miércoles, 25 de mayo de 2011

La increíble historia de un periodista fabulador

Esta es la fabulosa historia de Nahuel Maciel que cuenta Carina Risso Patrón:

Nahuel Maciel es el primer periodista fabulador de un diario nacional: publicó reportajes fraguados a las más importantes figuras de la literatura latinoamericana, trabajó en el diario El Cronista Comercial entre 1991 y 1992 y llegó a publicar un libro de conversaciones con García Márquez, prologado por Eduardo Galeano, totalmente inventado. Actualmente ejerce el periodismo en un diario de la provincia de Entre Ríos.

Recientemente el sitio Diario sobre Diarios resucitó la historia de Nahuel Maciel que particularmente es muy conocida en el ambiente periodístico porteño. Maciel fue el primer antecedente importante de un periodista fabulador en un medio gráfico del siglo pasado. Los ribetes cómicos e increíbles de la trama fueron contados por algunos de los testigos de las andanzas de Maciel. La historia comenzó en el año 1991. El lugar de los hechos fue el diario El Cronista Comercial, en aquella época en manos del empresario Eduardo Eurnekian. Como director del matutino había llegado el periodista Mario Diament en reemplazo de Enrique Szewach, y en su gestión intentó la difícil tarea de darle al diario especializado en temas económicos, un barniz “progresista”. En ese sentido, fue quien desarrolló con mayor preponderancia a la sección política y al suplemento cultural. Por esa época, Eurnekian también editaba el vespertino "Extra”, dirigido por entonces por el periodista Orlando Barone. Hasta la redacción de la calle Honduras 5665 arribó una calurosa tarde de fines de 1991, Nahuel Maciel (“nadie me abrió las puertas de El Cronista, me mandé sólo”, recuerda hoy). Allí pidió hablar con la editora del suplemento cultural, Silvia Hopenhayn. Maciel colaboraba en aquel entonces con la revista que dirigía el periodista Oscar Taffetani “Las Palabras y las cosas” y le mostró a Hopenhayn algunas de las notas con su firma. Diament en 1996 señaló en referencia a él: “Era de baja estatura, cuerpo enjuto y una mirada inocente enmarcada entre rabiosos mechones de pelo lacio y una barba intensamente negra. Traía, según dijo, una recomendación de Eduardo Galeano y otra del escritor Oscar Taffetani, de la revista El Porteño y se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para "Le Monde", de París y "The National Geographic", algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a ofrecer – dijo – una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax, lo cual, para una editora que acaba de ver pulverizarse la nota principal del suplemento, caía como maná del cielo”. Diament explicó que “Hopenhayn vino a verme a mi oficina a proponerme la nota. Mi primera reacción fue, obviamente, de asombro. ¿Un indio mapuche que hace entrevistas por fax? El concepto no podía resultar más fascinante. Tenía ese contraste que tanto nos seduce a los periodistas: esa mezcla del mundo primitivo y la hipercivilización. Le pedía a Silvia que me trajera los originales del fax, cosa que hizo, y se asegurase de que las referencias fueran verdaderas. Hopenhayn no logró hablar con Galeano pero sí se comunicó con Taffetani, quien dijo conocer a Maciel y confirmó que se trataba de alguien con legítimos antecedentes periodísticos. Ahí estaban, por otra parte, las fotocopias de sus notas en Le Monde. Con estos elementos, tomamos la decisión de publicar la entrevista”. Diament, un periodista experimentado, y –según los que lo conocen- talentoso, pecaba de ingenuidad. Mientras, en la redacción de El Cronista, algunos periodistas comenzaban a desconfiar de Nahuel. “¿Cómo hace para hacer entrevistas por fax y repreguntar?” se intrerrogaban. “Yo a este tipo no le creo nada, ni que sea mapuche”, rumiaba por la redacción el periodista de la sección “internacionales”, Aníbal Maturi. Mientras, el entonces periodista de la sección “espectáculos” Antonio Birabent les comentaba a sus colegas: “El otro día el indio me mangueó 50 mangos, le pedí que me los devuelva y se hace olímpicamente el boludo”. Claro que desde siempre, en todas las redacciones de nuestro país era habitual el “magueo” entre los colegas. Una tarde, Nahuel apareció en la redacción con un reportaje a Gabriel García Márquez, que fue la tapa del suplemento cultural y mereció también una mención en la portada del diario. El reportaje fue ilustrado por el entonces dibujante de El Cronista, Raúl Perrone, quien - dicho sea de paso - no le tenía la menor simpatía a “el indio”. Según Diament, “Era bastante largo y hubo que hacerle numerosos cortes. Mientras revisaba los cromalines, le dije a Silvia (Hopenhayn) que, de haber sido un poco más extenso, habríamos podido hacer un libro con esa entrevista”. Nahuel escuchó el comentario y aseguró que podría intentar volver a hablar con García Márquez para ampliarlo. Mientras, Nahuel seguía publicando reportajes a grandes personajes de la literatura. Salieron también en ese suplemento cultural –que por esos días era la envidia de sus competidores de otros diarios-, reportajes a Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Umberto Eco, Ray Bradbury, etcétera. Y la figura de Nahuel crecía en la redacción con el aura indígena y sus maravillosas conversaciones con los grandes pensadores de la humanidad. Sin embargo, dentro de la redacción, ya conformaban una legión los periodistas que dudaban de la autenticidad de los reportajes de Nahuel. En el “fumadero”, un pequeño cuarto a donde acudían a fumar los periodistas, ya que en la redacción estaba prohibido, se escuchaban frases como “muchachos, parece que Nahuel le hizo un reportaje al Che Guevara” y las carcajadas posteriores. Sin embargo, los jerarcas de entonces parecían no ver lo que muchos ya comentaban en voz alta. Así fue como el día que Nahuel publicó un reportaje a Carl Sagan, le dijo a Diament que había hablado con García Márquez, y que el colombiano había aceptado gustoso ampliar el reportaje para convertirlo en un libro y que también había logrado el compromiso del uruguayo Eduardo Galeano, para que le escribiera el prólogo. Diament recuerda: “Para una editorial que hasta entonces se había especializado en libros económicos y que ahora se disponía a incursionar en el mercado literario, empezar con un libro de conversaciones con Gabriel García Márquez resultaba de una súbita bonanza, de modo que no fue difícil convencer a los responsables de publicar el libro. Como la autoría pertenecía a Maciel, quien asumía toda la responsabilidad, no fue necesario, al parecer, recabar el permiso de García Márquez. El manuscrito se completó a fines de enero y entró a imprenta inmediatamente, con la idea de lanzarlo durante la Feria del Libro”. Daniel Della Costa, por entonces secretario de redacción del diario preguntaba: “¿Están seguros de lo que van a hacer”, y recibía tanto de Diament como de Barone respuestas elogiosas hacia el trabajo de Nahuel Maciel. Diament se defiende diciendo que “los veteranos de la redacción comenzaron a hacer alusiones a su mitomanía; pero, como esta suele ser una reacción común en las redacciones frente a quienes se aventuran a hacer cosas novedosas y como los comentarios destilaban, además, un inconfundible olorcito a racismo, respondía diciendo que si alguien tenía pruebas concretas, que las trajera. Entre la competencia –los responsables de los suplementos literarios de Clarín y Página/12– sus columnas se leían con una mezcla de envidia y sospecha, pero nadie se aventuró nunca a afirmar abiertamente que lo que publicaba Maciel fuera plagiado o apócrifo”. Pero antes de la presentación del libro de conversaciones con García Márquez hubo otro hecho extraordinario. A Diament le había llegado la versión de que en Tucumán existía un “museo de la subversión”, en el cual los militares bussistas guardaban “trofeos de guerra” arrancados supuestamente a los guerrilleros del ERP durante el “Operativo Independencia”. Diament le dijo al jefe de Política, Horacio Finoli, que sería importante mandar a un periodista a investigar si la versión era cierta. La decisión de enviar a un periodista se tomó entonces un jueves, día que para los periodistas de El Cronista es como un viernes, ya que, como el diario no sale los fines de semana, los francos eran viernes y sábados. Finoli le preguntó a su segundo en la sección, Alberto Valdez, quien se negó a ir “en primer lugar porque me parecía un delirio, pero además no me quería clavar un fin de semana en Tucumán”, recuerda. Finoli entonces intentó con otros periodistas de la sección, pero nadie quiso hacerse cargo de la cobertura. “Gordo, esto es un delirio, ¿te parece embarcarnos?” le preguntó Valdez a Finoli. “Es que Mario quiere que sí o sí se cubra” respondió. Mientras seguían evaluando quién podría ir a cubrir el hecho, Diament fue a la sección Política y avisó: “Ya está. Va Nahuel”. Las caras de Finoli y Valdez obligaron a que el director les dijera: “¿Ustedes no le creen nada a éste?”. “Nada”, respondieron a coro. Diament desoyó las consideraciones y Nahuel partió hacia Tucumán. El domingo siguiente llegó con la historia. Había descubierto el “Museo de la subversión”, y no sólo eso. Había logrado sacar fotos. El editor de fotografía de ese entonces, “Coco” Núñez, reveló el rollo que le entregó Nahuel y al rato salió de su oficina riéndose y diciendo “esto es insostenible”. En la foto había militares mostrando huesos, una foto de un pie en el que estaba desprolijamente tallada la leyenda “NN” y una foto de un feto de un “subversivo”. “Esto es una locura”, dijo Finoli resignado. Sin embargo, la foto del pie y del feto y la historia del “Museo de la subversión” fueron la tapa de El Cronista de ese lunes. El tema tuvo una repercusión impresionante. Comenzaron a salir cables de agencias nacionales e internacionales. Nahuel salió por varias radios porteñas y del interior del país contando la historia del macabro hallazgo. Los canales de televisión mostraban las fotos del horror y “levantaban” los párrafos más salientes de la nota de Nahuel. Pero al día siguiente, por la tarde, todo se derrumbaría. El entonces gobernador de Tucumán, Ramón “Palito” Ortega, llamó a una conferencia de prensa para desmentir rotundamente lo publicado por El Cronista. Dijo que en la provincia no existía tal museo y que se trataba de una “operación burda”. Los organismos de derechos humanos –que habían mantenido un prudente silencio-, contactaron a sus representantes en la provincia y constataron que se trataba, en el mejor de los casos, de un disparate, y en el peor, una operación de sectores bussistas contra Ortega. Página/12, el diario que más espacio le brinda a la temática relacionada con los derechos humanos, tampoco había “levantado” ni una línea de lo publicado en El Cronista. A fin de cuentas, el “Museo de la subversión”, no existía. El Cronista desistió seguir con el tema y nunca hizo una autocrítica por lo publicado por Nahuel desde Tucumán, lo que lo había convertido en el hazmerreír de la prensa en aquellos días de 1992. Nahuel, hoy, sigue sosteniendo que todo fue verídico. En la nota publicada en 1996 en la revista Noticias, Diament omite ese hecho en la “vida” de Nahuel Maciel. El periodista Oscar Taffetani –que había sido acusado por Diament de haber “recomendado a Nahuel”-, se lo quiso recordar en una carta que envió a la revista de editorial Perfil, pero Diament le pidió por favor que no recordara el tema del “Museo de la subversión”, según Taffetani. Entonces, Noticias publicó sólo un extracto de la misiva. La carta completa de Taffetani decía lo siguiente: “No sólo fueron literarios los embustes de Nahuel. Diament olvida el caso del museo policial de Tucumán, en el que supuestamente se exhibían en formol ‘pies de subversivos’, ‘fetos de subversivos’ y otras horripilancias (sic). Su enviado a cubrir aquel hecho fue, justamente, Nahuel Maciel. ¿No hubiera sido más aconsejable enviar a un cronista de política, a un periodista experto? La avidez de ‘noticias’ –aunque se tratara de ficciones-, nuevamente lo traicionó”. Una pregunta fatal Recién a esa altura de la historia Diament reconoce que se empezó a preocupar: “Una tarde, Nahuel se me acercó en la redacción para preguntarme si me interesaba una entrevista con el premio Nóbel israelí Samuel Agnon. - ‘¿El quiere hacerla?’, le pregunté. - ‘Bueno, se puede intentar’, me respondió, masticando su bigote como solía hacerlo. ‘Tengo buenos contactos’. - ‘Tienen que ser muy buenos’, le dije, ‘porque resulta que Agnon está muerto’. Se quedó cortado un momento y luego murmuró: ‘No lo sabía’”. Luego Diament se puso en campaña para averiguar si la mitomanía de Nahuel era efectivamente cierta. “Nahuel todavía alcanzó a colocar una entrevista con el uruguayo Juan Carlos Onetti en El Cronista Cultural, antes de que se impusiera una veda a la publicación de sus notas. Para entonces, su status legal dentro de El Cronista había pasado a ser de colaborador permanente, y no era posible prescindir de él sin pagarle una considerable indemnización, de modo que, si queríamos despedirlo, debíamos documentar su delito”, cuenta el entonces director. Y prosigue con otra anécdota: “Silvia Hopenhayn tenía en su cajón una entrevista que Nahuel afirmaba haberle hecho telefónicamente a Milan Kundera, y le exigí que me trajera la cinta grabada. Nahuel dijo que lo haría, pero comenzó a demorarse con toda clase de pretextos. Cuando creíamos que finalmente nos habíamos librado de él, apareció un día en la redacción, esgrimiendo triunfalmente un casete. Nunca sabremos si quien hablaba era Kundera. Tampoco sabremos el origen de la grabación. Pero la voz que salía del grabador se expresaba en un francés perfecto, con un fuerte acento del este europeo, y decía precisamente las cosas que contenía el presunto reportaje a Kundera. A pesar de ello, la entrevista no se publicó”. Y en los días siguientes se desencadenó el final. Un escritor santafecino, Carlos Roberto Morán, llamó a Orlando Barone para comentarle que recordaba haber visto la misma entrevista que Maciel le había hecho a Onetti, publicada en otra parte. Morán envió las fotocopias y según Diament, “pertenecían, efectivamente, a una entrevista a Juan Carlos Onetti, incluida en un libro de la periodista uruguaya María Esther Gillio. Maciel había copiado el texto literalmente”. Diament confrontó a Nahuel con las evidencias y le pidió explicaciones. Nahuel respondió que el propio Onetti le había autorizado a usarla. Aseguró que se comunicaría inmediatamente con el escritor, quien vivía entonces en Madrid, para pedirle que confirmara esto por fax. “Aun cuando el Papa la hubiera autorizado, esto sigue siendo un plagio”, le dijo Diament. Le preguntó si las anteriores entrevistas también provenían de un procedimiento similar, y Nahuel insistió que todas eran legítimas. “Esta se hizo así porque Onetti está muy enfermo. Pero él le va a mandar un fax confirmando esto que le he dicho”, le dijo. El fax de Onetti nunca llegó. Lo que sí llegó días después fue una demanda del sacerdote Mamerto Menapace de quien Nahuel había copiado cada palabra para el libro de las supuestas conversaciones con García Márquez. A pocos meses de su lanzamiento, el libro debió ser retirado subrepticiamente de la venta cuando se estableció que las introducciones de Nahuel Maciel a cada uno de los 12 capítulos fueron plagiadas palabra por palabra del libro "Prior de la Ciudad de los Toldos", escrito por Menapace. La única contribución de Maciel a estos prefacios supuestamente personales, consistió en reemplazar la palabra “Dios” por la palabra “utopía” ante cada ocurrencia. El libro fue retirado de circulación, y la edición, quemada ante escribano público. Y el hecho abortó la salida de Ediciones El Cronista al mercado literario. Diament fue a verlo a Maciel con el libro. “Por primera vez lo vi empalidecer”, dice. Nahuel admitió todo. “Es cierto, es un plagio” le dijo. El entonces director le dijo que tendría que ir a la redacción a firmar una serie de documentos donde asumía la total responsabilidad por sus actos y que retirarían inmediatamente el libro de circulación. Nahuel estuvo de acuerdo. Camino a la redacción, Diament le preguntó por qué había hecho un plagio tan burdo. “Uno a veces tiene impulsos que no controla…Como los que se sienten impulsados a matar. La verdad es que no sé por qué hago estas cosas…”, le dijo Nahuel.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buena la nota, impresionante hasta donde puede llegar un mitómano, pero más impresionante es que tanta gente por tanto tiempo quede atrapada.

Pablo Hualpa dijo...

Me queda la tentación de pensar, tal vez, que el mismo Maciel no existe y que, a la luz de la temática, sería un gran recurso para quién escribe ésta nota, resultando también en un fabulador o un plagiario, ya no de textos, sino de intenciones, vivencias o de conocimientos que otros, inútilmente, atesoran como propios.
Cuando los siglos pasen, como la Rosette, los textos más significativos serán anónimos y la eternidad hará justicia a favor de personajes como Maciel, que al menos, no habrán tenido la petulancia del copyright que ha ahogado a la cultura y el pensamiento en favor del capitalismo, por tanto tiempo. Brindo por el fabulador, por el crédulo, por el escritor o pensador accesible que no es negocio. La opinión de los grandes y el diálogo con el vulgo ha de ser escasa para valer en el Mercado. Si Maciel hubiese admitido su pecado abiertamente, hoy sería Dolina.