice Ibáñez, que no sabe lo del piano. Un día trazan el primer plan. Se trata de una joyería de menor importancia. Como para probar. Todo va bien y reparten las joyas y los relojes. No entienden demasiado y sacan cosas de poco valor. Detalles para corregir, piensa Robledo. Carlos ha cumplido los 17 años y roba una moto. Con ella alborota a todo el barrio, ya que la arregla en la vereda de su casa y pone el acelerador a fondo para irritar a los vecinos que protestan. E14 de febrero de 1969 ingresa en la Escuela de Artes y Oficios José Manuel Estrada, ubicada en la zona de Los Hornos, partido de La Plata. Ha sido acusado por el robo de la moto. Allí permanece 20 días y en un par de charlas con el director, Eloy Malaundes, le confiesa que no se entiende con su padre. Cuando sale, Robledo Puch vuelve al piano. Estudia con la profesora Virgilia Dávalos, quien lo recuerda como un chico "tímido y correcto". Otra vez Ibáñez. Con él empieza a visitar los boliches de la avenida del Libertador. Conoce a mucha gente y aunque su cara aniñada--los ojos azules y grandes, los labios carnosos y el pelo que le achica la frente--no lo hace muy atractivo, consigue algunas mujeres. Los dos amigos se tienen cada vez más confianza. Concretan varios golpes, casi todos en la calle, Robledo no sabe todavía que Ibáñez actúa por su cuenta, como un experimentado profesional; roba coches (prefiere los Torino, por los que le pagan 400 mil pesos) y su familia parece conocer sus andanzas. Robledo, que era un chico callado, se está envalentonando. Se jacta de su audacia y dice que espera un gran futuro. Ibañez asiente. Brindan y pagan copas. Las mujeres empiezan a preferir su compañía. Carlos Eduardo quiere irse de su casa. Un día lo intenta, pero no llega lejos. Su padre lo alcanza a las pocas cuadras, baja del auto y lo abofetea como a un chico. Un rayo de rencor habrá atravesado los ojos del muchacho. Aída, la madre de Carlos, está agotada. Decide hacer un viaje a Europa. Visitará Alemania, donde vivió la guerra. Viaja en barco porque quiere descanso. José, el padre, sale al interior para cumplir con su trabajo. E1 10 de enero de 1970 Carlos Eduardo abandona la vacía casa de sus padres. Dentro de nueve días cumplirá 19 años y quiere festejarlo.

El enemigo insólito

"A los veinte años no se puede andar sin coche y sin plata", suele decir Carlos Eduardo. Para él, la vida es simple. A medias con Ibáñez compran un Fiat 600 que generalmente conduce Robledo. Carlos Eduardo maneja a toda velocidad e interviene en picadas en las que se muerde de rabia por no tener un coche más potente. Una noche, mientras toman una copa, se ponen de acuerdo. Ibáñez sabe que habrá peligro: se juramentan y Robledo será el ejecutor de quien se cruce en el camino. Por fin, la noche del 9 de mayo llegan a la calle Ricardo Gutiérrez al 1500, en Olivos. Por la pared de una estación de servicio saltan al techo del baño de una casa de venta de respuestos para autos. Entran por una claraboya. El encargado y su mujer duermen en camas separadas. A un lado descansa una hija del joven matrimonio. No se despiertan. Bianchi no despertará jamás: Robledo le pega dos balazos. La mujer se sobresalta y Robledo gatilla dos veces más. Una bala da en el pecho de la mujer que cae hacia atrás. Carlos Eduardo se lanza sobre el placard y comienza a buscar. A su espalda oye gemidos débiles. La mujer se desangra pero no puede moverse porque Ibáñez ha caído sobre ella. Robledo los mira; no abarca la tragedia en su totalidad. Hay un muerto y una violación, pero para él los hechos no tienen dimensión ni nombres comunes. "Había que sobrevivir"', diría más tarde. Cuando salen, lbáñez está manchado de sangre pero no cambian una palabra. Robledo se detiene un momento y sonríe. Ha visto la vidriera de los accesorios. Recoge una palanca de cambios y dos instrumentos de medición "Son para el 600", dice, y los mete junto a los 350 mil pesos que halló en el placard.

El sueño eterno

Robledo aparece en los mismos lugares de siempre. Se nota un cambio en él. Está exultante, se convierte en el centro de las reuniones. Habla de autos y de carreras. Anda solo. Ibáñez ha creído mejor separarse. Nadie debe sospechar y los muertos no hablan. Pero la mujer de Bianchi no murió la noche del 3 de mayo. Cuando los dos hombres salieron, ella fue arrastrándose hasta la estación de servicio de la esquina para pedir auxilio. Estaba bañada en sangre y hablaba de un hombre de pelo largo. El 15 de mayo --doce días después del primer golpe importante--, Ibáñez y Robledo visitan "Enamour", una boite de Olivos. En el fondo hay un jardín que da al río. La noche es fresca cuando los dos hombres fuerzan una ventana y entran. Revisan minuciosamente y reúnen casi dos millones de pesos. Cuando se retiran, Robledo ve una puerta cerrada y la entorna para mirar adentro. Dos hombres --Pedro Mastronardi y Manuel Godoy--duermen el último sueño. Carlos Eduardo dispara varias veces sobre esos cuerpos. No hay un gemido. Cuando le preguntaron por qué los había matado, respondió: "Qué quería ¿que los despertara?" Desde entonces los amigos entran definitivamente en el vértigo. El dinero vuela de sus bolsillos en un desenfreno baladí. No quieren ser hombres distinguidos, como los criminales de guante blanco. Están matando y lo saben. Tal vez intuyen que ese vértigo los aniquilará. Han escapado siempre, pero una simple circunstancia, un error mínimo puede perderlos. Deciden apostarlo todo; también la vida de quienes se crucen a su paso. Robledo e Ibáñez gastan horas y horas frente a las barras de los boliches, también gastan todo el dinero. Un día, ambos conocen a Héctor Somoza, un chico de 17 años que trabaja en la panadería de su madre. Robledo lo ha visto antes, han conversado, han ido juntos a los balnearios el verano anterior. Inician a Somoza. De la misma manera que Ibáñez inició antes a Robledo. Roban algunas motos y Somoza, un día, aparece con un revólver. Pero Ibáñez no simpatiza demasiado con el nuevo socio. No le tiene confianza. Somoza vive con su madre y una hermana en Olivos. Trabaja todo el día en la panaderia, es un chico formal que está cansado. Hay discusiones; Ibáñez sale con la suya en poco tiempo. La visita del 24 de mayo al supermercado "Tanty" no tendrá como huésped a Somoza. Sin embargo, éste presta su revólver a Robledo. No están seguros de que el techo se abra con facilidad. Robledo lleva una barreta y cuerda de nylon para descender. Jorge se queda de campana y Carlos trabaja. Siempre es así. Por fin, el material cede. Dos chicos sin experiencia profesional han destrozado otra vez la seguridad de un comercio. Entran. En plena oscuridad tratan de no derribar las montañas de latas de conserva para no despertar al sereno Juan Scattone. Pero éste se despierta y avanza. Robledo se agazapa y gatilla dos veces. Scattone se derrumba. En las cajas hay cinco millones de pesos. Destapan una botella de whisky y brindan en la oscuridad. Revisan al muerto y encuentran la llave de la puerta del personal. Salen repletos de billetes y montan en la motocicleta que habían dejado muy cerca. Les esperan 20 días de pacífica juerga. A una mujer le quedan 20 días de vida.

Damas peligrosas

Ibáñez quiere probar a Virginia Rodríguez, una adolescente de 16 años que frecuenta las boites de Olivos. Robledo para en un hotel de Constitución y no tiene tanto interés por las mujeres. A Ibáñez se le antojaban seguido, como ahora la Rodríguez. La noche del 13 de junio. Ibáñez va a buscarlo al hotel para dar un paseo. No tienen coche y eso deprime a Robledo Puch, Ibáñez le pide que lo espere en una pizzería. Minutos más tarde vuelve con un Dodge Polara. Lo estaciona y entra en la pizzería; en voz baja le dice a Robledo: "Metele que le tuve que hacer la boleta al sereno". Es la única vez que Ibáñez dispara por su cuenta. Espera un premio: Virginia Rodríguez. Se lo dice a Robledo, le pide que se la consiga. Esa noche la encuentran y Carlos baja con el revólver. Virginia sube. Toman la ruta Panamericana. Ibañez, que maneja el auto estaciona a un.costado del camino. Pasa al asiento trasero y desnuda a la muchacha que se resiste. Robledo mira, pero su compañero lo echa. Se sienta en un costado y espera. Cuando los ve bajar del auto se acerca. "Andate", dice Ibáñez a la chica. Ella corre. "Tirale", ordena a Robledo. Este dispara cinco veces. Más de lo necesario. Carlos se acerca y la revisa. Encuentra mil doscientos pesos en la cartera de la muchacha. Se van, pero apenas han recorrido un par de kilómetros a toda velocidad cuando chocan contra un cartel indicador. El auto no funciona y lo dejan abandonado. La policía no hallará nunca ese Dodge Polara amarillo. Ibáñez y Robledo toman el ómnibus 215. Robledo está cansado de andar en ómnibus. Ha chocado el 600 y lo ha tenido que vender por la mitad de lo que costó. Reúne el dinero y compra un Dodge GTX. Está feliz con esa máquina arrolladora. Se siente invencible en los semáforos. Pero a Ibáñez se le siguen antojando mujeres. Es como un juego. Eligen y toman lo que está al alcance de la mano. Cada vez es más fácil. El 24 de junio esperan a Ana María Dinardo, una aspirante a modelo de 23 años, que ha ido a visitar a su novio que trabaja en la boite "Katoa". Cuando sale, la encaran. Según cuenta Robledo, bastó que le mostraran una billetera con 250 mil pesos para que ella subiera al auto. Toman por la Panamericana, hasta el mismo lugar donde once días antes dejaron el cadáver de Virginia. Ibáñez pasa al asiento trasero, pero la muchacha le cuenta que está indispuesta. Sugiere una cita. Ibáñez vive sus cosas muy rápido y la desviste. Ella --que al parecer practicaba Karate--, se defiende. Jorge Antonio se cansa y la deja vestirse, pero se queda con la ropa interior de la chica. Le dice que se vaya. Ella alcanza a caminar unos pasos y Robledo le mete siete balazos en la espalda. Luego se acerca y le saca cinco mil pesos y un encendedor. Antes de subir al auto Robledo se detiene, mira el cadáver, toma puntería y le destroza una mano de un balazo. Ibáñez observa a su amigo, quizá con un estremecimiento de temor. Vuelven. Para Ibáñez sería la última aventura.

Adiós al amigo

Los trascendidos de la investigación no aclaran el destino de Jorge Antonio Ibáñez, muerto el 5 de agosto en un accidente de auto. Viaja junto a Robledo y se estrellan. Ibáñez muere, pero surge la sospecha de que Robledo haya ultimado a su amigo y simulado el accidente. Este es el caso del que menos noticias han trascendido. Héctor Somoza tendría su oportunidad. Somoza consigue dos revólveres y el 15 de noviembre ambos se introducen en el supermercado "Rolón", de Boulogne. El método clásico: Robledo abre el techo y bajan con la ayuda de una manguera de plástico. En medio de la oscuridad comienzan a buscar el dinero. El tiempo pasa y no hay rastros de la recaudación. Furioso, Robledo abre una y otra puerta en busca de las cajas dc seguridad. Es inútil; al único que encuentra es al sereno Raúl Delbene, que duerme en una pieza. Este se levanta cuando escucha que alguien abre la puerta. No alcanza a preguntar nada: Robledo lo mata de un balazo. Siguen revisando pero no hay dinero. Indignado, Somoza patea cuanto halla a su paso. Robledo toma un teléfono y le dice a su cómplice: "Se lo regalo a tu vieja". Al día siguiente, la madre de Héctor recibe el insólito obsequio. "Deberías ser tan bueno como Carlos", le dice a su hijo. Somoza está apurado por hacerse de unos pesos. Su incorporación a los "negocios graneles" ha resultado un fracaso. En una rápida inspección del lugar, deciden dar el próximo golpe dos días más tarde, el 17 de noviembre, en la agencia de automotores Pasquet, de Libertador al 1900, Carlos y Héctor encuentran sólo 90 mil pesos. Robledo empieza a sospechar que su nuevo compañero le trae mala suerte. Esa noche, el sereno Juan Carlos Rosas dormía junto a una fosa del taller. Robledo se acercó a él por detrás de un coche. Tomó puntería y sostuvo su brazo derecho con la otra mano: Rosas no alcanzó a despertar. Una semana más tarde, el 25 de noviembre, Robledo y Somoza entran en la concesionaria de automotores Puigmarti y Cía. de Santa Fe 999, en Martínez. Allí, Carlos Eduardo había ido tiempo atrás con su madre a comprar un coche. Lo pagó al contado y vio el lugar donde estaba empotrada la caja de caudales. Nunca lo olvidó. Ahora armados de sendos revólveres, los dos jóvenes entran al salón y sorprenden al sereno, Bienvenido Serapio Ferrini. Somoza lo golpea con su arma y lo llevan al primer piso. Allí Robledo le pega dos balazos. Más tarde, al ser reconstruidos los hechos, intentó atribuir este asesinato a su compañero, pero luego confesó su culpabilidad. Este es el golpe más arduo de cuantos ha practicado Somoza. Están cinco horas en el lugar. Con un soplete, abren la caja y encuentran un millón de pesos. Escapan en un Chevy que luego abandonan. Había sido el primer éxito de Héctor Somoza. Era también el último.

La caída de un canalla

Manuel Acevedo es un trabajador sacrificado. Tiene varias casas alquiladas que le dan una buena renta, de la que podría disfrutar a los 58 años. Pero él prefiere trabajar. Se emplea de sereno en la ferretería Masseiro Hnos., de Carupá. No pasa la Nochebuena ni la Navidad con su esposa, sus tres hijas y sus yernos, por cuidarle los intereses al patrón. Para eso le pagan, dice, y espera a jubilarse para dejar su sueldo de 53 mil pesos por mes. Lo iba a dejar mucho antes. La noche del 3 de febrero de 1972. Cuando Robledo y Somoza entran al negocio, Acevedo podría estar pensando en la renta de sus casas, edificadas a lo largo de casi una cuadra en la calle Castiglione, de Tigre. Le sorprendió recibir dos balazos, pero no alcanzó a pensar mucho. Robledo no lo dejó. Había llegado con Somoza en una moto, que estacionaron en el lugar. Ahora se dedican a trabajar en la caja fuerte. Un rato cada uno, quemándose las manos con el soplete. Hasta que a Somoza se le ocurre hacer la broma. Justo cuando la caja iba a saltar. Héctor no comprende por qué su compañero le dispara. Muere enseguida. Robledo utiliza el soplete para quemarle la cara y las manos para que no queden huellas. Un error lo perderá: olvida quitar la cédula que Somoza guardaba en un bolsillo. Apurado, huye en la moto. Era su último escape. Ese día, el subcomisario Felipe Antonio D'Adamo lo detiene frente a su casa y le pone las esposas.

"El chacal"

Cinco días más tarde, el 8 de febrero, los diarios informan la detención de uno de los mayores criminales de la historia. En adelante, el caso de este hombre que asesinó a once personas y del que se sospecha haya aniquilado por lo menos a tres más, ocuparía dos páginas por día en Crónica y una página en La Razón. Los canales de televisión se lanzan a la caza de parientes y amigos. La revista Así agota varias ediciones. Los redactores de la sección policial de Crónica exprimen su imaginación bautizando a Carlos Eduardo Robledo Puch: Bestia humana (el día 8); Fiera humana (al día siguiente), Muñeco maldito, El verdugo de los serenos, El Unisex, El gato rojo, El tuerca maldito (el 10), Carita de Angel, El Chacal (el 11). Ese día, el diario de Héctor Ricardo García sugiere que Robledo es homosexual, por lo que "sumaría a sus tareas criminales otra no menos deleznable", escribe el redactor. Crónica improvisa, conjetura relaciones entre el acusado y la familia Ibáñez, se queja del silencio de los testigos, del mutismo del juez Sasson. Durante las primeras reconstrucciones, el público pide la muerte de Robledo, intenta lincharlo. Crónica sublima el hecho y titula: "El pueblo intentó linchar al monstruo". La Razón compite con su colega buscando reportajes, opiniones, otros impactos. Se crea tal confusión que a cinco días de detenido Robledo, es difícil averiguar cuántos son, realmente, los crímenes que ha cometido. Los médicos policiales revisan al acusado y existe la impresión de que su desequilibrio no le servirá para eludir la condena a cadena perpetua. Los especialistas esbozan explicaciones contradictorias. Ninguna de ellas sirve para determinar las causas que llevaron a un joven de 20 años a aniquilar por la espalda a quienes se cruzaban en su ansioso camino hacia el éxito. No sirven porque Robledo Puch no es un objeto sobre el que los profesionales de la medicina puedan improvisar teorías tejidas a la distancia. El es un ser humano, y no es posible diagnosticar desde un consultorio la enfermedad de un hombre que espera sentencia en un calabozo. Para elucubrar un psicodiagnóstico aceptable, es necesario convivir con el paciente. Practicar, por ejemplo, los test de Rorschach, de Murray, de Bender, de Phillipson o de Weiss. Eso lo ordenará seguramente el juez Víctor Sasson mientras algunos profesionales siguen desmenuzando las lacras de Robledo, de toda la sociedad. Este criminal ha pasado a ser un apetitoso elemento de consumo. ¿Cuál es la enfermedad de Robledo? ¿Cuál la de quienes lo rodean? ¿Qué sentido tendría aplicar la pena de muerte a un enfermo? Nunca un caso criminal conmovió tanto a la sociedad argentina. Durante varios días toda actividad política, deportiva, artístíca, pasó a segundo plano ante una evidencia: en Buenos Aires, un muchacho puede por si solo quebrar todas las barreras de seguridad, matar y robar sin que la justicia lo alcance hasta que la tragedia haya abrazado a muchos. La sociedad argentina no acepta la pena capital. Lo que parecería común en Estados Unidos, causa sorpresa y estupor aquí. La policía, que ha dedicado sus mayores esfuerzos a la detención de guerrilleros, a los que denomina "delincuentes políticos", da la impresión de ser vulnerable frente a quien ni siquiera es un profesional, sino un psicópata. Muchos han querido cuestionar, a través de Robledo Puch, a toda una sociedad. Otros piensan que se trata de un caso aislado, de un hombre desesperado. Sea como fuere, Robledo Puch desnuda la apetencia arribista de algunos jóvenes cuyos únicos valores son los símbolos del éxito: "Un joven de 20 años no puede vivir sin plata y sin coche", ha dicho el acusado. El tuvo lo que buscaba: dinero, autos, vértigo; para ello tuvo que matar una y otra vez, entrar en un torbellino que lo envolvió hasta devorarlo. Cuando mató al primer hombre, Robledo Puch ya se había aniquilado a sí mismo.


La siguiente es una breve reseña del propio Osvaldo Soriano sobre cómo fue el encargo de esta crónica… y sus consecuencias sobre ese periodista que también fue.

“27 de febrero de 1972″ (A Oscar Finkelberg)

 “Conocí a Jacobo Timerman el día en que me pidió que escribiera “la mejor nota de Buenos Aires sobre el caso Robledo Puch”. La Opinión, que exageraba su sobriedad al extremo de no publicar noticias “policiales”, se encontraba en un aprieto: el joven Carlos Eduardo Robledo Puch había asesinado a por lo menos once personas y había cometido una treintena de atracos. Su notoriedad ocupaba la primera página de todos los diarios y el matutino de Timerman seguía ignorándolo. Era imposible, a esa altura, publicar una noticia y el diario abominaba de la perorata moralizadora. Opté, pues, por la reconstrucción de los hechos según todos los testimonios existentes hasta entonces. El artículo apareció en el suplemento cultural y me valió un cuantioso aumento de sueldo que el director me anunció personalmente. Ese día empezaron mis desventuras. Hasta entonces yo estaba a cargo de la sección deportes, ganaba muy bien y había ideado, con Eduardo Rafael, un excelente método para trabajar poco y salteado. Pero según Timerman ese era un sector sin interés. “Usted está desperdiciado allí” me dijo, y me confió una tarea mayor: “Vaya, siéntese y piense”, ordenó. Mi destino fue un escritorio estratégicamente situado frente a su despacho. Una secretaria esbelta y casi adolescente debía atender y discar mis llamadas telefónicas para que nadie me molestara y cuidar que no me faltaran los diarios y revistas del día, incluidos los del extranjero (por entonces yo era incapaz de descifrar otro idioma que el castellano pero el patrón no lo sabía aún). Timerman no me dijo en qué debía pensar ni para qué. Nunca se me había confiado misión más difícil y menos envidiable: todos los días mis mejores amigos de la redacción se acercaban solidarios para saber si ya se me había ocurrido algo. Un mes más tarde, cuando advirtió que mi cabeza seguía vacía como una pelota de tenis, Timerman me llamó y me dijo, solemne, que uno de los dos debía psicoanalizare. Luego me hizo saber que su decepción era profunda y me avisó que mis privilegios se terminaban ese mismo día. Desde entonces deambulé por la redacción: el director había olvidado asignarme un nuevo puesto y me dediqué a hacer lo que más me gustaba. Es decir, nada.

Fuente: Red de Periodismo Cultural