sábado, 25 de abril de 2015

"Estamos prisioneros carcelero", dice Horacio Guarany. Esta peli trata el tema con gran calidad


“Una joven soldado (Kristen Stewart) se escapa de su agobiante ciudad uniéndose al servicio militar, pero descubre que no irá a Iraq, como esperaba, sino a Guantánamo. Allí es tratada con odio por sus compañeros de armas y por el musulmán con más preponderancia en la prisión. En ese marco ella forja una extraña amistad con un joven que lleva ocho años prisionero allí. Para verla clickear este vínculo.

jueves, 23 de abril de 2015

Los diez países donde más alcohol se consume, de menor a mayor

10. BIELORRUSIA 15,13 litros por habitante al año: Además Bielorrusia también tiene el dudoso récord de ser el que más muertes atribuibles al alcohol tiene en el mundo (34,7%).

9. ESLOVENIA 15,19 litros por habitante al año: El aguardiente de fruta fermentada es la bebida estrella y gran culpable de que los eslovenos aparezcan en esta clasificación.

8. RUMANÍA 15,19 litros por habitante al año: La tuica es la bebida más popular del país y se prepara a base de ciruelas. Se suele tomar en chupitos porque es muy potente.

7. ANDORRA 15,48 litros por habitante al año: Además de formar parte de este ranking, los andorranos también están entre los que más fuman. Los bajos precios ayudan a ello.

6. ESTONIA 15,57 litros por habitante al año: Vodka, cerveza o vino son algunas de las bebidas más consumidas por los estonios.

5. UCRANIA 15,6 litros por habitante al año: Que en el norte se consume más alcohol es un hecho y Ucrania no podía faltar, siendo la variante local del vodka el preferido de los ucranianos.

4. RUSIA 15,76 litros por habitante al año: El vodka y la cerveza están perfectamente integrados en la cultura rusa y su consumo es muy habitual.

3. HUNGRÍA 16,27 litros por habitante al año: Son grandes consumidores y sus cervezas son mundialmente famosas. También los vinos.

2. REPÚBLICA CHECA 16,45 litros por habitante al año: Sus cervezas son muy cotizadas y además también tienen la absenta, una bebida que estuvo prohibida en muchos países por lo fuerte que es.

1. MOLDAVIA 18,22 litros por habitante al año: Tiene algunos de los mejores viñedos del mundo, lo que explica que sea el país del mundo en el que más alcohol del mundo se consume.

Fuente: Yahoo Noticias

lunes, 20 de abril de 2015

Cuando el trabajo te quema la cabeza

Estar “fundida/o”, “agotada/o”, “no dar más” son expresiones que pueden ser asociadas al síndrome de burnout, considerado “el nuevo mal del siglo”. Lo sufren empresarios o profesionales que desarrollan sus actividades con eficacia, a costa de sentirse “quemados” por dentro. Se trata de un “proceso paulatino por el cual las personas pierden interés en su trabajo hasta llegar, incluso, a profundas depresiones, que pueden acabar con su propia vida”, explican Daniel Colombo y la psicóloga Mónica Muruaga, autores del libro “Preparados… Listos… ¡Out! Manual para sobrevivir al estrés”. El ritmo de vida y las múltiples tareas que deben asumir hoy hombres y mujeres hace que el estrés sea una palabra corriente en nuestro vocabulario y sea considerada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) una “enfermedad peligrosa para las economías industrializadas y en vías de desarrollo, que perjudica la producción al afectar la salud física y mental de los trabajadores”. En lo que tiene que ver específicamente con el ámbito laboral, es necesario diferenciar el estrés laboral del síndrome burnout. El primero es “el resultado de exigir mucho al cuerpo y a la mente y saturarlas en sus límites normales”, explica la licenciada Carmela Rivadeneira, del Centro de Terapia Cognitivo Conductual y Ciencias del Comportamiento (CETECIC). Indica, además, que “el burnout es otro fenómeno que aún no se tipifica como trastorno, pero sí está cada vez más usado como figura asociada al estrés laboral. En el burnout, la característica principal es que la persona tiene sus parámetros fisiológicos elevadísimos (presión arterial, taquicardia, gastritis, etc.) y no se da cuenta de ello. Es como si se hubiera habituado a sentirse mal y ya ni lo percibe, lo cual lo hace en sí mismo un diagnóstico peligroso”.

¿Qué factores lo generan?

Según un sondeo realizado por Trabajando.com a 3.100 personas, el 82% se encuentra insatisfecho con su trabajo actual. De ellos, el 63% está buscando otras opciones, un 10% lo toma como una ayuda mientras arma su propio proyecto y el 9% dice que, pese a que no le gusta, se conforma. Estudios realizados muestran que el síndrome de burnout afecta, al menos, al 30% de la población en forma agravada y esta cifra sube al 50% en estadios más leves. En este contexto, pueden surgir tensiones laborales, acumulación de tareas, irritabilidad, peleas, sensación de falta de tiempo y baja motivación. Luego, indican Colombo y Muruaga, es necesario detectar cuándo se traspasa el límite. Existen varios factores que pueden generar estrés. Entre los relacionados con la actividad laboral, se encuentran la presión de la actividad, el ámbito de trabajo, los vínculos con los superiores y/o compañeros. La licenciada Rivadeneira agrega: “Se puede dar cuando los horarios de trabajo son más de ocho horas y cuando la calidad del trabajo es demasiada, ya sea porque es muy monótona o porque es muy diversa. El tipo de relaciones laborales con un jefe o compañeros de trabajo puede ser también un punto crítico: relaciones de autoritarismo o de mobbing (hacerle la vida imposible al empleado) son fuentes de estrés”. Otros generadores de estrés son los factores personales. En este sentido, el licenciado Sergio Herchcovichz, director del Centro Jung de Buenos Aires, docente y miembro de la Asociación Argentina de Psiquiatras, y Carola Maierowicz, directora de Artemisia, mencionan “las situaciones vinculares, familiares y el impacto del ambiente urbano. En las mujeres, además, los movimientos hormonales (período menstrual, embarazo o menopausia) predisponen al aumento de la sensibilidad y al surgimiento de estrés”.

¿Quiénes lo padecen?

Cabe destacar que no todas las personas se estresan. ¿De qué depende? De sus maneras de ver la realidad y de cuánto puedan “amortiguar” ese estrés, por ejemplo, con una vida plena fuera del trabajo. “El burnout se observa con mayor frecuencia en trabajos en los que hay un desajuste entre las demandas y los recursos y, especialmente, en personas con expectativas idealistas que encuentran una realidad frustrante”, explica la doctora Carolina Bergoglio, responsable del programa de Tratamiento Integral del Estrés en el Sanatorio Diquecito, de la provincia de Córdoba. E indica que: “En el desarrollo del síndrome de burnout intervienen factores ambientales, culturales y personales. Entre los factores ambientales, los trabajadores del sector servicios y los profesionales sanitarios y docentes son los que presentan mayores prevalencias de burnout”. Ambos sexos pueden enfermarse igualmente por estrés. La diferencia radica, en todo caso, en cómo lo afrontan. “Los hombres tienen un afrontamiento más ligado al abuso de sustancias (alcohol, tabaco, drogas, juego). Las mujeres, por su parte, pueden deprimirse como reacción o quedarse más pasivas frente a las situaciones de estrés”, explica Rivadeneira. Herchcovichz y Maierowicz, por su parte, afirman que “las mujeres son las que más consultan sobre cómo evitar el cansancio del hogar y del trabajo. La mayoría llegan a los centros y consultorios muy aceleradas, comentan sobre la complicación que tienen y no logran dejar de lado los celulares para distenderse unos minutos. Muchas veces se quejan de trastornos gástricos debido al estrés y dolores de cabeza por la tensión en el cuello y los hombros”.

¿Cómo detectarlo?

Las consecuencias del burnout se resumen en un malestar generalizado de la persona, expresado en el cambio de hábitos alimenticios, de descanso y de actividades recreativas. Muchas personas abandonan incluso sus rutinas físicas, ya que el malestar laboral se traslada a otros ámbitos de la vida personal. La doctora Bergoglio explica los síntomas más comunes que manifiestan los trabajadores que sufren de estrés laboral:

1 - Cansancio o agotamiento emocional. Suele aparecer en un primer momento. Se caracteriza por una progresiva pérdida de las energías vitales y una desproporción creciente entre el trabajo realizado y el cansancio experimentado. Esto se puede detectar en personas permanentemente insatisfechas, quejosas e irritables. Refieren con frecuencia que comienzan a darse cuenta de que su trabajo se va convirtiendo lentamente en una carga con connotaciones negativas. Pero los cambios emocionales no se limitan sólo al ámbito laboral, sino que también se hacen evidentes en el hogar.

2 - Despersonalización. Este es un modo de responder a los sentimientos de impotencia, indefensión y desesperanza personal. En lugar de expresar estos sentimientos y resolver los motivos que los originan, las personas que padecen el síndrome de burnout muestran una fachada de hiperactividad que no hace más que incrementar su sensación de agotamiento, alternando con episodios de depresión y hostilidad hacia el medio.

3 - Abandono de la realización personal. Esto se manifiesta en el progresivo retiro de todas las actividades que no sean las laborales vinculadas con las actividades que generaron el estrés crónico. Comienza a generarse una pérdida de ideales y, fundamentalmente, un creciente apartamiento de actividades familiares, sociales y recreativas, creando una especie de autorreclusión y aislamiento. Los demás comienzan a percibirlo/a como una especie de fanático depresivo y hostil.

¿Cómo afrontarlo?

Los consejos que se dan hoy en día para afrontar el estrés son los mismos que se dan para evitarlo. La licenciada Rivadeneira comparte las siguientes sugerencias:

* Intentar dormir 8 horas;

* Comer en forma balanceada y cada un mínimo de 4 horas;

* No aumentar las horas de trabajo (no más de 8 horas);

* Hacer pausas en el trabajo, ya sea para estirar las piernas, tomar algo, charlar un poco con alguien o, simplemente, “cortar” unos minutos la actividad;

* Tomarse la hora para almorzar; * Hacer actividad física en la semana (gimnasio, yoga);

* Juntarse con amigos en la semana para hablar “pavadas”;

* Tener momentos de ocio que no estén asociados a nada, simplemente a disfrutarlos. Por ejemplo, ver una serie o escuchar música. ¿Qué pueden hacer las empresas? Las compañías pueden contribuir a evitar estas problemáticas entre sus empleados. Daniel Colombo y Mónica Muruaga sugieren:

* Establecer los roles con claridad.

* Mantener una comunicación efectiva. * Mantener un clima laboral apropiado.

* Trabajar la misión y visión de empresa alineada con la misión y visión personal. * Organizar bien el tiempo.

* Establecer programas de estímulo y reconocimiento.

* Abrir espacios para conversar sobre temas personales.

* Establecer políticas en relación a los horarios de almuerzo, tabaco, viajes, horarios laborales, vestimenta, recreación, espacio físico laboral, etc.

* Proponer ejercicios prácticos y sencillos.

Fuente: Entremujeres

martes, 14 de abril de 2015

Confirmado, Néstor vive y está oculto en mi Capilla del Monte!

Cuenta la leyenda en mi mágica y esotérica Capilla del Monte, situada a los pies del Templo Primordial de los Dioses Tutelares de Argentum, más conocido como el misterioso Cerro Uritorco a que como en la Película "La otra Tierra", que me recomendó mi amigo Martín Cangini (la pueden ver en este vínculo), todos tenemos nuestro doble cuántico. Este es el de Néstor obviamente, el mío todavía no lo encontré, pero por lo visto está ahí en algún lugar. Cada vez que bajo al pueblo me saluda gente que me dice ¿cómo va todo?, ¿fuiste a tal o cual lugar?, ¿cómo anda tal o cual persona?. Al principio mi desconcierto me hacía aclarar el tema y todos, como en la publicidad me decían: "pero no puede ser, sos vos!, sos igual!". Cuando me explicaron el tema, en vez de andar aclarando a cada rato el asunto empecé para no perder tiempo a decirles a todos que si, que todo bien, nos vemos, hasta luego, etc.. Según lo que averigué el pibe, mi clon, trabajaría en algún organismo de cultura de la zona, ya lo encontraré y si la antimateria no se confabula y no volamos en mil pedazos, hacemos una selfie juntos, lo prometo!

jueves, 9 de abril de 2015

La huerta agroecológica como proceso de enseñanza-aprendizaje

La implementación de una huerta en el ámbito escolar ofrece una oportunidad única para trabajar no solo contenidos de las ciencias naturales, sociales o el cálculo matemático, sino también para cultivar valores como el compromiso con los proyectos colectivos. Para los docentes de escuelas urbanas de todos los niveles puede ser un desafío introducir contenidos vinculados al mundo rural que resultan aparentemente ajenos a las vivencias cotidianas de los niños, estudiantes e incluso muchas veces de los mismos maestros. Pero, si observamos en nuestra cotidianidad, la vida urbana está totalmente conectada con la rural, y los alimentos son el ejemplo más contundente. En este artículo nos proponemos pensar en torno a las huertas urbanas como dispositivos experienciales que permiten evidenciar estas conexiones entre el mundo urbano y el rural de modo de facilitar los procesos de enseñanza y aprendizaje, sobre todo en las escuelas. La experiencia que aquí compartimos fue recogida a lo largo de diecisiete años de trabajo en el Programa de Extensión Universitaria en Huertas Escolares y Comunitarias (PEUHEC). Este programa se inició por demanda de diferentes grupos sociales que se acercan a la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires pidiendo apoyo técnico para llevar adelante una huerta urbana. A través de este espacio hemos podido compartir con muchos docentes de escuelas primarias, secundarias, terciarios, de educación especial y de educación de adultos, las planificaciones de actividades que realizan en su labor cotidiana, y en este artículo presentamos algunos tópicos que pueden ser de utilidad si nos preguntamos ¿por qué y para qué hacer una huerta urbana educativa? Quienes se acercan en busca de apoyo técnico (más aún si nunca han hecho huerta) tienen el anhelo inicial de ‘producir los propios alimentos’. Luego –y a medida que las huertas empiezan a concretarse– los propósitos se tornan múltiples: terapéuticos, educativos, recreativos, entre otros. Entonces, aunque resulta evidente que hacer una huerta urbana no soluciona problemas estructurales como el hambre, la desnutrición o la inclusión social, hemos observado que las prácticas de huerta pueden estructurarse como un dispositivo pedagógico versátil que permite la satisfacción de diversas necesidades (participación, creación, afecto, identidad, ocio, protección, subsistencia, entendimiento y libertad) en forma simultánea y sinérgica. Aunque no es una tarea sencilla, es posible armar una huerta urbana en diversas situaciones sociales, con abundancia o escasez de recursos, pues los implementos se pueden fabricar en forma casera y con los materiales disponibles en cada lugar. Desde el inicio nos encontramos con (por lo menos) dos dificultades técnicas fundamentales: la poca disponibilidad de suelo fértil y la falta de acceso a las semillas. Hay diversas maneras de resolverlo: desde el PEUHEC promovemos un enfoque agroecológico para la producción de alimentos que persigue la sustentabilidad considerando tanto la dimensión económica, social y ecológica como la cultural, política y ética. El manejo agroecológico –denominado comúnmente ‘natural’ o ‘ecológico’– busca impulsar experiencias de agricultura de pequeña escala en ámbitos urbanos y rurales, produciendo alimentos saludables y de calidad. Se basa en prácticas como mantener la biodiversidad, respetar los ciclos biológicos, producir las propias semillas e intercambiarlas, y crear tecnologías de bajo costo sin la necesidad de insumos externos ni agrotóxicos. Este enfoque no solo atiende el manejo de los recursos y la dimensión económica y ecológica de los sistemas, sino que también considera la dimensión cultural, puesto que se constituye en un elemento central para la concreción y apropiación social de dichas actividades. Además, contempla una dimensión política crítica hacia la industrialización de la agricultura y los valores que sustentan las sociedades de consumo. Desde lo metodológico, el eje está puesto en cómo, para qué, por qué y para quién producir, es decir, en el proceso de la producción de alimentos y los saberes que se ponen en juego para lograrlo. La integración de saberes científicos y populares es uno de los desafíos y uno de los pilares del enfoque agroecológico que habilita a plantear(se) preguntas y abrir debates acerca de diferentes temas. Está en las habilidades docentes dar la posibilidad para que estos saberes se pongan en juego en el espacio de huerta. En lo que sigue enumeramos algunas cuestiones clave de la huerta para trabajar, con la finalidad de inspirar a los docentes en la planificación de sus actividades en las distintas áreas. Los ciclos de la materia, la energía, el agua y las plantas: son temas que habilitan a trabajar desde las ciencias biológicas procesos ecosistémicos en diferentes escalas. También permiten preguntarnos ¿qué sucede con estos ciclos en las ciudades y qué elementos de estos ciclos tenemos que tener en cuenta para que una huerta funcione? Desde la agroecología se propone imitar los ciclos naturales a través de las prácticas de manejo; por lo tanto, una actividad fundamental es la observación de espacios verdes poco intervenidos por la acción humana, como puede ser un terreno baldío en las ciudades o alguna de las reservas de la costanera, en el caso de Buenos Aires. Es un momento ideal para poner a prueba experiencias vinculadas con el conocimiento del ciclo de vida de las plantas mediante germinadores, almacigueras y brotes, así como también la identificación de semillas, plántulas, flores y frutos por medio de herbarios, el análisis de las partes vegetales que consumimos cotidianamente, la multiplicación sexual y asexual de las plantas, y el armado de una estación meteorológica u otras actividades que permitan sostener el interés hasta que la huerta empiece a tomar forma. El diseño de la huerta: el diseño de la huerta refleja nuestra relación con la naturaleza y el ambiente. Para decidir, por ejemplo, la orientación, las dimensiones y la forma de los canteros, se ponen en juego diversas áreas de conocimiento. Algunas de ellas son las matemáticas (cálculo de volúmenes de tierra, dimensiones de canteros, cantidades de madera, superficies sembradas, cantidad de semillas, etcétera), la geometría (si elegimos formas rectas o curvilíneas, el armado de croquis de los canteros de la huerta) y las cuestiones estéticas vinculadas a los valores de nuestra cultura (lo que nos gusta y lo que no nos gusta, lo que nos parece ‘sucio’ o ‘prolijo’). Aquí nuevamente se propone como disparador observar e imitar la naturaleza, manteniendo al máximo la diversidad de especies animales y vegetales, no solo hortícolas sino también florales, frutales, acuáticas y otras. El suelo: es el corazón de la huerta. Más allá de ser el sostén físico de las plantas, es un sistema complejo del que estas se nutren. Contar con tierra fértil es la principal limitante en las ciudades, por ello la mayor parte de las veces tenemos que ‘crear tierra negra’. Para esto la abonera y el lombricompuesto son prácticas clave que permiten disponer de tierra fértil y aprender todos los procesos fisico-químicos que median hasta lograrlo. La construcción de la abonera nos lleva directamente a trabajar, por ejemplo, cuestiones vinculadas al reciclaje de residuos domiciliarios y el ambiente urbano. Es posible que dispongamos de un suelo que no está en condiciones óptimas de fertilidad química o no tiene buena estructura física. En estos casos, también hay prácticas que permiten mejorarlos como la implantación de abonos verdes o la cobertura vegetal permanente del suelo con hojas, tallos, restos de cosecha o de la poda. Es habitual que los suelos urbanos sean ‘de relleno’ y por lo tanto, si no sabemos la historia del lugar, es importante hacer un análisis de metales pesados y, si no, trabajar directamente con canteros sobreelevados rellenos de tierra de calidad, con procedencia certera. Todas estas prácticas se relacionan con diferentes contenidos que se aplican de forma gradual en todos los niveles de educación. Por ejemplo, es interesante investigar la relación que diferentes culturas tienen con ‘el suelo’. Para muchos pueblos indígenas de los Andes centrales de América del Sur, incluidos los del norte de nuestro país, la ‘Pachamama’ o ‘Madre Tierra’ es el núcleo del sistema de creencias y actuación ecológico-social. El manejo de los cultivos hortícolas: la decisión de las especies a sembrar y su disposición en el espacio y el tiempo son otros aspectos fundamentales. La forma en que asociamos las especies (ubicándolas en los canteros en función de los distintos requerimientos nutricionales) y cómo las rotamos en la superficie de tierra disponible a lo largo de los ciclos productivos (primavera-verano/otoño-invierno con el objetivo de evitar implantar el mismo cultivo más de un ciclo productivo en la misma parcela) se vinculan directamente con discusiones acerca de la biodiversidad en los sistemas productivos. Mantener sistemas biodiversos temporal y espacialmente es otro de los principios del enfoque agroecológico. Aquí las ciencias biológicas aportan al entendimiento de los ciclos de vida de las plantas pero de manera interrelacionada con otros seres vivos. Desde las ciencias sociales también se puede pensar en los modos de producir de las sociedades en diferentes culturas y momentos históricos y en la influencia de las acciones humanas en el ambiente. La sanidad de las plantas: este aspecto habilita discusiones vinculadas a diferentes concepciones de salud y enfermedad que entendemos no como situaciones estáticas y antagónicas sino como ‘caras de una misma moneda’. Aquí un principio rector de las prácticas es ‘suelo sano, planta sana’ y un suelo sano –es decir, con fertilidad natural física y química– depende del manejo. Un principio del manejo propuesto es que no ingresen al sistema sustancias de preparación sintética que puedan (además de eliminar determinados organismos) contaminar el agua o afectar a otros seres vivos, incluidos los humanos. Por la escala reducida y la finalidad educativa de las huertas es posible utilizar fertilizantes y preparados caseros a partir de sustancias de algunas plantas como la ortiga o el tabaco, que reducen las poblaciones de algunos insectos y hongos. La utilización de estos productos no solo permitirá realizar actividades (sobre todo con los niños) sin riesgo, sino también trabajar en todas las edades sobre temáticas como la salud, los medicamentos y las adicciones. La autoproducción de semillas: la producción de semillas propias y la conexión con las redes de intercambio de semillas nativas y criollas son prácticas fundamentales para mantener cierta autonomía en el proceso productivo. Nos da la libertad para elegir qué queremos sembrar y por lo tanto comer, conociendo el origen de las semillas y asegurándonos que no hayan sido tratadas con agrotóxicos. Además de la importancia de mantener la diversidad de semillas en los sistemas productivos por su función biológica, esta perspectiva habilita a trabajar su función social, es decir su relación con la diversidad cultural, los rituales y las tradiciones en diferentes culturas. Otras cuestiones que pueden ser pertinentes para discutir es el origen de las semillas transgénicas y las implicancias de su patentamiento, temáticas relacionadas directamente con la producción de alimentos y la soberanía alimentaria. La cosecha: es un momento que nos permite reflexionar sobre la nutrición, la calidad de los alimentos y el sistema agroalimentario. Responder a preguntas como de ¿de dónde vienen los alimentos que comemos todos los días? o ¿cómo es posible que comamos tomates todo el año? pueden ser la puerta de entrada para conocer y analizar diferentes sistemas de producción, distribución y consumo de alimentos vinculados a fenómenos como el supermercadismo o las políticas públicas de acceso a alimentos como las ferias itinerantes, así como también los mercados donde se establecen relaciones sociales de intercambio entre productores y consumidores de forma directa bajo la lógica de la economía social y solidaria. La cosecha es un buen momento para festejar y compartir la satisfacción de recoger los frutos del trabajo realizado y para reconocer la importancia del proceso mancomunado.

Diferentes sentidos de la huerta agroecológica en el ámbito educativo

En lo que sigue, nos proponemos reflexionar a partir de algunas expresiones de los maestros y maestras con quienes hemos trabajado sobre los diferentes sentidos que puede cobrar la huerta en la escuela. ‘La huerta es como un laboratorio vivo.’ Es un espacio que posibilita el acercamiento al método científico desarrollando la capacidad de observación de los procesos biológicos, los ciclos de la vida, la complejidad y la interconexión entre los factores bióticos y abióticos. Junto con las tareas hortícolas se pueden diseñar pequeños ensayos y experimentos para probar hipótesis, por ejemplo, sobre la permeabilidad de los suelos, las respuestas de las plantas a estímulos como el riego, la luz del sol, la distancia entre plantas, la asociación de especies, las fechas de siembra, la aplicación de preparados caseros para algún hongo o insecto, entre muchísimas otras. También se pueden hacer actividades asociadas con la huerta, pero dentro del aula, como la cría de lombrices y la realización de almacigueras y germinaciones. Contar con este ‘laboratorio vivo’ permite dar contenido a nociones más complejas como la biodiversidad y comprender procesos tanto a escala célula (fotosíntesis, respiración) como a escala planta (ciclos de nutrientes) y comunidad (competencia, herbivoría, etcétera). ‘La huerta es un espacio de acción.’ Es, sobre todo, un espacio que abre la posibilidad de aprender haciendo. En palabras de Natalia González, maestra de nivel inicial: Hacer genera entusiasmo porque se aprende a medida que se crea, y el proceso es verdadero, con raíces, hojas, frutos y los aprendizajes se cosechan día a día… la huerta es un proyecto que genera tanto entusiasmo que da lugar a muchos otros aprendizajes… no solo nos quedamos en las ciencias naturales. Hacer huerta no solo implica reconocer especies sino también escribir sus nombres en los carteles, contar semillas y medir canteros. Es aprender a crear, diseñar y proyectar para apropiarse del espacio. Aprender conceptos y procedimientos sobre cómo sembrar, ralear, cosechar, multiplicar, regar. Aprender a leer leyendas que tienen que ver con la agricultura de pueblos originarios y a escribir las propias historias de una huerta urbana. Aprender a cuidar a otros seres vivos y también a cuidarse uno mismo. La huerta es, además, un espacio que está fuera del aula y que por ello rompe con muchas estructuras escolares: No es un proyecto que empieza y termina en un espacio físico, no se trata de volver al aula y dejarlo en anécdota, no es un experimento… la huerta nos brinda otro contexto como docentes… Y no es solo el espacio físico el que cambia, sino también la forma en la que se piensa y se da el trabajo allí, donde docentes y estudiantes tienen que crear colectivamente en pos del crecimiento de este espacio. Producir un alimento hasta cosecharlo y comerlo requiere trabajo sostenido en el tiempo… también aprendemos a tener paciencia. Es un proceso que permite comprender de dónde vienen los alimentos y dimensionar el trabajo que implica para quienes lo producen. ‘La huerta es un espacio de contacto con la naturaleza.’ Brinda la posibilidad de estar en contacto con ‘lo vivo’ dentro de la ciudad. Tocar la tierra, sentir los olores y los sabores de las plantas medicinales, vincularse con los ritmos naturales y los ciclos vitales suelen ser experiencias vinculadas con el placer y también el displacer porque permite discutir sobre nuestras propias creencias. Por ejemplo, el esfuerzo físico que implica producir alimentos sanos o los múltiples desacuerdos que surgen a la hora de tomar decisiones concretas como cuál será el destino de la cosecha. En muchas escuelas es, además, un espacio que embellece el entorno o recupera lugares abandonados con propuestas que despiertan nuevas ideas como el disfrute, la recreación al aire libre y la realización de actividades que nos invitan a salir de las aulas. Las tareas hortícolas son un estímulo no solo para pensar acerca de la relación con otros seres vivos sino también para reflexionar sobre los diferentes grupos sociales y su interacción con la naturaleza, en tanto seres biológicos y en tanto seres sociales. ‘La huerta es un espacio de construcción colectiva.’ La huerta educativa es un proyecto necesariamente compartido, es un trabajo que si no es de forma cooperativa no florece, que si no fomenta el compromiso, se seca, porque conlleva trabajo constante y persistente. Hacer una huerta implica construir redes y acuerdos internos entre docentes, estudiantes, autoridades y personal de apoyo, asumiendo tareas que dan la posibilidad de integrar a toda la comunidad educativa. También es una actividad a la que se pueden convocar los padres y funciona como espacio de encuentro e interfase de los docentes con las familias y de las familias entre sí. En momentos cuando se requiere mucho trabajo para rearmarla –como al inicio, o luego de las vacaciones o de una tormenta– es habitual organizar jornadas de trabajo. Es también una forma de incentivar la huerta en el hogar. Por otro lado, no es posible sostener una huerta agroecológica en medio de una ciudad si es un espacio ‘aislado’: la huerta propone trascender los límites físicos de la escuela o la facultad. Las redes de intercambio de semillas son los espacios urbanos donde se encuentran semillas genéticamente diversas, en cantidad suficiente, de calidad y sin tratamiento con químicos sintéticos. Producir nuestros propios alimentos aunque sea una vez en nuestra vida puede ser una experiencia transformadora. Desde esta perspectiva, las prácticas asociadas a la huerta urbana agroecológica como dispositivo pedagógico abren la posibilidad de dar sentido a conceptos como soberanía alimentaria, semillas nativas y criollas, comercio justo, calidad de los alimentos, producción de tecnologías situadas, trabajo cooperativo, enfoque de producción agroecológico, y esto nos facilita en parte el acercamiento a las diversas realidades de los productores de alimentos que en nuestro país siguen siendo, en gran medida, los agricultores familiares.

Fuente: María Ximena Arqueros, Nela Lena Gallardo Araya para Ciencia Hoy

martes, 7 de abril de 2015

Galpón Piedrabuenarte: la Revolución empezó en un predio abandonado

En el barrio Piedrabuena, lleno de historias y leyendas, hace ocho años tres jóvenes comenzaron a montar un sueño dentro de un galpón abandonado por el Teatro Colón. La semilla germinó y del predio abandonado y marginal creció un espacio que, sin apoyos institucionales y a fuerza de prepotencia de trabajo, está modificando la cara y la identidad de todo lo que lo rodea. El diseño urbano no es inocente, ni siquiera cuando parece accidente. El barrio Comandante Piedrabuena está lleno de mitos y leyendas que se remontan al momento de su construcción a fines de la década de 1970. Por empezar, el plano de una sección laberíntica y futurista impracticable para la vida cotidiana y real, que es la misma estructura que pese a su fama de barrio recio ha atraído innumerables productoras para filmar comerciales y aledaños. Quizás porque la primera parte del barrio se desarrolló durante la autoproclamada Revolución Libertadora en forma de chalets – las torres actuales lo fueron durante la última dictadura militar – es que figura como “zona residencial” y por eso los vecinos se pasaron tres décadas pagando impuestos que no les correspondían. Es el mismo espacio donde el Teatro Colón utilizó como depósito durante casi treinta años cinco galpones que habían sido obradores. En uno de ellos, almacenó sueños en forma de escenografía sin utilizar. Por esas cosas de la vida, en medio del predio cubierto por el abandono donde los pibes iban a drogarse, entrado el siglo XXI un incendio se comió cuatro de los galpones. El único sobreviviente – ¿tenía que ser?, ¿cosa e mandinga? -, el de los sueños. “Se transforma un terreno baldío en una ciudad artística que detona una revolución dentro del barrio”, dice Luciano Garramuño y Juan “Pepi” Garachico suma que “se convierte en una base operativa de intervenciones en el barrio”. Ambos son el motor, cuerpo y alma del Galpón Piedrabuenarte, un proyecto que lleva ocho años y está transformando el barrio Piedrabuena. Es un viernes de abril al mediodía – un abril donde se sale emponchado por la mañana y para la tarde se anda en remera y con el abrigo a cuestas -, a la salida de Rompiendo los Esquemas, el programa de radio que Garramuño y Pepi tienen en FM La Boca. La entrevista transcurre en Plaza Miserere (más conocida como Plaza Once), donde reposa el mausoleo de Bernardino Rivadavia rodeado de Cromagnón – con sus murales y la memoria de su incendio fatal – y la celebérrima Estación Once del Ferrocarril Sarmiento – con el recuerdo de haber protagonizado su propia tragedia -. Sobre la plaza, artistas callejeros conviven con evangelistas pregonando en voz alta. Días atrás, había también un par de chicos que no debían superar los 12 años dándole al pegamento – la bolsita de polietileno teñida de un amarillo mostaza agarrada fija en una mano – y apurando transeúntes; el día de la entrevista no están más. Al costado, colectivos van y vienen igual que los panchos de los kioscos ubicados ahí nomás frente a las paradas. También está la línea H, que el día que esté terminada conectará por primera vez en la historia de Buenos Aires los extremos sur (Pompeya) y norte (Recoleta y Retiro) de la ciudad. Para la época del incendio, el artista suizo residente en Buenos Aires Gian Paolo Minelli estaba realizando un documental (eventualmente multipremiado) sobre Garramuño. Hete aquí que este había conseguido un acuerdo con el cuidador del predio para utilizar la escenografía del galpón en recitales, con la condición de que devolviera el material intacto. Tras el incendio, el Colón decidió retirarse para siempre de Piedrabuena y el elefante vacío dejaba al documental sin final. En lo que sería la coda de la película, se puede ver a Garramuño, Pepi y Roy Falco – amigos, emprendedores, limados soñadores – tirando la idea de un centro cultural. Quizás tenía que ser, o será cosa e mandinga, o será la voluntad nomás; desde 2006 el galpón se transformó en Galón y Piedrabuena en Piedrabuenarte. Hace ocho años, tres jóvenes de Piedrabuena se mandaron la patriada de transformar un galpón abandonado en usina cultural de un barrio con fama de pesado. Hoy, son principalmente Garramuño y Garachico los que dedican su vida – sin exageración – a Piedrabuenarte. Pepi pinta murales de siete pisos e involucra permanentemente a los vecinos. Garramuño lleva adelante un registro pormenorizado de todo lo que se hace. Su mirada recorre cada rincón del barrio con La mirada del vecino, una serie fotográfica interminable que transita todo Piedrabuena y sube como parte de la andanada de posts diarios en la página de Facebook del centro cultural – “es la revista del barrio”, dice -. O, también, con Piedrabuenarte TV, el canal de YouTube que armaron ya hace lejos y hace tiempo, o en Rompiendo los Esquemas. Con los murales, Piedrabuena se ha convertido en un museo público – Garramuño describe el efecto como “cambiarle la piel a una persona” -. Lo que se inició como una intervención de prepo, ahora multiplica obras clásicas como el Guernica conviven con una panorámica del barrio que ocupa toda la pared exterior de uno de los puentes que conecta calles y torres – “tenés tu barrio pintado en tu barrio, como un culto al barrio”, define Pepi -, o “paisajes, que rompen con el paredón gris”. Pepi marca un antes y un después de Piedrabuenarte, “antes era un barrio peligroso que no quería ir nadie y ahora es un barrio que vienen artistas de todo el mundo a visitar” y Luciano agrega que “una de las frases que se repiten, hay gente que te dice ‘ahora puedo invitar a mis amigos del trabajo’ o ‘ahora puedo traer a mi novia’”. Psicólogos, escultores, pintores, fotógrafos, investigadores, extranjeros, vecinos; todos han participado del Galpón, lo han estudiado o han intercambiado material (caso Londres y Toronto) en esta casi década. Hace un par de años que el Galpón está sin actividades por refacciones para ponerlo a punto y estar en regla, pero eso no ha detenido su accionar. Por caso, el funambulista de prestigio internacional Sebastián Petriw tapizó los medios de comunicación con la imagen de su caminata aérea entre dos torres. O que el predio ha sido limpiado y transformado en un gran living verde habitado por esculturas, juegos y una huerta. O también están las cinco escuelas públicas que se están construyendo en una sección del terreno – y que van a rodear al Galpón -, fruto del derrotero de idas y vueltas de un proyecto originalmente presentado en 2010. La peculiaridad, es que todo esto Garramuño y Garachico lo han conseguido sin plata ni apoyo institucional de ningún tipo… Autonomía e independencia son dos banderas que los hombres de Piedrabuenarte suelen sostener como estandarte. Es algo que aparece más de una vez en la charla. El vínculo con lo político, agrega el cronista, no es algo lineal; en un barrio como Piedrabuena, todas las fuerzas partidarias buscan hacer de distintas maneras algún tipo de trabajo de territorio (debate sobre modalidades y objetivos, al margen). Piedrabuenarte ha intentado siempre mantenerse equidistante, con la consigna de que lo importante es el Galpón y el barrio. El proyecto que dio pie a la construcción de escuelas, al ser tomado por el Gobierno de la Ciudad los corría del espacio (literalmente). Debate fuerte mediante con la legisladora Victoria Gorleri – presidenta en ese momento de la Comisión de Educación por el partido gobernante en Buenos Aires -, mantener la postura dio sus frutos. Dice Garramuño que “esa discusión, que fue fuerte pero con respeto, la empujó a averiguar quiénes éramos y qué estábamos haciendo”. Fruto de ese mismo proceso fue el empuje que recibieron del expresidente del bloque PRO en la legislatura porteña Fernando De Andreis – ahora al frente del Ente de Turismo de la ciudad -, quien consiguió que Piedrabuenarte fuera declarado de Interés Cultural. Autodidactas al mango, es otra idea que podría definirlos. “Yo no tengo estudios. O sea, hice la secundaria, llegué a quinto de chaumyo, chamuyando a los profesores. (…) Yo aprendí a soldar en el Galpón, aprendí a trabajar con cemento en el Galpón”, cuenta Luciano. “Nosotros nunca estudiamos, lo que hacemos nunca lo estudiamos. Yo nunca aprendí dibujo en una escuela”, señala Pepi. Garramuño y Garachico han conseguido canjes por arriba y por abajo con cuanta empresa de construcciones y servicios ha pasado por Piedrabuena – el barrio está en emergencia edilicia desde 2008 -. Para cortar el pasto, arreglar baños, levantar paredes, remover escombros, dar pintura para los murales – y grúas para los más complicados en altura -. Hubo momentos en que estas empresas dejaban maquinaria en el predio y Garramuño ofrecía ser contratado como sereno – con lo cual, esencialmente pasaba las veinticuatro horas ahí dentro -. Actualmente, el remanente de uno de las estructuras incendiadas fue desarmada y están pensando cómo vender los fierros para hacer unos mangos extra. Pepi, por su parte, hace trabajos plásticos de todo tipo en el barrio, incluyendo tatuajes, como el que lleva el propio Garramuño (uno que le ocupa la mitad de la espalda y es, como no podía ser de otra manera, Piedrabuena). Junto con la prepotencia de trabajo, hay que entender una cosa: desde 2006 y hasta que fue cedido recientemente legalmente al centro cultural, Piedrabuenarte era un okupa sin ningún tipo de personería. Garramuño y Pepi coinciden en señalar que las cosas comenzaron a tomar un giro relevante una noche de 2009 y que fue clave la presencia del padre Ramón Abeijón. Abeijón había llegado ese mismo año, reemplazando al párroco anterior. Desde el inicio, tomó la decisión de involucrarse con las problemáticas del barrio y apadrinar a Piedrabuenarte, llevando actividades parroquiales al Galpón, pero también llevando el Galpón a la parroquia. Recuerda Garramuño que llevaron adelante eventos, que “fue algo que no se había visto en nuestra parroquia, que es que adentro del altar había bandas, se colgó el circo…”. Una vez, entraron en medio de una misa y lo escucharon decir que prefería ver a la gente en Piedrabuenarte antes que arrodillados ahí en la parroquia. Una noche, Garramuño y Garachico fueron alertados de que había un intento de toma del predio. “Estábamos comprando un pollo y lo llamaron a Ramón – relata Garramuño – y le dijeron que estaban ocupando. Ramón nos llama que tengamos cuidado que iban a ocupar. Nosotros no le dimos mucha pelota, dijimos ‘siempre dicen lo mismo’. A las ocho de la noche estábamos caminando por el barrio y nos llama una vecina que escucha tiros. Cuando vamos para el predio, el tiroteo era entre los ocupantes y la policía (Federal)” Cuando los vecinos de Piedrabuena mismos se sumaron al tiroteo, la Federal se retiró, quedando fuego cruzado entre civiles. Ahí fue cuando el padre Abeijón se calzó la sotana y, llevando una Virgen consigo, fue a ambos lados del conflicto. Ni Garramuño ni Pepi cuentan qué es lo que dijo, pero la cuestión es que la balacera se detuvo y la toma acabó. Garramuño y Garachico piensan que, de haber sido distinto el resultado de esa noche, se habría terminado la historia del Galpón. Sin embargo, no mucho tiempo después Abeijón fue reubicado y reemplazado. El entuerto, por su parte, trascendió al punto que el Gobierno de la Ciudad finalmente decidió tomar cartas en el asunto y Piedrabuenarte tuvo una reunión convocada por el por entonces cardenal Jorge Bergoglio – hasta ese 2009 asiduo visitante de Piedrabuena -, que no pudo ser. El estilo liberal de Abeijón no había cuajado bien con todos, “en los fieles conservadores, como que mucho no gustó”. No obstante, hoy el recuerdo de la influencia de Abeijón sigue vivo. “Eran las tres de la tarde y Ramón aparecía con el termo a ver qué estábamos haciendo. Eran las tres de la mañana, y estaba comiendo guiso con nosotros en el Galpón”, cuenta Garramuño, que en estos días subió fotos de la restauración de una cruz donada por el sacerdote. Entre los misterios de Piedrabuena, cuenta Garramuño, se encuentra el de cómo se obtuvieron las tierras. La lógica pensaría en adquisición o expropiación por parte del gobierno militar, en función del interés en la construcción del barrio. Pero el dueño original reclamó mucho tiempo que las tierras le habían sido tomadas sin compensación de ningún tipo. La cuestión es que, cuando Piedrabuenarte inició la movida de su legalización con el gobierno de la ciudad, saltó un dato curioso: los terrenos no están a nombre de nadie desde la época de la construcción de las torres. Irónicamente, eso mismo facilitó el trámite de concesión, que en 2012 les otorgó el derecho de uso del predio por 30 años. Por otra parte, Piedrabuenarte fue seleccionado para el programa Puntos de Cultura, de la Secretaría de Cultura de la Nación, pero hasta ahora no podía cobrar la suma que reparte el programa porque la Asociación Civil aún no estaba conformada – cuestión que está por saldarse -. Pensando en presente y futuro, la mira está puesta en finalizar el trámite de la Asociación Civil – lo que, a su vez, va a permitir buscar diferentes líneas de financiamiento – y en recomenzar las actividades del Galpón (hay una lista de 50 talleristas). También está conformar una productora, publicar un libro y desarrollar un documental propio sobre el barrio. “Tenemos ganas de expandir este proyecto. Hay tanto trabajo hecho, tanta transformación lograda, que hay que salir a contarla”, dice Garramuño pensando en que les gustaría poder recorrer el país, “donde hay muchos galpones abandonados, muchos artistas”. Ah, y por si faltara algo, también seguir con los murales. Eso sin mencionar que, por intermedio de Víctor Bassuk en representación de la Secretaría de Cultura de la Nación, Pepi y Garramuño fueron invitados a participar del Programa de Intercambio de Residencias Artísticas que lleva adelante dirección nacional de Política Cultural y Cooperación Internacional. Esto último consiste en que ambos irían a Nueva York como colectivo artístico en representación de Piedrabuenarte (que significa ir representando tanto al espacio como al barrio), Pepi como muralista y Luciano a realizar el registro fotográfico de toda la actividad, para luego recibir en el Galpón a un colectivo proveniente del exterior. Pero, ni Pepi Garachico ni Luciano Garramuño quieren eternizarse en Piedrabuenarte y desearían que el barrio se apropie del Galpón al punto de que ellos puedan seguir otro camino. “Lo ideal sería vivir como artistas. Vender nuestras obras. (…) Un objetivo a largo plazo, sería que el Galpón funcione sin nosotros dos”, dice Garachico. Para Garramuño, “si nosotros hicimos todo esto en diez años sin plata, con plata me parece que tenemos que hacer un quilombo bárbaro. En el barrio hay un antes y un después de Piedrabuenarte, pero este es el principio del después”.

Fuente: Emprende Cultura

domingo, 5 de abril de 2015

Hoppo, el proyecto propio del cantante de Café Tacuba, Rubén Albarrán


Les va a gustar y también la nota que le hicieron por este nuevo proyecto en Radio Nacional. Escuchenla en este vínculo.

viernes, 3 de abril de 2015

Documental con imagenes inéditas de la Guerra de Malvinas


El material que les propongo ver del viejo Canal 13 todavía carga con los resabios del nacionalismo chovinista de la Junta Militar que generó el 2 de abril el conflicto bélico con el que intentaría mantenerse en el poder que había dilapidado asesinando a 30 mil compatriotas en defensa de los intereses financieros de las oligarquías internas, las multinacionales y sus correspondientes actores financieros. El costo fue la muerte a 649 argentinos, en su mayoría conscriptos sin experiencia alguna en materia castrense. Quien pone la voz en off en el material es el reconocido locutor de la legendaria "Aventura del Hombre" Ernesto Fritz, y más allá de lo que les comento tiene mucha importancia a nivel documental debido al material que rescata y que periodistas y argentinos como yo, y seguramente otros, no vieron nunca. Espero los sorprenda. 

jueves, 2 de abril de 2015

La contaminación "invisible" de celulares, microondas y antenas

Todos sabemos que las diversas formas de contaminación ambiental –la mayoría de ellas nuevas, y generadas durante las últimas décadas– afectan a nuestra salud, pero poco sabemos sobre si se hace algo desde el sistema médico sanitario para saber en qué medida y cómo revertirlo. Es que la vida actual se da en un ambiente donde crece la contaminación por el uso indiscriminado de agroquímicos y desechos de la industria, donde prolifera por doquier el uso de plásticos derivados de los hidrocarburos, donde los alimentos contienen cada vez más colorantes, conservantes y otros ingredientes sintéticos para hacerlos más duraderos y atractivos pero no siempre más saludables, donde el aire y el agua potable contienen metales pesados tóxicos de diferentes orígenes, donde el cuerpo está sometido a radiaciones de las que hasta hace muy poco no tenía ni noticia (a través de celulares, de microondas, de antenas...), y donde esa suerte de "contaminación interna" que es el estrés cotidiano (y que, según está comprobado, tiene efectos a nivel molecular y orgánico, además de amargar la vida de las personas) termina siendo asumido como un mal "normal" de nuestro tiempo. La sospecha está presente de manera casi inevitable en el inconsciente colectivo del ciudadano de a pie: todos estos aspectos negativos de la vida moderna (porque el mundo de hace tres o cuatro décadas era muy diferente) pueden estar enfermándonos silenciosamente. Algunos exageran esta sospecha y ensayan permanentemente rituales con mayor o menor sustento científico buscando sentirse "a salvo"; otros se despreocupan para olvidar esa incómoda sospecha, pero todos se hacen la pregunta: ¿Cómo repercuten realmente hoy todos esos factores de contaminación ambiental en mi salud? La respuesta puede ser muy complicada, o partir de una llave relativamente simple: la forma en que estos factores medioambientales dañan la salud depende de los hábitos de cada persona, del hábitat en que se halla, y de la respuesta de su propio cuerpo, del "terreno predisponente" que su organismo presente a esas potenciales agresiones. Sabiendo cómo se combinan en cada paciente estas variables y cómo está afectado –y esto es posible–, se puede desintoxicar el organismo, mejorar ese "terreno predisponente" y, por consiguiente, curar y prevenir enfermedades. Sin embargo, según el doctor Enrique Zabala Begnis (MN 103.037), esto que de tan simple parece obvio no parece ser tenido muy en cuenta cuando los pacientes concurren en busca de solución para sus múltiples dolencias. "Cada especialista hace su trabajo y se ocupa de un síntoma o de un órgano en particular, y eso hace que el paciente termine sintiendo que nadie resuelve su problema y el problema es que el paciente es un todo y no hubo nadie que lo integrara", consideró el especialista en medicina Biomolecular. Esa integración, según resumió, debe basarse en comprender que los diversos contaminantes se acumulan en el organismo deteriorando siempre el "terreno predisponente" y minando la salud –a veces en forma de enfermedades sintomáticas, a veces en forma de deterioro silencioso y progresivo–, y que "el paciente de hoy es, fundamentalmente, un paciente intoxicado", porque la causa de sus diversos problemas de salud se halla en la interacción con un medioambiente tóxico. El doctor Zabala Begnis, nacido en 1943 y con el título de Médico obtenido en la Universidad Nacional de Rosario, ejerció durante décadas como cirujano para más adelante dirigirse a Rusia a adquirir los conocimientos de la Medicina Cosmonáutica desarrollada en ese país durante la carrera espacial, una vertiente científica muy poco conocida en el resto de Europa y los EEUU, que es de donde procede casi toda la tradición de formación académica de nuestros médicos­. "En aquella carrera los científicos rusos debían lograr que sus astronautas pudieran mantenerse más tiempo en el espacio que los estadounidenses, y así, entre otras cuestiones, la importancia que el campo magnético terrestre o las corrientes piezoeléctricas que desarrollamos al caminar tienen para mantener la correcta forma de las moléculas que forman nuestros tejidos y la circulación de energía biofísica, fenómenos que en nuestra habitual formación médica no son estudiados", explicó. Con la incorporación de nueva tecnología de diagnóstico de origen ruso (y que permite medir de manera concreta, por ejemplo, los potenciales bioeléctricos de los que depende tanto el metabolismo como los impulsos nerviosos), más otros análisis que se realizan mediante envío de muestras al exterior (y en los que se determina, por ejemplo, cuáles son los contaminantes químicos que un paciente tiene acumulados en sus tejidos), la medicina biomolecular desarrollada por este médico argentino permite dar un diagnóstico que, más que apuntar a los síntomas, procura ir a la causa de una combinación de problemas que deterioran su salud. "La medicina biomolecular –que además del análisis químico y de potenciales bioeléctricos recurre a las herramientas de la terapéutica orthomolecular y, naturalmente, también de la buena medicina clínica– consiste en evaluar al paciente como un todo al que sus partes funcionales menores, que son las biomoléculas, fueron desactivadas o dañadas por la acción de moléculas extrañas, o por falta de los mecanismos biofísicos necesarios para que el organismo restablezca su estado de salud ante las agresiones medioambientales", resumió Zabala Begnis, quien desarrolló su metodología poniéndose a estudiar en profundidad los principios de la Física y la Química para incorporarlos a la práctica médica, una vez que arribó a la certeza de que "hay un nuevo tipo de pacientes que necesita de este enfoque y esta práctica como única solución a su problema de salud". Actualmente, el especialista patrocina la creación de la Sociedad Argentina de Medicina Biomolecular, y está trabajando para la formación de una fundación que permita extender esta metodología de trabajo para hacerla accesible y extender su uso, dado que las problemáticas de contaminación ambiental afectan a la salud de toda la población atravesando los diversos estratos sociales.

Fuente: Infobae

miércoles, 1 de abril de 2015

Así preserva el Gobierno porteño los históricos vagones de la vieja línea A de subtes

Cuando se cambiaron las viejas formaciones de 100 años en la histórica primera línea de la Ciudad de Buenos Aires, la A, por nuevos vagones chinos que había adquirido la administración central antes del traspaso de toda la red al ejecutivo macrista se comenzó a plantear la pregunta de que era lo que se iba a hacer con estas piezas de museo. Se habló de poner algunas a punto como para que circularan lo fines de semana para ponerlas a disposición de los turistas o de las familias que quisieran llevar a sus hijos a dar una vuelta por el pasado de una metrópolis que ya no existe. Eso nunca ocurrió. Como empezaron a salir fotos como la que les muestro con los subtes abandonados en diferentes terrenos fiscales de esta capital, salió el Ministro de Cultura Hernán Lombardi a decir que serían utilizados para poner en parques y plazas como bibliotecas, centros culturales, muestras y otras cosas que tampoco nunca ocurrieron. Ni siquiera en campaña se les ocurrió, al menos por demagogia, salvar alguna de estas increíbles formaciones en las que transcurrió parte de la vida de muchos habitantes de Buenos Aires y de otros lugares, inclusive extranjeros que siempre aprovechaban semejante regalo, la línea más antigua de toda América Latina, para llevarse un recuerdo fotográfico. El periodismo lo olvidó, los vecinos que reclamaban también, y de los funcionaros portenos y nacionales mejor ni hablar. Así es como preservamos nuestra historia. Y no es cuestión se limitarnos a echar culpas, de cosas como estas, todos somos responsables.