sábado, 7 de septiembre de 2013

Sincericidio de Barack Obama

Era la pregunta que todos se hacían, pero hasta el momento nadie había formulado. Una periodista sueca abordó y puso en aprietos al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, al consultarle por la contradicción de ser Nobel de la Paz y preparar un ataque a Siria. 
 "Me preguntaba: ¿Podría describir el dilema de ser un ganador del premio Nobel de la Paz y prepararse para atacar a Siria?", fue la duda de una reportera sueca.
-Obama no esquivó la pregunta y fue sincero: "Cuando recibí el Nobel de la Paz, dejé en claro que no lo merecía", contestó durante su paso por Estocolmo, donde llegó para reunir apoyo internacional para atacar Siria. “Mi credibilidad no está en juego. La credibilidad de la comunidad internacional está en juego. La credibilidad de Estados Unidos y del Congreso está en juego, porque defendemos de la boca para afuera la noción de que estas normas internacionales son importantes", agregó el presidente de EE.UU. Sin escatimar en detalles, Obama fue más allá: “Diría que cuando veo que 400 niños son sometidos al gas, o que 1.400 civiles inocentes mueren sin sentido en un contexto en el que ya han muerto decenas de miles... y tenemos la oportunidad de tomar decisiones que tienen relevancia, incluso aunque no solucionen el problema entero, pero que pueden mitigar este problema particular, entonces la decisión moral no es quedarse quieto y no hacer nada”, manifestó. "Fui elegido para acabar guerras, no para iniciarlas”, aclaró. “Tengo una reputación bien ganada de examinar muy en serio cualquier acción militar", se defendió.

Fuente: Clarín

miércoles, 4 de septiembre de 2013

La justicia otorgó la adopción de dos hermanos a una pareja gay

Luego de meses de trámites escabrosos y disputas legales, una pareja homosexual casada hace dos años gracias a la ley de matrimonio igualitario logró la guarda provisoria con fines adoptivos de dos hermanitos misioneros de 9 y 11 años, luego de que el juez Pablo Fernández Rizzi así lo decidiera en la audiencia de hoy. El matrimonio, celebrado por Juan Castro y Pablo Silva, oriundos de Tierra del Fuego, se encuentra en Misiones desde hace más de un mes, y logró la semana pasada que Rizzi, subrogante de su par en lo Civil y Comercial de Puerto Iguazú, Ricardo Gerometa, resolviera de manera precautoria otorgar la guarda simple de los dos menores de edad. Ahora el magistrado habilitó a la pareja a permanecer a cargo de los menores, por lo que podrán viajar a su provincia para convivir con ellos. Ambos hermanos, oriundos de Puerto Iguazú, estaban alojados en el Hogar Pequeños Milagros de Posadas. El mayor estaba en condiciones de adopción y ya había sido entregada su custodia a la pareja, pero el menor se encontraba en el seno de la familia de una abogada, Marta Gamberale, en un proceso de adaptabilidad hacia su seno familiar. Pero la mujer está acusada de haber sustraído al niño de manera irregular. Sin embargo, el pedido de los chicos era el de permanecer unidos. Y la pareja fueguina desde un primer momento dejó en claro que buscaban adoptar a los dos. "Estamos pasando unos días hermosos juntos. Ellos están felices de estar juntos de nuevo y nosotros felices de estar juntos con ellos", expresó Castro a Radio República, según consigna el sitio Misiones Online. Según había relatado el abogado de la pareja, Kevin Florentín Bogado, la situación familiar que vivieron los menores hasta llegar al Hogar de niños no era la mejor: "La madre de los menores fallece, la abuela no podía cuidarlos y estaban en total abandono. Incluso dormían a la intemperie", dijo. Al prosperar la intención de los adoptantes, los chicos tendrán una nueva familia. "Vamos a reconstruir la vida de nuestros hijos. Fuimos al cementerio a visitar a su mamá. Todo lo que sea beneficioso, lo haremos. Hace 10 días que estamos festejando. A la media hora que estuvieron con nosotros ya nos decían papá", relató Castro. Primer caso en el país El abogado de la pareja afirmó la semana pasada que es el primer caso donde un matrimonio igualitario accede a la adopción de niños judicializados, en el país. "Existe un caso en Rosario pero la familia dio a su hijo en adopción, por lo que pude consultar con colegas de otras provincias este es el primer caso de niños judicializados otorgados a un matrimonio igualitario", señaló Florentín Bogado.

Fuente: Infobae

martes, 3 de septiembre de 2013

Un físico cordobés logró retroceder el tiempo

Se trata del físico cordobés Horacio Pastawaski, que se presentará el viernes 30 en la conferencia TEDx Córdoba para demostrar como logró retroceder en el tiempo a una escala microscópica. El físico, que trabaja en el Laboratorio Nacional de Investigación y Servicio de Resonancia Magnética en Sólidos del Conicet, manipuló núcleos atómicos en cristales generando una "mancha" formada por ondas magnéticas. Esta mancha se dispersó como lo hace una gota de tinta en agua a través del cristal cambiando sus propiedades magnéticas, según explicó. Luego aplicó impulsos electromagnéticos llamado "diablillo de Loschmidt" que logró revertir el proceso. Según señaló, las ondas magnéticas regresaron en el sentido inverso hasta reconcentrarse en el punto donde fueron creadas y los átomos volvieron a su estado inicial. Una "vuelta en el tiempo" de milésimas.

Fuente: Diario Registrado

lunes, 2 de septiembre de 2013

domingo, 1 de septiembre de 2013

Como dijo Marshall McLuhan en algún momento tendremos que desenchufarnos y volver a la naturaleza



El mundo lo recuerda por su frase-slogan “el medio es el mensaje”, que lo convirtió en un icono y le atribuyó poderes proféticos: Internet, 800 canales de tv, Facebook, Twitter, la inteligencia artificial… Pero la obra de este intelectual canadiense es más compleja que la premonición tecno: a partir del análisis del mundo mediático pop-publicitario que explotó en la posguerra, explicó cómo las herramientas que creamos moldean nuestra mente, cuál es la relación entre la tecnología y el cuerpo y cuáles son los efectos en la conciencia de los mensajes incesantes que recibimos. Cuando la represa que ahora llamamos Internet abrió sus compuertas –¿hace cuánto?, ¿años, décadas, siglos?, ya nadie se acuerda ni importa– un aluvión de datos se nos vino encima. Fue como estar parado al pie de una montaña, aplaudir caprichosamente para tentar a la naturaleza y esperar que se desate un infierno blanco. Y se desató: un Big Bang informativo estalló en las computadoras y al hacerlo las elevó al estatus de artefacto rey –o reina– de nuestras vidas. En un instante, el mundo de la pantalla para adentro se volvió Venecia. La información corrió como agua. Sólo fue cuestión de adaptarse al nuevo ambiente o autocondenarse a vivir como los niños burbuja, satirizados en algún capítulo perdido de Seinfeld. Sin que mediara una nota de aviso, nuestros hábitos se reconfiguraron. Despertarse, encender la computadora, chequear el mail, mirar la página de un diario, Facebook y Twitter, se convirtió un acto reflejo y naturalizado. Pensamos y hablamos en lenguaje web. Decimos que subimos y descargamos un archivo como si hubiera algo ahí arriba. Tampoco tardaron en aparecer nuevos mandatos: si no está ahí, en la pantalla, no existe. Si uno no saca fotos o vídeos borrosos y epilépticos en un recital no hay pruebas fehacientes de siquiera haber ido. Hay nuevos “adentros” y nuevos “afueras”. Antes era los que tienen mail y los que no. Ahora es: los que tienen Facebook y Twitter y los que no. Negarse a pertenecer, a elegir qué consumir, dónde estar, qué decir –como repetir “no, no tengo celular”– se convirtió en un acto de resistencia y rebeldía adolescente por más que se haya pasado la barrera de los 30. No hay que ser neurocientífico ni llamarse Nicholas Carr –ni escribir un libro llamado Los superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestros cerebros?– para saber que la revolución y el cambio también pasan por dentro, que nuestra paciencia se volvió ínfima (por algo le dicen a esta época “la era de la ansiedad”), y que atreverse a leer un libro de más de 400 páginas es todo un acto de arrojo y valentía intelectual. Mientras las publicidades de proveedores de Internet continúan ofreciendo un acceso directo a la felicidad (más megas = más sonrisas, más conectividad = más jovialidad), los tecnopesimistas y los tecnooptimistas se tiran de los pelos y se pelean por definir quién tiene razón (¿Google nos hizo más tontos o más inteligentes?). Se arrojan iPads, ejemplares atrasados de la revista Wired, Kindles y muchas consignas con olor a viejo. “La moda es el eterno retorno de lo nuevo”, repetía Walter Benjamin. Y estos tecnodebates también. Al fin y al cabo, antes de que el gran tecnogurú Kevin Kelly mostrara su barba blanca y abrumara a los tecnofílicos con su abrumador y adictivo libro What technology wants y su visión metafísica de la tecnología –el sistema tecnológico como un ser vivo que evoluciona y está sometido a las leyes de la complejidad y la auto-organización–, un canadiense espigado y de rostro rápidamente olvidable pensó, habló y exhibió las reglas de este juego. También, biológicamente. “El próximo medio, sea cual fuere, podría ser la extensión de la conciencia –dijo en 1962 un hasta entonces no muy conocido Marshall McLuhan (1911-1980)–. Incluirá la televisión como su contenido, no como su entorno, y transformará la televisión en una expresión artística. La computadora como instrumento de comunicación e investigación podría mejorar la recuperación de información, volver obsoletas las bibliotecas y convertirse en una especie de línea privada de comunicación.” Por entonces, Steve Jobs, Bill Gates y Tim Berners Lee –el auténtico padre de la web– tenían, los tres, siete años. Y ya había alguien en el planeta que hablaba de aquello que los iba a volver ricos, poderosos y conocidos. EL MAGO Y LA ALDEA GLOBAL McLuhan se convirtió en el profeta de la era electrónica sin quererlo. No le interesaba el futuro sino el pasado y el presente, la obra de James Joyce, los panfletos de la Reforma protestante del siglo XVI y la aparición de la perspectiva en el Renacimiento. Como maestro en lo que se denomina “pattern recognition” (o reconocimiento de patrones) se asomó a una era y a un estado de la tecnología que recién estallarían 15 años después de su muerte. Distraído y provocador, sarcástico y críptico, McLuhan fue uno de los primeros intelectuales en ver más allá de las apariencias tecnológicas y de su momento histórico. Sólo tuvo que rascar la superficie para ver la verdadera cara de las tecnologías (y dentro de ella, los medios): prolongaciones de alguna facultad humana, psíquica o física. Así la rueda es una extensión del pie; el libro, una prolongación del ojo. La ropa, una prolongación de la piel. Como un faro en la noche, McLuhan fue capaz de advertir y catalogar los efectos psicológicos de los medios electrónicos. Su tendencia a comprimir y disolver las dimensiones del tiempo y el espacio. “Nos convertimos en lo que contemplamos –escribió en su primer hit, La Galaxia Gutenberg (1962)–. Modelamos nuestras herramientas y luego nuestras herramientas nos modelan a nosotros”. Fue todo un mago. Volvió visible aquello que resistía oculto. Su musa, su diosa, fue la electricidad, en la que vio la extensión del sistema nervioso y el ingreso a una nueva fase de la historia humana. Luego de 3000 años de tecnologías mecánicas advirtió que la electricidad había llegado para modificar absolutamente todo: los hogares, las escuelas, el transporte, el entretenimiento y, también, las formas de pensar. Si en la era industrial predominaba la secuencia –cadena de montaje– y el pensamiento lineal, en la era eléctrica gobierna la simultaneidad. “Los efectos de la tecnología no se producen al nivel de las opiniones o de los conceptos, sino que modifican los índices sensoriales, o pautas de percepción, regularmente y sin encontrar resistencia”, sentenció en su libro más vendido, Comprender los medios de comunicación (1965), una obra tan actual que al leerla pareciera haber sido escrita la semana pasada por este ciberfilósofo. En la televisión McLuhan vio una fuerza que no respetaba ni distancias ni límites políticos o geográficos. Para bien o para mal, esta tecnología había logrado comprimir a la humanidad en una unidad, un campo unificado de experiencias, una “aldea global”, como la bautizaría entonces y para siempre. UNA MAQUINA DEL TIEMPO Para ingresar al panteón internacional de intelectuales –y codearse con gigantes como Lewis Mumford, Jacques Ellul, Walter Ong y Edward T. Hall– sólo tuvo que convertirse en la víctima literaria de un periodista y escritor en ascenso, Tom Wolfe, el duque blanco del periodismo, quien en un artículo de 1965 publicado en el New York Herald Tribune lo bautizó como el “pensador más importante desde Newton, Darwin, Freud, Einstein y Pavlov”. Quizá Wolfe exageró, pero desde entonces McLuhan se volvió un icono, una estrella de aquello que desde hacía tantos años estudiaba: la cultura pop. Su rostro, de repente, estaba en todas partes: en la tapa de revistas, en entrevistas de revistas como Esquire, Playboy, Life, en la pantalla de TV de la que tanto hablaba (McLuhan entrevistó a John Lennon y a Yoko Ono en ocasión de su campaña War is Over!). Y llegó a la cima del star system cuando hizo un cameo en Annie Hall (1977) donde Woody Allen lo saca de atrás de un afiche y le permite recriminarle a un hombre que se ufanaba hablando de él: “Usted no sabe nada acerca de mi obra. Hasta mis falacias las explica al revés”. Al hacerlo, McLuhan se rió del fenómeno que había construido: él mismo, un producto más comentado que leído, el intelectual hippie de nombre pegadizo y de eslogans o aforismos llamativos –“el medio es el mensaje”, la frase-mantra más repetida en ciencias de la comunicación– que decía algo importante (pero no tanto como para recordarlo). Mientras Los Beatles provocaban desmayos masivos y estropeaban las gargantas de sus fanáticas, mientras la minifalda provocaba ataques cardíacos y el pop art les sacaba canas verdes a los puristas, desde Toronto McLuhan se ubicó en el centro intelectual del mundo. Aunque murió el 31 de diciembre de 1980, su voz, su imagen, su pipa siempre encendida y sus ideas disruptoras viven desparramadas por la web como data, flujos de información, píxeles en movimiento e imágenes comprimidas en videos de YouTube (marshallmcluhanspeaks.com). McLuhan vive. “McLuhan not dead”, se leería en las paredes la web si la web tuviera paredes. Escucharlo y leer sus libros es como revisar las respuestas a un crucigrama antes de completarlo. Su pensamiento es tan actual que basta realizar una simple operación de sustitución para olvidar su verdadera fecha de publicación. Como sugiere el argentino e hipermediático Carlos Scolari (quien en mayo de este año reunió a los herederos de este pensador en las jornadas/festival Galaxy McLuhan en Barcelona), sólo hay que cambiar la palabra “televisión” por “Internet” o sustituir “medios electrónicos” por “medios digitales” para que asuman una contemporaneidad asombrosa. Más que un oráculo, un gurú, un profeta, McLuhan es una máquina del tiempo. En él, el presente se funde en el pasado y conducen, sin paradas, hacia el futuro. Para leer a McLuhan La novia mecánica: el folklore del hombre industrial (1951) En él, McLuhan explora cómo la opinión pública de su época era manipulada por la industria publicitaria. Así habla del “trance colectivo de la sociedad tecnológica” y el desarrollo de un “público sonámbulo” o anestesiado que acepta acríticamente anuncios publicitarios que atentan contra la dignidad humana. “La dulce e inocente muchacha simboliza a la dulce y reconfortante, fresca e inofensiva Coca-Cola –escribe–. Tal vez la joven sea dulce, inocente, e inofensiva, pero la Coca-Cola no lo es. La próxima vez que se le caiga un diente póngalo en un vaso de Coca-Cola y verá cómo se disuelve en uno o dos días.” Ideal para leer mientras se ve un episodio de Mad Men. The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man (1962) Fue el primer hit de McLuhan. Analiza cómo la experiencia de la subjetividad moderna fue marcada por el invento del alfabeto fonético y luego por el de la imprenta. Cómo el ojo y la mirada se convirtieron en el sentido predominante de la cultura occidental. Cómo la imprenta impulsó el pensamiento lineal, el nacionalismo, la revolución industrial, entre otros fenómenos. En él, McLuhan expone toda su creatividad poética y análisis con frases como “Heidegger hace esquí acuático sobre la ola electrónica tan triunfalmente como Descartes cabalgó la ola mecánica”. Su estructura en forma de mosaico anticipa de alguna manera a los hipertextos de la web. Comprender los medios de comunicación (Editorial Paidós, 1964) Es el gran clásico en el amplio mundo de la comunicación. En él, desarrolla las ideas detrás de “el medio es el mensaje” y su concepción de medios calientes y medios fríos. Y como si se tratara de una autopsia, examina a la palabra escrita, la ropa, la vivienda, el dinero, los relojes, la imprenta, la historieta, la rueda, la bicicleta y el avión, la fotografía, la publicidad, el teléfono, el cine y, obvio, la televisión. El medio es el masaje: un inventario de efectos (Editorial Paidós, 1967) Libro-collage cargado de imágenes, frases sueltas y reflexiones sobre cómo la tecnología electrónica remodeló y reestructuró todos los aspectos de la vida privada: del individuo a la familia, la educación, el barrio, los gobiernos y las relaciones. Es una obra puramente experimental realizada junto a Quentin Fiore, conocido diagramador y dibujante estadounidense. “Sólo cabe desconectar la electricidad si queremos recuperar el espíritu de antaño”, remata el canadiense.

Fuente: El Ruido de las nueces