sábado, 7 de noviembre de 2015

Cayó en coma, despertó y nadie lo notó: pasó años encerrado en su cuerpo


La historia de Martin Pistorius bien podría enmarcarse en una película que contara cómo un personaje cae en coma, luego despierta y puede ver y oír todo lo que pasa a su alrededor sin que nadie lo note. Y ser testigo privilegiado de las mayores miserias y también grandezas humanas. Pero la vida de este hombre de 40 años no es una película. Pasó más de 10 años postrado, y la mayor parte de esos años conciente, pero sin poder hacérselo saber a los que lo rodeaban. A los 12 años era un niño sano que vivía junto a su s padres y sus dos hermanas en Johannesburgo, Sudáfrica. Un día volvió de la escuela y le dijo a su mamá que no se sentía bien. Ese día comenzó a cambiar su vida para siempre. Los médicos dijeron que había contraído una infección cerebral y no encontraron forma de revertir el avance de la extraña enfermedad. Al poco tiempo Martin comenzó a perder sus capacidades. Primero su capacidad de movimiento, después el contacto visual, y finalmente el habla. En el hospital, postrado en una cama y con muchas ganas de volver a su casa, logró decirle a su mamá dos palabras: “¿cuándo casa?”. Esas fueron las últimas palabras que pudo pronunciar con su propia voz. El panorama para los médicos no era para nada alentador. Enfrentaron al matrimonio Pistorius y le dieron la noticia más temida: su hijo se había convertido en un vegetal y tenía la capacidad mental de un bebé de tres meses. También les sugirieron que lo llevaran a casa para que estuviera más cómodo y esperaran el momento de su muerte. Martin cuenta hoy, gracias a la ayuda de un software que convierte en voz lo que él escribe y así puede comunicarse, que la vida de sus padres y la de toda su familia “se consumió en cuidarme para que estuviera lo mejor posible. Pasó un año, dos, tres. Y la persona que había sido comenzó a desaparecer”. Pero a los cuatro años de aquella desesperante condición, sucedió algo extraño y su mente comenzó a regenerarse. Así fue que Martin poco a poco comenzó a comprender todo lo que sucedía a su alrededor. Estaba totalmente conciente, pero atrapado en su propio cuerpo. No tenía forma de comunicar sus necesidades más básicas, como “tengo hambre”, “tengo dolor”, o expresar sus sentimientos, decirle un “te amo” a sus padres, o darles las “gracias”, por el cuidado que le brindaban. “Era un observador silencioso e invisible de cómo se comportaban las personas cuando pensaban que nadie los estaba mirando”, cuenta. Pero eso también lo dejó totalmente vulnerable. “Sin manera de comunicarme, me convertí en la víctima perfecta: durante más de 10 años las personas que me cuidaban abusaron de mí física, psicológica y sexualmente”, relató Martin en una charla Ted que dio días atrás en Gran Bretaña. Y continúa: “La primera vez que sucedió quedé muy sorprendido y lleno de incredulidad. ¿Cómo pudieron hacerme esto? Estaba confundido. Una parte de mí quería llorar, otra quería luchar”. Martin pone ahora en palabras la desesperación de aquellos momentos. “No había nadie que me consolara. Mis padres no sabían lo que pasaba. Vivía con terror, sabiendo que iba a pasar una y otra vez. Lo que no sabía era cuándo”, dice. Y ante aquel panorama negro, sabiendo que no volvería a ser el mismo, también supo que no le harían perder su dignidad. Otro de los momentos que hoy cuenta como uno de los más difíciles que le tocó vivir desde el encierro de su cuerpo, fue cuando le tocó presenciar una fuerte discusión entre sus padres. Ya llevaban muchos años de cuidado constante de su hijo y estaban agotados y desesperanzados. “Comenzaron a discutir acaloradamente delante de mí y en un momento de desesperación mi mamá se gira hacia mí y me dijo que debería morir. Quedé shockeado, pero al mismo tiempo me invadió una enorme compasión y amor por mi madre, pero no podía hacer nada al respecto”, relata. Martin cuenta que una de las cosas más difíciles de soportar en aquellos años era la soledad. Estar encerrado en su cuerpo con sus pensamientos y sentimientos sin poder transmitirlos. “Esperaba que mi realidad cambiara y que alguien pudiera notar que había vuelto a la vida”, dice. Y eso llegó gracias a una aromaterapista nueva que comenzó a trabajar en el centro donde lo cuidaban. “Ella pudo observar los detalles que nadie más supo o pudo ver en mí. Se convenció de que podía entender lo que decían. Y convenció a mis padres para que consultaran con expertos en comunicación aumentativa y alternativa”, relata. En un año, estaba empezando a usar un programa de computadora para comunicarme. Martin recuperó la movilidad de la parte superior de su cuerpo. No puede hablar pero se comunica gracias a un programa de computación que le pone voz a lo que él escribe. Hace seis años dejó Sudáfrica para instalarse en Inglaterra, junto a su mujer. Se licenció en Informática en la universidad y es desarrollador de páginas web.

Fuente: Clarín

viernes, 6 de noviembre de 2015

La cansadora vida de niños en Kenia: pastores de día y alumnos de noche


Apenas tienen seis años, pero los niños de la tribu samburu, en el norte de Kenia, ya trabajan de sol a sol dirigiendo rebaños de vacas. Tras doce horas de pastoreo, los pequeños aún tienen fuerzas para ir a clases nocturnas y luchar contra la condena impuesta por su entorno: el analfabetismo. El "lchekuti", niño pastor, es el hijo más inteligente de la familia, al que sus padres eligen para que se haga cargo del ganado. Suelen tener entre 6 y 14 años y dejan sus casas a las seis de la mañana llevando solo una cantimplora con agua y una vara para conducir el ganado. Por la noche, agotados por el cansancio, aprenden inglés, swahili, matemáticas, ciencias sociales y religión. Las misioneras de Santa Teresita, que trabajan desde hace quince años en territorio samburu y que son las promotoras de las clases nocturnas para los pastores, hablaron con los ancianos de la comunidad para hacerles entender que la educación es una virtud para sus niños. "Para que una iniciativa cale en una cultura tan tradicional hay que convencer a los ancianos de la tribu de que es buena. Si ellos la aceptan, la comunidad lo acatará, el proyecto debe ser suyo", explica Charito Cabrera, misionera de la congregación. El programa incluye una cena antes de las clases. Los niños toman cada noche "uji", similar a un guiso con gachas. De vez en cuando, pueden permitirse darles algo de carne. El objetivo es que la educación cale en una cultura tan primitiva. "Con el incentivo de dar una cena evitamos la desnutrición y conseguimos la aprobación de las familias para que envíen a sus niños al colegio", señala Mercedes Barceló, presidenta de la ONG que financia el programa, Africa Digna. "Ellos solo toman un té por la mañana y otro por la tarde. Durante el día, cuando están pastando y sienten hambre, hacen un corte en la vena de alguna de las cabras a las que cuidan y le sacan sangre que mezclan con algo de leche. Después tapan la herida del animal con tierra", explica la misionera. Naeku, una niña de apenas 10 años, se dirige a casa para guardar el ganado y acudir a clase. Bajo su brazo porta un machete, así se siente respetada por las vacas. Camina decidida y pausada, sabiendo que tiene a su cargo el bien más valioso de su familia. Son las siete y media de la tarde y, después de cantar algunas canciones tradicionales, 30 niños llenan el aula de una pequeña escuela de Lulu, en el norte del país. En clase, los menores nunca pierden de vista la vara con la que conducen el ganado, la colocan bajo el pupitre y se concentran en aprender. El profesor repasa las sumas ante sus miradas atentas y cansadas. Las lecciones guardan el mismo ritmo que sus cantos tradicionales, y los alumnos entonan los números en un perfecto suhawili, a pesar de no ser su idioma natal. "Cuando comencé como profesor su estilo de vida era diferente. Por ejemplo, las chicas se casaban muy jóvenes. Pero tras varios años de clases se nota un cambio sustancial", explica Elijah Labarakwe, profesor de los niños pastores. En las últimas filas los menores no interrumpen la clase con sus travesuras, estampa usual en Occidente, ya que su cansancio hace mella. "Hay muchos niños que se duermen en clase, es algo inevitable tras horas y horas trabajando", cuenta Barceló. "Mi asignatura preferida es matemáticas. Cuando sea grande quiero ser profesora", confiesa Naeku Lesingiran, alumna en Lulu. El programa, también llamado "lchekuti", nació en 1996 y alcanza los 280 pastores matriculados. "Durante la estación seca el número de niños desciende porque se van del poblado en busca de pasto para sus animales", explica Cabrera, que asegura que este año solo llovió seis días en este árido terreno.

Fuente: Clarín

jueves, 5 de noviembre de 2015

Las personas que se duermen tarde tienen mayor creatividad


Cuenta la leyenda, o la historia, que Marcel Proust, autor de la saga En busca del tiempo perdido, se sentaba a escribir, pluma en mano, cuando el sol se desarmaba en un hilo cobrizo sobre el horizonte y las sombras se consumían a sí mismas sobre las calles. Que se levantaba pasada la tarde y en algún café parisino consumía cuanta croissant pudiese para volver a internarse en su cuarto, forrado con paredes de corcho, para golpear las teclas mientras la luna viajaba por su ventanita. Otros grandes autores que preferían buscar a su musa inspiradora trabajando -como decía Pablo Picasso- entre medianoche y gallos eran Gustave Flaubert, Friedrich Schiller y Franz Kafka. Por estas y otras razones se ganaron su fama de bohemios, aunque ahora la ciencia reveló la verdadera razón: las personas que se duermen tarde son más creativas. Un grupo de investigadores de la Universidad de Madrid analizó los patrones del sueño de mil estudiantes y descubrieron que quienes se acostaban más tarde consiguieron un puntaje más alto en pruebas inductivas de razonamiento, asociadas a la inteligencia general. El 25% del total de los estudiantes fueron clasificados como "mañaneros", mientras que un 32% como "nocheros". Fue este último grupo los que obtuvieron puntajes más altos y mostraron mayor posibilidades de poseer un mejor desempeño académico. Por otro lado, un trabajo del científico evolutivo Satoshi Kanazawa, junto a sus colegas de la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, demostró que existen "diferencias significativas" en las preferencias diurnas-nocturnas de las personas, dependiendo de su coeficiente intelectual. Según la investigación, aquellos que poseían un coeficiente intelectual más elevado tenían mayor propensión a ser noctámbulos, mientras los de menor IQ preferían realizar todas sus actividades durante el día y prefieren ir a la cama temprano. "Las actividades nocturnas de rutina no eran comunes en las culturas ancestrales y son una novedad evolutiva. Los niños más inteligentes son más propensos a crecer hasta convertirse en adultos nocturnos, que se acuestan y despiertan tarde, tanto en días de semana como durante los fines", explicó Kanazawa. Un tercer estudio, realizado por la Universidad Católica del Sagrado Corazón en Milán, que fue publicado en ABC Science, reunió a 120 hombres y mujeres de distintas edades para que completaran un cuestionario, en el que les preguntaban si se clasificaban como personas diurnas o nocturnas. El siguiente paso fue que realizaran diversas pruebas diseñadas para medir el pensamiento creativo y, una vez más, los resultados dejaron en una mejor posición a aquellos que eligen trasnochar. "Esta creatividad está generada a partir de un espíritu no convencional y de la capacidad de encontrar alternativas y soluciones generales", dijo Marina Giampietro, líder del estudio. Sin dudas, habrá múltiples artistas, escritores y científicos, claro, que prefieren la luz del día para realizar y profundizar su trabajo, pero al menos aquellos que prefieren quedarse hasta altas horas ya tienen una razón para contemplar la luz de la luna sin culpa.

Fuente: Infobae

miércoles, 4 de noviembre de 2015

“Ser digitopunturista es como dar un abrazo”


Ana María De Franceschi Yoshida (53), argentina y de madre japonesa, es arquitecta, como su padre. Se casó, tuvo tres hijos. Desarrolló su profesión con éxito hasta que una experiencia cambió su vida. Fue en 2002, durante su segundo viaje a Japón, a la ciudad de Iwata. Había ido sola, a visitar a la hermana menor que allí residía. “Me dolía mucho la cintura, pensé que solo se trataba de una mala postura. Un hombre me aconsejó que fuera a una clínica de masajes donde los alumnos hacían terapias gratuitas. Fui, tuve la suerte de que me atendiera el maestro Saito Shigueru Yiguero, quien desarrollaba una técnica de reflexología y digitopuntura llamada Ruo-shi. La reflexología es la técnica madre, por ser la más antigua, de las que se desprendieron todas las otras técnicas de masajes, incluida la digitopuntura. Él me dijo que me haría un prediagnóstico. Yo pensé que me pediría una resonancia magnética, que me sacarían sangre, pero no. Hizo que me sentara en un sillón cómodo y empezó a masajearme la planta de los pies, haciendo presiones muy profundas. Entonces pegué un grito. Sentí que me estaba cortando con una navaja. ‘¿Qué es esto?’ pregunté. ‘Su riñón’, contestó el maestro. ‘Usted no toma agua, se le nota en la cara. Está nerviosa, cansada, producto del estrés laboral, también del miedo. La atemoriza estar lejos de casa’. ¿Cómo puede mi cuerpo producir algo así?, pensé en ese momento”. Shigueru Yiguero le indicó a Ana María ocho sesiones, pero después de la cuarta le pidió que reposara y que volviera en 15 días. Y si pasaba algo, “que conservara el recuerdo”. Le hizo caso, descansó. El domingo sintió un dolor muy fuerte, y largó un cálculo renal. Se lo entregó en la próxima sesión acompañado de un “muchas gracias”. Entonces, el hombre le aconsejó con autoridad plena: “Ahora que usted está bien debe quedarse y estudiar”. “Yo estaba impactada, totalmente fascinada con la técnica, y con el maestro que me abría un horizonte nuevo. Como arquitecta me había orientado al tema de la salud, de hecho fui becada para trabajar en la rehabilitación del Garrahan, el hospital de pediatría, por lo tanto era un tema que me interesaba. La cuestión es que nunca más sentí dolor de cintura, y lo único que había tomado era agua y masajes. Claro, que después fui al médico a hacerme un control. Estas técnicas complementan la medicina, no la suplantan. Eso es importante aclararlo”. Después de la cura Con la decisión tomada, Ana María, llamó por teléfono a Jorge, su marido, para anticiparle el nuevo proyecto. “¿Con qué venís ahora?”, escuchó que le preguntaban del otro lado del mundo, a modo de aceptación anticipada ante lo que ella estaba a punto de comunicar. Al volver a la Argentina, Ana María reunió a la familia, les contó la experiencia vivida y asumió su necesidad de instalarse en Japón para estudiar. Les pidió que la acompañaran, que no podía vivir sin ellos, que los necesitaba. La hija más chica, Kaoru, tenía 9, Valentín, 13 y Hanna, 15 años. “Vamos a apostar al deseo de mamá”, acordó el padre con la aprobación de los hijos. En febrero del 2002 la familia se instaló en Japón: los chicos empezaron a estudiar a través del programa internacional, rendían vía consulado y aprendían japonés. Jorge daba clases de español, o hacia otros trabajos. Mientras tanto, Ana María estudiaba con Shigueru Yiguero y practicaba lo aprendido con la familia: sus cuerpos eran los modelos. La técnica ¿Cómo explicar el Ruo-shi, esta técnica de reflexología y digitopuntura oriental? ¿Cómo explicar un tratamiento absolutamente corporal y sensorial, milenario? Ana María dice: “Lo que se hace con la digitopresión, es aliviar el dolor. A través del sistema nervioso surgen terminales que llegan a muy pocos milímetros del pie, cuando yo presiono un punto se produce la expulsión total de las tensiones del cuerpo. Se siente dolor, pero después de los segundos que dura la presión para desarmar una situación de bloqueo corporal, la persona puede ser ayudada, ya que el estímulo activa el cuerpo, así se restablecen las funciones. Yo doy un ejemplo de arquitectura que resulta clarificador: las cañerías se destapan con agua caliente. Esto es igual: vos tenés tapado, por un sentimiento, un canal que se dirige a un órgano. Si está mucho tiempo tapado, desborda en tu cuerpo, y lo enferma. En cambio, si te dejás ayudar, se activa el químico natural del cuerpo y el torrente energético va a hacer circular mejor tu alimento a través de la sangre. Cuando el dolor llega a la superficie es porque tu cuerpo ya está enfermo. El camino contaminado. Lo que hace la digitopresión es destapar, como el agua caliente con las cañerías”. Al ir aprendiendo la técnica, María amplió su sensibilidad y su percepción. “Cuando veo a una persona tengo una primera imagen. Así como la siento en el pie o en la mano cuando presiono, la veo en la postura corporal y sintetizada en el rostro: la vista es el reflejo del hígado, por ejemplo, la nariz del pulmón, la boca del corazón. Es maravilloso descubrir los órganos que reflejan el interior”. Maestra internacional La alumna convertida en maestra volvió a la Argentina en 2004, autorizada a enseñar, matriculada en Japón, y con el título de “Maestra internacional de reflexología y digitopuntura de la técnica Ruo-shi”. Ella dudaba, conocía las dificultades de practicar esta técnica oriental en Occidente. Durante el primer año tuvo tres alumnos, dos de ellos parientes. Practicaba con los amigos y la familia. Su maestro le había dicho: “La mejor manera de no olvidar es enseñar y practicar”. Ana María, obediente, nunca dejó de hacerlo. Hoy, nueve años después, y con más de 100 alumnos formados, atiende en la sede Centro San Rafael, de Núñez y es directora de la escuela Ruo- Shi, sede Buenos Aires. El año pasado se vieron en la necesidad de expandirse. Nicolás Ikei, uno de sus primeros discipulos, abrió el Centro Shizendo en Palermo, donde Ana María atiende pacientes y toma exámenes a los alumnos. Si tuviera que explicar el origen de esta técnica milenaria, Ana María vuelve a los niños de Oriente, quienes desde siempre e intuitivamente, presionan con sus deditos los cuerpos cansados de sus padres y abuelos. Si tuviera que explicar su propia fascinación por la técnica, vuelve a su madre, a quien corre a abrazar desde que tiene uso de razón. “Yo intento ser como ella: cariñosa con mis hijos, con mi esposo, con mis amigos. A veces los pacientes tienen ganas de abrazarme y yo creo que es lo más natural del mundo. Podríamos decir que esta técnica es como un gran abrazo, y no estaríamos equivocados”. Sensibilidad extrema Su especialidad lleva a sus manos a involucrarse con cuerpos y pieles extrañas: “Es un verdadero intercambio íntimo. Es sublime saber que con mis manos, mediante una técnica antigua, puedo quitar un dolor al otro. Cuando hago la presión en un estado normal, lo que siento en los dedos es como un globito que se desinfla. Pero a veces el paciente viene con piedras: cuando lo toco siento un pinchazo, me duele y sé que al otro le va a doler mucho más. En ocasiones hasta puedo hacer que se le derrame una lágrima. Si no derrama esa lágrima porque no puede, entonces lloro yo. Me pasó en varias oportunidades. Cuando trabajo estoy sensible y abierta a ese otro ser. Es único, y lo agradezco”. A través de estos años, Ana María recorrió cuerpos que aprendió a descifrar: “Muchas mujeres vienen en la edad de la menopausia, cuando las funciones de siempre empiezan a desaparecer. A través de la digitopuntura no se reactiva la menstruación, pero se ayuda a encontrar un nuevo equilibrio. En definitiva de esto se trata la vida, de saber adaptarse. También atiendo personas muy ancianas que buscan el bienestar y la tranquilidad. Siempre les digo que después de los 70 se produce el equilibrio casi instantáneo. De hecho, en Oriente, hay gente que vive hasta los 118 años. ¿Cómo hacen? En general son naturistas y llevan una vida tranquila”.

Otra forma de ser y estar

Ana María reconoce: “Yo era una persona nerviosa, corría todo el día, enérgicamente. Quería ser mamá, profesional, esposa, estar en todos lados, pero no me daba el tiempo. Llegaba a casa estresada y cansada. No era que me molestaran mis hijos, pero cuando me preguntaban algo les decía: ‘esperen, estoy cocinando´. En cambio ahora puedo decir: ‘primero estás vos, te abrazo, te siento. Después vemos qué hay de comer’. Hice un cambio total en mi forma de actuar. Me tomo pausas, empecé a ver cuántas cosas son importantes de todas aquellas que traía como preocupaciones. Cuando conocí esta técnica bajé un cambio, logré mayor serenidad. Desarrollé algo tan importante como la paciencia. “Desde lo sexual también hay cambios. Cuando siento que debo estimular, sé a dónde dirigirme. Y estoy más abierta a recibir, por supuesto. El intercambio es bien profundo”.

Fuente: Mariana Perel para Clarín

martes, 3 de noviembre de 2015

Cómo hizo Cerati para componer 'Bocanada'

Liberado de "la prisión artística" en que se había convertido Soda Stereo, Cerati se recluyó en Casa Submarina, el estudio montado en el fondo de su hogar en Vicente López, donde vivía con Cecilia Amenábar y los pequeños Benito y Lisa. Tenía varios bocetos de la última época de Soda, pero buena parte de su segundo álbum solista -que, por ser el primero después de la separación de la banda, tuvo mucho de nuevo comienzo- se definió durante la grabación. Cerati por entonces estaba compenetrado con la música electrónica, y el proceso creativo de Bocanada fue hijo de ese affaire. Organizaba los sonidos en un secuenciador MPC 3000 a la vez que desempolvaba sus viejos vinilos para samplear fragmentos que le servían de disparadores. "Río Babel", por ejemplo, se levanta sobre un contrabajo que cita el leitmotiv de "Momma", de la Electric Light Orchestra. En este tema confluyen la atmósfera oceánica y el pulso funky de un álbum en el que la voz de Cerati alterna consistencias de escultura y holograma, mientras su guitarra parece domesticada para entregar lo justo y necesario. En el caso de "Río Babel", un riff acuoso en segundo plano rompe la canción y la lleva hasta sus palabras finales: "Fluir sin un fin, más que fluir sin un fin.". Quince años después, hay algo conmovedor y hasta un tanto doloroso en la vigencia de Bocanada, ese festín de melodías y texturas. Cerati armó las canciones en soledad, alejado de las salas de ensayo, y enfocó cada tema como un ejercicio de diseño (luego convocó a músicos jóvenes como Flavio Etcheto, Leo García, Leandro Fresco y Martín Carrizo para que ejecutaran sus ideas). Ese abordaje no hace más que resaltar el carácter romántico de la obra, su intimidad de laboratorio y su belleza nocturna. La performance vocal de "Bocanada", un tema armado sobre un loop de la banda progresiva Focus ("Eruption"), es una cumbre de su catálogo. La historia de la letra la cuenta Pablo Schanton en estas mismas páginas, y es esclarecedora la mención a Edward Hopper, el gran retratista de la soledad y la descomposición silenciosa de las relaciones en el mundo moderno. El humo, ese ruido óptico a través del cual se hace visible la alquimia, aparece entre dos "cuando no hay más que decirnos". En la presentación del disco en el Gran Rex, Cerati cantó este tema con un cigarrillo en la mano, desarmado de su guitarra, afectando la pose de crooner delante de la imagen proyectada de una mujer desnuda, pálida y fría como la protagonista de "Reposo", la pintura de Eduardo Schiaffino. Es casi un bolero ambient, cruzado por los scratches de Rudie Martínez y el contrabajo de Alejandro Terán. La voz de Cerati suena forrada en terciopelo azul, y dibuja arabescos que empujan a la hipnosis. Parece el sueño húmedo de un viejo publicista de Parliament, pero este momento de "distante placer" adelanta dos años la atmósfera neo-noir de Mulholland Drive, el film de David Lynch, su aura misteriosa, decadente e irresistible. "Veo a Bocanada como una película", le dijo Cerati a Alfredo Rosso en 1999, en la primera tapa del ex Soda Stereo para Rolling Stone. "No porque haya un argumento -el disco no habla de una sola cosa; es más bien ecléctico- sino porque manejamos los moods, los climas de una manera fílmica. Por ahí pasa el hilo conductor, por cómo se entrelazan las canciones con los momentos instrumentales." Ese matiz cinematográfico se proyecta desde la tapa misma del álbum, una foto de Gaby Herbstein en la que se ve a Cerati a contraluz, en la pose del Bowie de Low, metido en un abrigo de piel, soplando humo blanco sobre fondo azul. Parece una cita al Greatest Hits de Dylan, pero Alejandro Ros, director de arte de Bocanada, ni siquiera había visto esa portada. "Con Gustavo queríamos transmitir el clima del disco", dice Ros hoy. "Nocturno, refinado, un cabaret electrónico... Boleros para hojear revistas de moda. Como en su primer álbum solista [Amor amarillo] no estaba su imagen, decidimos que en éste se viera sólo una foto de él en la tapa, y adentro pieles y texturas rojo brillante." Detrás de esa carátula, que impone la idea de un relanzamiento estelar, "Tabú" funciona como una apertura aventurera y exótica, con una marcha tribal de sintetizadores, graznidos de pájaro y un Cerati que, a medida que va "trepando montañas", busca su propia cumbre expresiva (el falsete de "por tiiii." quedará para siempre). La carga dramática que impregna muchas canciones del álbum ("En algún punto es poético hasta la exageración", decía él) llega a niveles altísimos con "Verbo carne", una masterpiece en la que el narrador le pide la salvación a un pequeño cristo en 3D". Escritos por Terán, los arreglos sinfónicos de esta balada teatral fueron grabados en Abbey Road por la London Session Orchestra. Después de presenciar la sesión, en la que el violinista Gavin Wright dirigió a 48 músicos, Cerati se fue "corriendo con las cintas" a otro estudio de Londres. "Ahí puse la voz -contaría él- en un estado de éxtasis total. Es un momento muy importante del disco, como un pináculo." Más allá de los gestos ampulosos, Bocanada es también una clase de pop-rock de precisión. El enjambre de guitarras distorsionadas de "Puente", que estalla a la par del verso jinglero "gracias por venir, gracias porvenir" -hipervínculo al "gracias totales" pronunciado en River dos años antes-, es el primer guiño a los nostálgicos. A Cerati no le interesaba hacer un disco conceptual, sino probar formas diversas, conectar sonidos actuales con viejas influencias y detonar ráfagas de emoción en escenarios sónicos sofisticados (esa "doradez" del pop de la que hablaba él). Así llega el tono relajado de "Beautiful" (outtake de Sueño Stereo), con su frase de cabecera "mereces lo que sueñas", el aura tripera de "Perdonar es divino", los toques andinos de "Raíz" (con el sampleo de Los Jaivas) y la prepotencia melódica de "Paseo inmoral", escrita con Francisco Bochatón. "Balsa", el último track (tercer instrumental), es un cuelgue electrónico circular en el que Cerati y Etcheto invocan los ratos de Ocio. Un extracto remoto de la voz de Elvis cierra esa cantinela de cuna post-nuclear: el paisaje blando y desolado del final de una rave. "Es un álbum en el que la melancolía juega un papel muy importante", le decía Cerati a RS. "Pero intento que nos lleve hacia una situación eufórica a través de la música. Que vos percibas la melancolía de las melodías, de los arreglos y de las letras, pero que el todo tienda hacia la felicidad. Eso es lo que intento conseguir con mi música." 

Fuente: Pablo PLotkin para la Revista Rolling Stone

domingo, 1 de noviembre de 2015

Por qué decidí no tener hijos


Decidí ya de joven que no quería tener hijos. No recuerdo el momento específico ni los motivos puntuales. Lo que sí recuerdo es que no pasé por un período en que me di cuenta de que quizá prefería no tener o que iba a depender de las circunstancias. Mi sensación es que supe enseguida que mi forma de ser y lo que quería para mi vida no eran compatibles con criar chicos. Tuve la suerte de enamorarme de una mujer que pensaba igual que yo, la escritora Mariana Dimópulos, que el año pasado escribió en esta misma sección sobre por qué una mujer no desea tener hijos. Hoy lo hago yo, desde una mirada masculina. El tema debe haber sido una de las primeras cosas que hablamos apenas nos conocimos. Lo curioso es que muy pronto yo sentí que mi amor por ella era tan fuerte que hasta hubiera capitulado a mi ideal y hubiera tenido hijos, si al final me lo pedía. Pero no lo hizo, ni yo tampoco cambié de opinión, pese a las increíbles presiones que sufre una pareja establecida a medida que pasa el tiempo y no procrea. El mayor fardo se lo lleva sin dudas la mujer, cuya actitud parece una ofensa al género humano, pero también los hombres tenemos que afrontar miradas desaprobatorias y comentarios insidiosos. En primer lugar, cuesta hacerle entender a la gente, empezando por la propia madre, que la decisión es conjunta y no sólo de su querida nuera. Y más cuesta explicar que no es nada en contra de nadie, sino a favor de uno. La gran diferencia en el caso del hombre es que siempre puede cambiar de parecer, incluso cuando por edad la mujer ya no puede. Pero esa supuesta ventaja, que alivia la presión, le termina quitando legitimidad a la decisión que uno ha tomado. Seguí pensando lo mismo respecto a no tener hijos cuando llegó la prueba de fuego de ver nacer y crecer a los de mis amigos. Diría que hasta reforcé mi idea: los insomnios de esos padres primerizos me hubieran convencido de desistir, aun si hubiese tenido mis dudas. Lo mismo corre para los trastornos que sufre la pareja, incluyendo los sexuales (tema tabú, por supuestamente frívolo cuando se trata de los hijos, pero que a mí me parece fundamental, y creo que a los padres también). Amo el silencio y necesito dormir bien para funcionar, dos frágiles fenómenos que un chico recién nacido ahuyenta inmediatamente de cualquier casa. Pero no es sólo eso lo que no me gusta de la idea de ser padre. Tampoco me gusta que nadie dependa de mí, ni siquiera una mascota. Y no me gusta ponerle límites a nadie, que es lo primero que te tiene que gustar para ser un buen padre. Siempre me costó reconocer autoridades y lo último que quiero es convertirme en una, aunque más no sea en el ámbito reducido de un hogar y por tiempo limitado. Por otro lado, ninguna de las tareas que debe asumir un padre son para mí. Y no me refiero sólo a cambiar pañales o llevar al nene al médico, ni todas esas cosas que ningún padre dejaría de hacer si pudiera (y de hecho deja de hacer si la madre asume esa responsabilidad, según el reparto clásico de roles). Tampoco me atrae lo “lindo” de ser padre, como buscarle una escuela pensando en la educación que va a recibir, o comprarle ropita que le quede bien, o llevarlo a que juegue con amiguitos o festejarle su cumple. Enseñarle a patear una pelota es algo que quizá me hace un poco de ilusión, pero sé que sólo por un rato, y sólo si me sale bueno. No soy una persona muy paciente ni muy didáctica, y aunque supongo que son cosas que uno desarrolla siendo padre, no creo que yo pueda cambiar lo suficiente en ese aspecto. Al menos visto desde afuera, debo confesar que todo lo que ocurre alrededor del crecimiento de un chico, por el sólo hecho de que es una tarea cotidiana y reiterativa, me provoca bastante tedio. Si me cuesta leer dos veces los libros que me gustaron a mí, no me veo leyéndoles mil los que les gusten a ellos. Un rato con mis sobrinos me alcanza y me sobra. Algunas cosas de la educación directamente me parecen horribles. Imagino por ejemplo una reunión de padres y entro en colapso nervioso. Sé que a muchos padres les pasa lo mismo y que se sobrevive a eso y a todo, pero se ve que soy demasiado egoísta para siquiera hacer ese sacrificio, ni ningún otro. La recriminación esta de ser egoísta me incomoda, sobre todo porque creo que hay mucha gente que tiene hijos por razones tan o más egoístas que las que a mí me mueven a no tenerlos, pero igual me la banco, porque tiene algo de verdad. Desde siempre quise dedicar mi vida a los libros y en ese sentido los hijos me parecen una pérdida de tiempo, lo cual es una postura no muy desprendida que digamos. Lo que me banco menos es el prejuicio de los así llamados “Dinky”, según las siglas inglesas “double income no kids” (dos sueldos, sin hijos). Nunca guié mis decisiones por temas económicos, casi diría que lo contrario. No me sobraría dinero para criar a unos chicos (uso el plural porque no me podría imaginar tener uno solo, llegado el caso), pero sé que lo lograría. De hecho, tener hijos me daría una buena razón para ganar más plata, cosa que me cuesta encontrar más allá de mantenerme y poder seguir teniendo tiempo para hacer libros. El tiempo es probablemente la clave de todo este asunto. Soy muy celoso de mi tiempo, a extremos medio patológicos. La idea de que un ser me quite ese bien, el único que tenemos en esta vida, me aterra. A la vez, se ven tantos padres que siguen con su vida casi normal que me pregunto si no habré exagerado en mis temores. Todos sabemos que el tiempo se estira, y que cuánto más hace uno, más tiempo encuentra para hacerlo. En lo otro que siento que pude haberme equivocado es en mi también exagerado apego a la soledad. El mismo hecho de vivir en pareja demuestra que es una pasión falsa, o digamos no absoluta. ¿Por qué no agregarle un par de humanos más a la ecuación, a los que sé que terminaré amando también? Porque nunca dudé de que si tuviera hijos aprendería a disfrutarlos, y que todo lo que desde afuera me parece tedioso o desquiciante adquiriría otro matiz. La sola circunstancia de que el chico está ahí y no hay vuelta que darle te tiene que hacer cambiar tu visión de mundo, por muy anti-chicos que hayas sido con anterioridad. Con todo, el m ayor problema de no tener hijos es para mí la distancia que se va abriendo con los amigos que sí los tienen, que por cierto tienden a ser casi todos, aun cuando cada vez los tengan más tarde. Aunque ellos hagan todo lo posible para no discriminarte (por ejemplo diciéndote cosas como “hacés bien en no tener hijos” cuando pasaron una mala noche, aunque pasarían mil más por esa criatura que ya es todo para ellos) y aunque uno haga todo lo posible para que parezca que nada cambió (poniendo cara de interés cuando te hablan de si hizo o no hizo, de sus recurrentes enfermedades o de todo lo que ya aprendió en el colegio), aunque todos hagamos como que cada uno es grande y toma las decisiones que quiere, lo cierto es que la vida cambia radicalmente para los padres y por ende también para los que no lo son, por el solo hecho de no cambiar. Es que hay algo inmaduro en quien no tiene hijos, como que no cumplió un ciclo natural. Por un lado, eso me hace sentir más joven que los que ya procrearon, porque todavía no llegué a la etapa que ellos transitan. Pero a la vez me hace sentir infinitamente viejo, porque saber que no entraré nunca a ese estadio natural de la vida hace que parezca pasado, como si hubiera tenido hijos y ya se me hubieran ido de casa. Saber que uno no tendrá descendencia tiene además algo funesto, porque te condena a una vejez horrendamente solitaria. La idea de estar tan solo que te descubran muerto semanas más tarde es inquietante. Pero de eso me salva, como a los padres la idea de que los hijos los van a ir a visitar siempre, la idea no menos utópica de que viviré para siempre con mi compañera. Lo que en cambio me angustia, porque no tiene remedio, es la perspectiva de haber pasado por este mundo y no haber sentido el amor que puede darte un hijo y que sos capaz de darle vos, un amor que imagino distinto a cualquier otro. Eso sí que es desolador. Hay algo que te perdiste, aunque nada te impedía vivirlo, al contrario. ¿Por qué perdérselo, entonces? Crecí con cuatro hermanos, todos menores, de los que algunas veces me tocaba quedar a cargo, cosa que nunca hice a disgusto. A la primera chica de la que me enamoré ya en edad de intimar sólo pensaba en hacerle hijos. Cuando me fui de intercambio estudiantil a Alemania, mi madre postiza justo tuvo su sexto hijo y yo me ocupé bastante de cuidárselo. Entremedio me había ido de viaje con cursos más chicos del colegio en calidad de ayudante de los profesores y hasta trabajé algún verano enseñándoles natación a los más chiquitos de una colonia. Con esto quiero decir que siempre me gustaron los chicos y tuve onda con ellos. Aún la sigo teniendo con mis sobrinos y con los hijos de mis amigos, que me dan mucha ternura (cuando no gritan ni se ponen pesados). Entonces, ¿por qué no tener unos propios que me cuiden de viejito? S i lo pienso así, me dan ganas de llorar. Pero no de tener hijos. Eso sí que sería egoísta, creo. Tener hijos por “hacer la experiencia”, por “completarme”, o por miedo a quedarme solo ... qué carga para las pobres criaturas. Toda decisión verdadera implica renunciar a algo, o incluso a mucho. Pero eso corre también para las decisiones afirmativas, sean más o menos producto de la inercia natural y cultural. Hace un tiempo leí que una mujer transexual decía que ella no entendía cómo una persona, por el simple hecho de nacer varón, se resignaba a serlo toda su vida. La declaración me dejó tan estupefacto como a mi padre mi decisión de no tener hijos. “Casarme pero no tener hijos es una posibilidad que a mí nunca se me ocurrió ni plantearme”, me dijo cierta vez. Y la verdad es que tampoco yo me planteé nunca la posibilidad de cambiar de genitales. Y aunque me suena muy extraño, y aunque no volvería atrás para replanteármelo, celebro que para alguna gente empiece a ser una opción concreta. Renuncié a varias cosas en mi vida y cada una de esas renuncias fue un acto de libertad, por más miedos que me hayan generado. También en esto de no tener hijos creo que no haber seguido a mi corazón me habría hecho sentir, hoy, que no actué con libertad. Por suerte creo que ya todos en mi familia lo entendieron así, aunque las presiones no terminen. Hace poco estaba jugando con mi sobrinito en brazos y una tía me dijo con una sonrisa malévola: “¡Cómo me voy a reír si de pronto tenés un hijo!” Yo la miré sorprendido, pero ya sin enojo, pensando: –Espero que no ocurra, tía, pero quedate tranquila que, si pasa, también yo me voy a reír.

Fuente: Ariel Magnus/Clarín