martes, 7 de enero de 2014
lunes, 6 de enero de 2014
domingo, 5 de enero de 2014
sábado, 4 de enero de 2014
Cumplió 111 años, tiene dos novias y lo único que lamenta es no poder bailar más
Gregorio Mosqueda volvió a lograrlo: llegó a un nuevo cumpleaños, y su sorprendente marca avanzó otra raya más. Desde ayer tiene 111 años, una salud con achaques pero sin grandes amenazas a la vista y una sola queja: que las piernas ya no le respondan como antes a la hora de bailar.
"Mi abuelo vivió hasta los 115 y caminaba", dice él, como reclamándole a la naturaleza que no lo haya tratado del mismo modo. Don Gregorio, que vive en el barrio Santa Catalina, de Resistencia, tiene dificultades para moverse, oye poco y ve menos, pero todo lo demás está en orden. "Le hicimos los estudios y está mejor que nosotros, ni colesterol alto tiene", cuenta una de sus hijas.
Pero a don Gregorio esa mitad del vaso no parece interesarle tanto como el hecho de que la debilidad de sus piernas le imposibilita ahora bailar un buen chamamé de punta a punta y salir a vagar sin depender de nadie, dos de sus grandes pasiones. Aun así, se las ingenia, y hasta declara tener dos novias, Benancia y Gladys, un par de ancianas del mismo barrio.
Es que los amores también fueron –aparentemente- parte de la receta de longevidad de Gregorio. Se casó cuatro veces y tuvo 22 hijos. La lista de nietos está en sesenta, y sigue creciendo. La cifra de bisnietos varía como si la dictara un cuentakilómetros.
Nació el 4 de enero de 1903 en Presidencia Roca, en el norte chaqueño. Fue obrero, tropero y lo que la necesidad demandara. Uno de sus hijos lo trajo a Resistencia en los '80. Ninguno de sus hermanos vive ya. Sus padres, paradójicamente, murieron con poca edad. Ella, en su último parto; él a los 66, por una enfermedad.
Su rutina diaria va aquietándose año a año. Se levanta a media mañana y se mueve lentamente por la casa. Le gusta mucho escuchar música, y tiene fervorosa devoción por el chamamé. El acordeón le hace vibrar la sangre, aunque los pies se hagan los sordos. Gregorio escucha la radio y toma su agua de yuyos de cada jornada, acaso otra de las razones de tanta existencia andada.
De las cosas que extraña, la más querida es la libertad de salir a cualquier hora del día sin tener que dar explicaciones ni pedir ayuda. A sus hijos les dice que él cree que sus piernas están así, adormecidas, porque alguien "le hizo un daño". La creencia norteña en los maleficios dañinos lanzados por terceros sigue siendo muy grande.
Los gustos, igual, no faltan. Su familia siempre lo mima y lo agasaja con un buen guiso o con un cerdo asado, su comida favorita. Una de sus hijas lo ayuda con las novias. "A veces las busco el viernes y el domingo vuelven a sus casas", cuenta ella divertida. Gregorio comparte el rato con ellas, de a una por vez. Escuchan algo, toman un jugo fresco, dejan que los ventiladores soplen los recuerdos, escuchan las bromas de los hijos y se ríen. Más vida, imposible.
Fuente: Clarín Digital
viernes, 3 de enero de 2014
jueves, 2 de enero de 2014
miércoles, 1 de enero de 2014
Les dejo la historia de una compañera sobre la Tragedia de Cromañón que los va a estremecer
Se cumplieron ayer nueve años de la masacre de Cromañón. Carla Ricciotti, una compañera de la vida y del trabajo diario y sobreviviente de aquella noche, escribió unas líneas para recordar a Luis Santana, trabajador de Crónica TV que perdió la vida el 30 de diciembre de 2004 junto a otras 193 personas. Compartimos aquí el texto y seguimos exigiendo justicia:
El deber de no olvidar
"Luis Santana vivía en Monte Chingolo, en una casita que alquilaba cerca de sus padres. Trabajaba en "Crónica tv", era redactor, de los que hacen las placas rojas o del color que amerite la situación. Estaba por recibirse de profesor de historia y estudiaba cine. Amaba el cine y la historia y el periodismo y todo lo que le permitiera soñar, expresarse. Le encantaba contar anécdotas de sus viajes a Bolivia y al Machu Pichu con monedas. Estar con sus amigos y reirse hasta las lágrimas. Quemar horas en las librerías de la avenida Corrientes y mirar los partidos de Boca.
Tanto le gustaba lo que estudiaba, ¡que iba en bici desde Chingolo al centro para sus clases! También amaba la música, escucharla, ir a recitales. Llegaba fin de año y lo íbamos a pasar en casa de mi familia. Casi convivíamos en Once, a cinco cuadras de la plaza. Dijimos :¿vamos a ver a Callejeros? Compramos las entradas y fuimos. ¡Hacía tanto calor! Caminamos, sólo llevamos las entradas, algo de plata y las llaves de casa. Dejamos las ventanas abiertas y la compu prendida. Íbamos y volvíamos en un par de horas.
Pero nunca volvimos.
Llegamos sobre la hora, estaba lleno de gente y sólo pudimos ubicarnos en el primer piso para tratar de ver algo. Empezó la música y algo explotó. Prendieron la luz, miré para arriba y el techo, negro, se abría. Se apagó la luz. Nos agarramos de la mano y tratamos de ir al baño, pero no se podía respirar. Nunca llegamos al baño. Creo que hicimos tres o cuatro pasos nada más y Luis me dijo: "no aguanto mas", y se cayó. Me agaché para tantearlo, estaba sentado en una esquinita de dos paredes. Lo abracé y me dormí con él.
No es fácil el recuerdo. Duele mucho y estoy sola.
Desperté un par de semanas después en el Hospital Fiorito, en terapia, con tubos que me salían por todos lados. Cuando empecé a comprender lo que había pasado, me dijeron que Luis estaba internado en otro hospital. Cuando me dieron de alta, me dijeron que en realidad había muerto esa noche, que no sabían quién me sacó o nos sacó, pero que él no sobrevivió.
Luis tenía un hijo, Fidel, en ese momento tenía 9 años. Tenía dos hermanos y una hermana. Tenía a sus padres. A sus cuñadas. En un minuto, todo cambió. Ya nadie más lo tenía a él. Al departamento volví casi un mes y medio después, sólo para poner las cosas en cajas y mudarme. Nunca más volví, no pude.
Hoy ya casi no me quedan marcas físicas, las cirugías van arreglando esos detalles. La salud, bien, inflamación crónica en las vías respiratoria y un remedio de por vida. Lo de adentro se complica. No se encuentran respuestas y la Justicia a veces no es tan justa. Pero mis papás, mi hermana y los que me quieren pueden seguir abrazandome. A Luis, como a otras 193 personas, ya nadie las puede abrazar, ni besar, ni esperar a que entren por la puerta como lo hacían siempre.
La corrupción mata, los tiempos que necesita la justicia son mucho más largos que los de uno.
Sólo queda el deber de no olvidar y de hacer algo para que no se repita".
Fuente: Carla Ricciotti
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