sábado, 30 de noviembre de 2013

Que bueno sería que el teatro de la vida se quebrara así para discutir la realidad de verdad

Algo inesperado sucedió durante el estreno de Un enemigo del pueblo que se presentó en el San Martin, en el marco del FIBA: uno de los actores le preguntó al público qué opinaba de todo eso que estaba pasando. Si estaban del lado de quien defiende el progreso económico a pesar de que ese avance afecte la salud y los principios de un pueblo, o si apoyaban al único hombre que denunciaba la mentira de ese crecimiento, aunque hacerse cargo de esa verdad implique la quiebra financiera. La mayoría de los espectadores levantó la mano, eligiendo esta última opción. Pero esa respuesta no fue suficiente para el elenco alemán: preguntaron por qué. Entonces, los actores comenzaron a repartir micrófonos y se armó una discusión en plena representación, que incluyeron quejas por el estado del Riachuelo, críticas al poder de los medios de comunicación y hasta un pedido del público para que hable el funcionario que estaba en la sala: el director del FIBA, Darío Lopérfido, quien se tuvo que levantar y decir lo que pensaba de la obra, a pesar de los silbidos y las críticas de la gente. Esta catarsis social que se dio en plena representación sucedió durante la noche del domingo, cuando se estrenó en el San Martín una de las obras más esperadas del FIBA: una versión de Un enemigo del pueblo de Ibsen, realizada por un director transgresor, radical y provocador: el alemán Thomas Ostermeier. Su propuesta de traspasar los límites del teatro y demostrar la fuerza política de la representación tuvo en Buenos Aires una respuesta inesperada: si bien forma parte de su planteo estético el hecho de que los espectadores participen activamente de la obra, en Buenos Aires, claro, la situación se desbordó y superó las expectativas de los actores. Tanta gente quería hablar, que en un momento el protagonista de la obra se tuvo que parar y pedir casi a los gritos que hicieran silencio, para poder retomar la función. El discurso político era explícito: la obra denunciaba el sometimiento del sistema capitalista y cómo desde pequeños la sociedad nos estructura para decirnos cómo hay que amar, sentir, trabajar, crear y hasta comer. "¡A nosotros nos pasa lo mismo con el Riachuelo y nos dejamos mentir durante años!", gritó una espectadora. Enseguida, tomó el micrófono el músico Diego Frenkel –que estaba entre el público– y dijo: "En nuestro país, más que el poder económico el poder que más nos afecta es el de los medios de comunicación. Hay una ley que tenemos y no puede aplicarse”. La gente lo aplaudió efusivamente. Mientras aumentaba el alarido social, uno levantó la mano y dijo: "Pero acá tenemos un funcionario público ¿por qué no le pedimos que hable?" La referencia era directa hacia Darío Lopérfido (ex secretario de Cultura del gobierno de De la Rúa). El político tomó el micrófono: "No soy funcionario, lo fui. Ahora soy director del FIBA." Esas palabras bastaron para que comenzaran los silbidos. Pero Lopérfido siguió: "Voy a responder lo que preguntan los actores. Yo estoy del lado de Stockman (el hombre que denuncia la crisis social). La obra nos dice que los que triunfan son los otros, porque la gente no quiere perder el bienestar económico. Y siempre hay complicidad de la sociedad civil, como nos pasó acá con la dictadura y en Alemania con el nazismo." Pero la multitud ya no escuchaba, el germen teatral había dado origen a una pequeña histeria colectiva. De fondo, un sesentón cansado, le gritó al funcionario: "¡Lopérfido no me expliques la obra!" El teatro –un hecho vivo e irrepetible– estaba en acción.

Fuente: Infonews

martes, 26 de noviembre de 2013

Mark Boyle, el hombre que vive sin dinero

¿Es posible vivir sin dinero? Hace un año que el irlandés Mark Boyle está desarrollando distintas formas de vivir sin ningún peso. ¿Qué es lo que más quieres en la vida? Muchos contestaríamos que nuestro sueño es ser feliz, pero cómo conseguir esa felicidad, si pareciera que cada vez el dinero nos consume más de lo que nosotros deberíamos hacer uso de él. Pero, queridos lectores, el dinero no hace la felicidad. De hecho, podríamos vivir tranquilamente en un mundo sin billetes. Un ejemplo vivo de esto es Mark Boyle, un irlandés que era administrador de una enorme compañía de comida orgánica, y que ganaba un suculento sueldo, lo que incluso le permitió comprar un yate, donde un día, con un amigo hablaron acerca de lo que estaba mal en el mundo, y de cómo evitar lo que lo destruía y a las personas en él. “Estos asuntos no estaban tan relacionados como había pensado antes. Tenían una causa común. Creo que el hecho de que ya no seamos capaces de ver las repercusiones directas que nuestras compras tienen en las personas, en el ambiente y en los animales es el factor que une todos estos problemas.”, escribió Mark. Para Mark, la mayor causa de la indiferencia a los problemas del mundo era el dinero y el consumismos en general. Haciendo suya la frase de Mahatma Gandhi, “sé el cambio que quieres ver en el mundo”, se deshizo de todo su dinero. “Hice una lista de todo lo básico que necesitaba para sobrevivir. Adoro la comida, así que eso era lo primordial. Hay cuatro patas en la mesa de la comida gratis: recolectar comida salvaje, cultivar, hacer trueques y utilizar comida desperdiciada, pero hay muchas otras formas.” Para tener alojamiento, entró como voluntario en una granja orgánica la cual ayudó a renovar para que no dependiera de energía eléctrica. Aquí se dio cuenta de la importancia de no desperdiciar ningún recurso disponible. “Si cultiváramos nuestra propia comida, no desperdiciaríamos el 30% de ella.” Además, Mark se bañaba en un río, utilizaba periódicos para ir al baño, para desplazarse usaba su bicicleta y para alumbrarse, velas hechas con cera de abeja. “Irónicamente, he encontrado que este año ha sido el más feliz de mi vida. Tengo más amigos en mi comunidad que nunca, no me he enfermado desde que empecé, y nunca he estado más en forma. He encontrado que la amistad, no el dinero, es la verdadera seguridad. Que la mayoría de la pobreza de occidente es espiritual, y que la independencia es realmente interdependencia.” ¿Ves? El dinero no hace la felicidad. Quizás no podamos ser tan radicales y vivir sin dinero de un momento para otro, pero si empezamos a ser un poco menos consumistas y a preocuparnos de las cosas que realmente importan como la familia los amigos, la madre Tierra, podremos vivir una vida en paz y feliz.

Fuente: Facebook de Encuentros y Contactos Extraterrestres

viernes, 22 de noviembre de 2013

En el día de la música a Rugir con todo!

De regalito para nuestra Patrona de la Música, Santa Cecilia y todos ustedes aquí tienen tres temitas nuestros para que disfruten y vayan precalentando sus oídos antes del primer show que ya llegará pronto.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Convenio de Prensa para mis compañeros de Radio Nacional

No pienso faltar a la cita de esta tarde a partir de la 13 horas en la puerta de Radio Nacional, para acompañar junto al Plenario de Delegados de prensa radial, escrita y televisada, y junto a los amigos y compañeros de esa emisora en la que trabajé durante 7 años que reclamarán en la puerta del histórico edificio de la calle Maipú 555, la aprobación de su propio convenio de prensa para no estar más regidos por el que corresponde a la actividad de correos. Espero encontrar a muchos de ustedes allí. Hasta dentro de un rato!

lunes, 18 de noviembre de 2013

Trabajo en negro: la deuda interna

El hambre es una puerta chiquita por la que hay que agacharse para pasar. Y cuando hay hambre, los hombres y mujeres que trabajan en la Argentina trabajan de lo que pueden y en las condiciones que pueden. Muchos empleadores se aprovechan de esa necesidad, violan la ley y vulneran los derechos de aquellos a los que creen hacerles un favor dándoles trabajo. Un adolescente santiagueño se sube a un micro con destino desconocido. Sólo sabe que va a desflorar maíz a otro lado. No sabe cuánto le pagarán. Al llegar, lo hacen dormir en un colchón roto en un galpón sin ventilación ni baño. No le permiten salir del establecimiento. Al final de la cosecha, le dan unos pocos pesos, a los que se les aplicó un descuento por la comida que consumió mientras estuvo trabajando. Una mujer boliviana decide dejar a su familia y viajar a Buenos Aires con la promesa de integrarse a la sección de costura de una gran marca de ropa. Antes de llegar le habían retenido el documento con la excusa de agilizar los trámites en la frontera. El taller funciona en los fondos de una casa en un barrio que no identifica. Trabaja 12 horas y duerme en la misma habitación en la que cose. Una chica recién recibida quiere empezar a desarrollarse en su profesión. Consigue que un empresario Pyme la lleve a trabajar con él. Le dice que se saque el monotributo y la hace facturar mes a mes. Pide vacaciones pagas: no le dan. Pide aguinaldo: no le dan. Reclama blanqueo: la echan. Un hombre trabaja para una cooperativa. Las cooperativas, le contaron, no deberían tener dueño. Esta parece que sí tiene. Y el dueño lo lleva a él y a otros compañeros a trabajar en reparaciones de las vías del ferrocarril. Pero se enteran de que los trabajadores ferroviarios cobran más del doble que ellos por tareas similares. Y deciden hacer un piquete para reclamar el pase a planta del ferrocarril. Los desaloja la policía y hay incidentes. Una mujer trabaja hace 20 años en una casa de familia. Crió a los chicos, que ya están grandes y se fueron a vivir solos. La señora le informa que se mudarán al country y que ya no necesitarán de sus servicios. La señora nunca la puso en blanco. La mujer, que ya está en edad de jubilarse, no podrá hacerlo porque no tiene aportes. La mujer no sabe que tiene derecho a recibir una indemnización por esos 20 años de servicio y la señora de la casa no la ofrece. La mujer se queda sin trabajo y sin esa casa que sentía como propia, a sus casi 60 años. Un señor mayor trabaja en una obra de un megaemprendimiento inmobiliario de un coqueto barrio porteño. Es sereno y ofrece su sapiencia para arreglar un poco de todo. No lo pueden blanquear, le dijeron. No es argentino. Una noche entran ladrones que roban la maquinaria y los materiales. A él lo atan con alambre y lo lastiman. Además, le roban sus herramientas personales. Sus únicas y costosas herramientas. Los capataces lo culpan por el robo. Él decide volverse a Paraguay. Todas estas historias tienen un denominador común: el trabajo en negro. Este es uno de los flagelos sociales y económicos que más dolores de cabeza trajo a los funcionarios del Poder Ejecutivo en los últimos diez años. Mientras todas las otras variables de la economía mejoraron considerablemente en la década kirchnerista, el empleo no registrado sólo se redujo del 49,9% en 2003 al 34,5% en 2013. Hoy, la informalidad afecta a 4,4 millones de trabajadores. Esta semana se conocieron datos del Programa Nacional de Regularización del Trabajo (PNRT) –que consiste en una serie de inspecciones que realiza el Ministerio de Trabajo– correspondientes al período enero-octubre de 2013. En lo que va del año se relevaron un total de 118.748 establecimientos productivos. En base a estas fiscalizaciones, la actividad en la que más trabajo en negro se registró fue la construcción, con una tasa de informalidad del 49 por ciento. En segundo lugar figura el sector agropecuario, con 46% de trabajadores no registrados. El nivel de detección de trabajadores en negro llega al 35% en el caso de los restaurantes, mientras el comercio es la cuarta actividad incumplidora de la normativa vigente, con un 30% de empleados informales detectados. En los casos de ilegalidad detectados hubo utilización indebida de la figura del monotributo, usos contrarios a las leyes de cooperativas y fraudes, a través de las medias jornadas. El caso más extremo de vulneración de derechos es el que está tipificado como delito de la trata de personas con fines de explotación laboral, que se concentra principalmente en establecimientos rurales y textiles. Dentro de este tipo de empleo no registrado, hay un 78% de extranjeros. Pero ¿qué implica ser un trabajador en negro? Según la actividad de la que se trate, implica una reducción de los derechos laborales. En primera instancia, cobran menos que los trabajadores registrados, no sólo en salario propiamente dicho. Tampoco perciben asignaciones familiares, aguinaldo, vacaciones pagas o premios. En general, tampoco están asegurados en una ART, por lo que no tienen cobertura ante accidentes laborales, hecho que se agrava según el nivel de peligrosidad que requiera el empleo. Y este cercenamiento de derechos puede afectar a todos los sectores de la sociedad, pero en general es padecido por los más vulnerables. Los extranjeros sin documentación argentina, los pobres, las mujeres (en ese orden) son los que más sufren el trabajo en negro. Uno de los principales problemas del empleo en negro es que en muchos casos los trabajadores desconocen sus derechos laborales y previsionales. Y aún cuando los conozcan, no se animan a hacer planteos a sus empleadores porque temen perder ese empleo, aún cuando sea en pésimas condiciones, con derechos retaceados y mal pagos. Los empleadores que toman personal en negro, por su parte, se ocupan de no permitir que entre ellos se difundan cuáles son sus derechos y de perseguir a quienes tengan la iniciativa de reclamarlos. Es habitual que no haya ningún tipo de organización gremial en los establecimientos con empleo en negro, y que ante el más mínimo intento de sindicalización, haya amenazas y despidos. Además, los empleadores se aprovechan de esta situación para tener una competencia desleal con sus colegas. Debido a que pagan menores costos por ese trabajo informal, pueden ofrecer precios más bajos que quienes tienen todo en regla y cumplen con la ley. Pero el trabajo en negro es difícil de detectar, porque no suele darse en las grandes y visibles empresas que se encuentran en los grandes centros urbanos. El empleo en negro está escondido. Escondido en la profundidad de las miles de hectáreas de un campo sembrado y en el anonimato de una micropyme. Y esa es la mayor dificultad que aducen las autoridades del Ministerio de Trabajo para no haber podido reducirlo como sí se redujeron otros índices. El Estado es el único articulador posible de todos los esfuerzos posibles para que las historias de más arriba sean cada vez menos. Sindicalistas y empleadores no deberían concurrir solamente a la mesa del diálogo social a pedir mejorar sus situaciones y a mencionar el tema superficialmente, por solidaridad de clase en el primer caso y para evitar la competencia desleal, en el segundo. Sindicalistas y empleadores también deberían participar activamente en la eliminación del empleo en negro. Y el Estado tiene que dejar de excusarse y perforar de una vez ese núcleo duro de un tercio de los asalariados que tiene que agacharse para pasar por la puerta de conseguir trabajo.

Fuente: Ana Vainman para Tiempo Argentino

lunes, 11 de noviembre de 2013

La intimidad oficial del asesinato de Kennedy continúa 50 años después

En su casa de Townsend al 3800, en un tranquilo barrio residencial del noroeste de Dallas, Hugh Aynesworth está a 18 kilómetros y 50 años de distancia del hito que cambió el curso de la historia y también el de su vida. "Estuve en los lugares correctos en los momentos justos", resume el veterano periodista de 82. El viernes 22 de noviembre de 1963, el entonces redactor de ciencia y temas espaciales del Dallas Morning News –el diario de mayor circulación de Texas- era uno de los pocos miembros de la redacción que no había sido asignado a cubrir la visita de John Fitzgerald Kennedy a Dallas. Sentía que estaba siendo desperdiciado. Sin embargo, decidió presenciar el desfile porque le simpatizaba JFK y porque "no todos los días un presidente venía a la ciudad", tal como recordó en su libro Witness to History (Brown Books, 2013 ). Aynesworth, entonces de 32 años, se retiró del diario poco antes del mediodía y caminó unas tres cuadras hasta Market y Main, uno de los sitios por donde iba a pasar la caravana. Pero al haber tanta gente amontonada, se desplazó dos cuadras más hasta la esquina sudeste de la Plaza Dealey y luego se unió a unos abogados amigos que divisó en el cruce de Elm y Houston, frente a la cárcel local -contigua al luego tristemente célebre Depósito de Libros Escolares de Texas-. Había salido el sol y, pese a los temores previos de una atmósfera hostil al mandatario, más de mil personas saludaban jubilosos el paso del Lincoln Continental azul que también transportaba a la Primera Dama, Jackie; al gobernador de Texas, John Connally; y a su esposa Nellie. "No puede decir que Dallas no lo quiere", le dijo Nellie a Kennedy. "No, desde luego", le respondió él con una sonrisa. El auto hizo un giro de 120 grados, a unos tres metros del sitio donde estaba Aynesworth, y enfiló por Elm rumbo al centro Trade Mart, donde lo esperaba un banquete de campaña. Eran las 12.30. Entonces, recuerda el periodista, escuchó el primer ¡pop!, que primero atribuyó a la explosión del motor de una moto policial de la comitiva. Luego siguieron otros dos sonidos similares en el lapso de seis segundos. Y el trigésimo quinto presidente de Estados Unidos cayó desplomado sobre Jackie, ante los ojos atónitos del reportero. Ese episodio, solo, hubiera alcanzado para marcar su carrera. Pero Aynesworth no sólo presenció el magnicidio más impactante del siglo XX, sino que, en las siguientes 48 horas, también cubrió y fue testigo privilegiado de los hechos más relevantes que le siguieron: la detención del asesino, Lee Harvey Oswald, en el cine Texas; y su posterior asesinato a manos de Jack Ruby, dueño de un local nocturno de Dallas, el domingo 24. "Fue un poco de instinto periodístico… y mucho de suerte", asegura a Newsweek Argentina el cuatro veces finalista del Premio Pulitzer, ex corresponsal de Newsweek y The Washington Times y periodista del programa 20/20 de ABC. Durante una entrevista exclusiva en la que repasa detalles del caso, que nunca dejó de investigar, Aynesworth explica por qué sigue creyendo que Oswald y Ruby fueron asesinos solitarios, recuerda las teorías conspirativas más extrañas, critica la interpretación fílmica de Oliver Stone y reflexiona sobre el legado de JFK.

¿Cuántas veces le pidieron que contara lo que vio ese fin de semana frenético?

¡Uff! ¡Incontables veces! Hubo una pequeña parte de instinto, pero tuve sobre todo mucha suerte. Yo había arreglado una entrevista con un científico para las tres de la tarde, pero decidí ir caminando y antes ver pasar la caravana de Kennedy. Así vi lo que vi. Unos 50 minutos después de los disparos, escuché de casualidad en el radio de un patrullero que un policía [J. D. Tippit] había sido baleado a pocos kilómetros, en Oak Cliff. Sospeché que podía haber una conexión con el atentado, salí volando al lugar y pude estar en el cine donde Oswald fue arrestado, a la 1.50 de la tarde. "¡Denuncio esta brutalidad policial!", recuerda Aynesworth que gritaba Oswald. En el cine estaban proyectando la película War is Hell, "La guerra es un infierno", protagonizada por Baynes Barron. "Todo ese fin de semana estuve investigando el caso y los antecedentes de Oswald. Y como se retrasó su traslado desde el cuartel de policía hasta la cárcel, también pude estar presente el domingo 24 a las 11.21, cuando Jack Ruby le disparó mezclado entre los reporteros", agrega Aynesworth. La Comisión Warren, creada para investigar oficialmente el caso, dictaminó en 1964 que Oswald había sido el único en disparar a Kennedy, tres tiros desde el sexto piso del edificio del Depósito de Libros Escolares de Texas, donde trabajaba desde hacía cinco meses. Que Ruby también actuó solo. Y no halló evidencias de que alguno de ellos fuera "parte de cualquier conspiración, doméstica o extranjera, para asesinar al Presidente Kennedy". Las conclusiones nunca pudieron ser rebatidas, aunque entre el 60 y el 75 por ciento de estadounidenses sigue creyendo que JFK fue asesinado por la acción de más de una persona. Una película de NatGeo que se estrena este 9 de noviembre se titula, por caso, ¿Quién mató a Kennedy? En opinión de Aynesworth, "nadie quiere creer que dos Don Nadie, como Oswald y Ruby, pudieron cambiar el curso de la historia. Pero lo hicieron".

¿Cuánto contribuyeron las autoridades a fomentar esta desconfianza?

Todos los funcionarios cometieron errores. Le voy a dar algunos ejemplos. Cuando encontraron el arma de Oswald en el sexto piso del depósito de libros, el asistente del fiscal de distrito anunció que se parecía a un Mauser, cuando en realidad se trataba de un rifle Mannlicher-Carcano. Otro error: en una conferencia de prensa, preguntaron al fiscal del distrito Henry Dave: "¿Cómo hizo Oswald para ir desde el depósito hasta el vecindario de Dallas (Oak Cliff) donde mató al policía Tippit?". Y Dave respondió que "se tomó un taxi" conducido por un tal Darryl Click… cuando nunca había habido ningún taxista en Texas con ese nombre. Después le pregunté por qué había dicho eso y respondió: "No sé, me salió así". El mismísimo director del FBI, John Edgard Hoover, dijo en una conversación telefónica a Lyndon B. Johnson [quien acababa de jurar como presidente en reemplazo de Kennedy] que una tarjeta de identificación a nombre de Alek Hidell, hallada en la billetera de Oswald, pertenecía a una mujer, cuando en verdad era el alias del asesino. A la gente le encantan las conspiraciones, a todos nos gustan. Y cuando hasta el fiscal de distrito o el FBI parecen mentir, ¡con más razón! Así empezó todo.

Usted, sin embargo, no duda de la culpabilidad de Oswald.

Debo haber cubierto unos 60 juicios por asesinato. Y estimo que en el 90 por ciento de ellos había menos evidencia sobre la autoría. En este caso, sabemos que Oswald trajo el rifle, cuándo y hasta cómo lo envolvió. También que trabajaba en el edificio. Que lo vieron en el lugar. Y que era el único que faltaba cuando se hizo el recuento a la tarde de los empleados del depósito.

¿Pero por qué lo hizo?

La motivación es difícil de identificar. No sabemos con certeza, pero conocí mucho a la madre de Oswald (Marguerite), a su hermano Robert y a su viuda, Marina, y poniendo las piezas juntas podemos juzgar su vida. Él quería ser alguien. Fíjese en la sociedad actual: la gente es capaz de hacer cualquier cosa por aparecer en la tapa de una revista, o estar en la televisión. Él quería ser alguien. Con Jack Ruby ocurrió exactamente lo mismo. Ruby, nacido Rubinstein, representa el segundo oscuro eslabón del atentado. Uno de los ocho hijos de un matrimonio de inmigrantes eslavos, criado en Chicago durante la "década sangrienta" de los años ‘20, Ruby era propietario de un decadente local de strip-tease en la calle Commerce de Dallas. La revista Life señaló por esos días que "se vestía como los pistoleros de la época: corbatas blancas sobre camisas del mismo color, sombreros gris perla, anillos con gruesos diamantes en el meñique". Pero los grandes gángsters ni siquiera notaban su presencia y era, en todo caso, un traficante de poca monta. "Ruby era la quintaesencia del hombre de ninguna parte", describe Aynesworth en su libro. "Lleno de grandes historias, mayores sueños y arrogancia, buscaba tener clase tal como entendía ese concepto". Siempre fue inestable emocionalmente, pero la cárcel terminó por desquiciarlo. Murió de cáncer en 1967, mientras esperaba su segundo juicio por asesinato.

Usted conocía a Ruby.

Lo conocía bien desde hacía tres años, antes de que saltara a la fama. No me gustaba. Era fanfarrón y bravucón, un "groupie" de la policía y la prensa, que siempre quería estar en medio de la escena de un raid, de un naufragio o de un gran incendio para decir a los periodistas lo que había visto o lo que sabía de tal o cual caso.

¿Él pensaba que matando a Oswald sería reivindicado como un héroe?

Por supuesto. Pero no creo que lo haya planeado. Le voy a explicar por qué. El traslado de Oswald a la cárcel se había anunciado para las 10.00 de la mañana del domingo. Ruby, que vivía a unos ocho kilómetros, se despertó a las 8.00 por el llamado de una stripper de su local, que necesitaba 25 dólares para pagar el alquiler. Él le dijo que le mandaría dinero. Tomó el desayuno tranquilo, luego lavó su ropa y recién después salió manejando hacia las oficinas de Western Union, que están a una cuadra del cuartel de policía donde Oswald estaba arrestado. Despachó el dinero, salió de ahí, vio toda la actividad que había en la otra esquina… y decidió ir para allá. A los pocos minutos, tuvo a Oswald a un paso de distancia y le disparó.

¿Pero cómo pudo entrar a un lugar, el estacionamiento subterráneo del cuartel, que estaba reservado a policías y reporteros?

Aprovechó la confusión, Quizás tenía una chance en un millón, y lo logró de alguna forma. [La Comisión Warren criticó los estándares de seguridad para controlar el acceso]. Y que portara un arma no era sorprendente. En esa época, la legislación en Texas permitía que los hombres de negocios que llevaran dinero encima tuvieran un arma. Es terrible, pero era la ley. Ese 22 de noviembre, Aynesworth tuvo una jornada vertiginosa. Cubrió y reporteó para el Dallas Morning News los asesinatos de JFK y el policía Tippit, así como el arresto de Oswald y sus antecedentes, incluyendo el testimonio de la mujer que le alquilaba un cuarto en Dallas por US$ 8 a la semana. Volvió tres veces a la redacción y al menos tres notas e informes de la edición histórica del día 23, que hace un par de meses se reimprimió completa como souvenir conmemorativo en Dallas, llevan su firma. A las diez de la noche, entonces, emprendió agotado el regreso a su casa… sólo para constatar que lo esperaba allí un ingeniero pequeño y desaliñado, llamado Rodney Stalls, quien le dijo que sabía quiénes habían planeado el atentado: "Fueron los rusos y [el magnate petrolero] H. L. Hunt", señaló. "Estuve recibiendo mensajes desde hace algunas semanas". La "denuncia" de Stalls fue, recuerda Aynesworth, la primera de una larga lista de cientos de teorías conspirativas que habría de oír en los días, años y décadas que siguieron. Al menos cinco personas le "confesaron" que habían matado a Kennedy o formado parte del complot. Y entre los acusados o sospechosos más mentados por instigar el atentado han figurado los rusos, los cubanos, la mafia, grupos derechistas o anticastristas, el FBI y el complejo industrial militar, que, en teoría, temía quedar seriamente afectado por los planes de Kennedy de retirar tropas de Vietnam. Lyndon B. Johnson (LBJ), el tejano vicepresidente que sucedió a JFK, también habría tenido -según los conspiranoicos- buenos motivos para eliminar al Presidente. A comienzos de año, el consultor republicano Roger Stone publicó un libro (The Man Who Killed Kennedy: The Case Against LBJ) en el que sostiene que Johnson creía que JFK no lo elegiría como compañero de fórmula en los comicios de 1964, y que, además, la revista Life iba a publicar una trama de corrupción en la que él estaba involucrado. "Era un hombre desesperado que veía cerca el fin de su carrera política", dice Stone. Pero como Aynesworth asegura en su libro: "Nunca disputé la posibilidad de una conspiración detrás del asesinato de JFK. No dudo que sería una historia que me encantaría dar como primicia. Sin embargo, la prueba de un complot sigue siendo elusiva. No hay ninguna evidencia que indique otra cosa [que la autoría aislada de Oswald]". El periodista también suele repetir que la conspiración ha sido el único negocio lucrativo en la industria editorial que rodea el caso.

¿Cuál fue la teoría conspirativa más loca que escuchó?

Hubo muchísimas. Un fiscal de distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison, acusó al empresario local Clay Shaw de estar implicado. Resulta que una mujer llamó desde una cárcel mexicana y le dijo que había visto y oído a Lyndon B. Johnson dando dinero a Clay Shaw y Oswald en un hotel de Cancún [para pagar el asesinato]. Hice una averiguación y el supuesto hotel había sido construido cinco años después del atentado. Otro famoso teórico de la conspiración, Jim Marrs, señaló que JFK fue matado ¡porque iba a contar a EE. UU. que los extraterrestres habían visitado el país! [risas].

El asesinato de Kennedy cambió la historia. Y su vida. ¿Pero cómo cambió la ciudad de Dallas después del atentado?

Dallas cambió tremendamente. Era una ciudad con mucha gente archiconservadora que odiaba a Kennedy. El único tejano republicano en el Congreso era de Dallas, Bruce Alger, quien fue derrotado al año siguiente por el alcalde Earl Cabell. Todas las organizaciones derechistas, que solían ser muy vociferantes y vibrantes, dejaron de ser escuchadas después del atentado… La ciudad recibió un verdadero "mazazo", más allá de que la condena era algo inmerecido, porque recuerde que Oswald pasó más tiempo en Nueva Orleans, en Fort Worth y en Rusia que en Dallas.

¿Cree que JFK fue un buen presidente?

Cometió algunos errores, como el episodio de Bahía de Cochinos al inicio de su mandato. Había prometido apoyo (para la invasión a Cuba) y después se retractó. El episodio le dejó heridas. Pero la manera en que manejó luego la llamada Crisis de los Misiles y la relación con Jruschev, en 1962, fue encomiable. En ese momento temíamos que se desencadenara un ataque nuclear en cualquier momento. Tenía una línea de asesores más conciliatorios y otros que defendían una línea dura, y él ignoró la línea dura. Fueron 30 días realmente tensos. Por estos días se habla mucho del legado de Kennedy. ¿Cuál es su opinión? Es difícil de decir. Pero Kennedy dio a la nación cierto espíritu. Estábamos acostumbrados a presidentes de edad y él y su familia, tan jóvenes, nos trajeron cierto sentido de excitación. Todo eso se perdió, o en algún modo creció y se eternizó, aquel 22 de noviembre de 1963. Fue hace 50 años. Ante los ojos de Aynesworth.

Fuente: Infonews

viernes, 8 de noviembre de 2013

Cantando por un Aleph

Acusa a Carlos Gardel de convertir el tango en un cantar "quejoso y llorón" y en "una breve escena dramática" e incluso teoriza sobre el origen etimológico del vocablo. "A mí me suena africana, como milonga". Con esas palabras, que refieren a cinco horas de grabaciones inéditas presentadas ayer en Madrid, el ilustre escritor José Luis Borges describe su pasión por la música durante una disertación en Palermo que data de 1965. "El tango tiene esa raíz infame, en las casas malas, y luego los niños bien, los patoteros, lo llevaron a París. Y cuando el baile fue aprobado y adecentado en París, entonces el Barrio Norte lo impuso al resto de Buenos Aires", dice Borges , con una voz pausada y suave, que se mezcla con las risas de la sala y el ruido de motores y bocinas que acompañan su alocución sobre la historia de la música. Pero Borges no sólo habla, sino que además canta. Y lo hace tras recordar un pasaje del Martín Fierro, de José Hernández. "Ustedes me van a perdonar que desafine porque también desafinaban los paisanos y los payadores", relata. Y prosigue: "Estoy obligado a esa fidelidad porque tengo un oído muy escaso". Luego tararea un verso y otro, celebrado por sus interlocutores con aplausos. Poco después, tras hacer mención de sus tangos preferidos, entre los que se encuentra "El choclo", de Enrique Santos Discépolo, alude a la persona de Carlos Gardel y se pregunta: "¿Qué hizo esencialmente Gardel? Gardel tomó la letra del tango y la convirtió en una breve escena dramática en la cual un hombre abandonado por una mujer se queja (.) Gardel toma el tango y lo hace dramático". Y por último, a tono con su reflexión, concluye: "El tango fue un símbolo, hay algo en el alma argentina, algo salvado por esos humildes y a veces anónimos compositores, algo que volverá, creo que estudiar el tango no es inútil, es estudiar las diversas vicisitudes del alma argentina". (Nota con audio aquí)

Fuente: La Nación

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La NASA explicó la misteriosa "ciudad de luz" cercana a la Costa, así nos roban...

En diciembre de 2012, el Centro Nacional de Datos Geofísicos de la Administración Nacional de los Océanos y la Atmósfera de EE.UU. (NOAA) y el Observatorio Terrestre de la NASA dieron a conocer un nuevo mapa de la Tierra tal y como aparece de noche. Elaborado con los datos del satélite Suomi NPP, este mapa de luces nocturnas ofrecía una claridad y una resolución sin precedentes, y mucha más sensibilidad a la luz. Tanta, que el resultado ofreció algo muy raro en la costa de Argentina: una "ciudad de luz" en el medio del Océano Atlántico Sur, entre 300 y 500 kilómetros mar adentro. No existen asentamientos humanos en ese lugar, ni incendios ni pozos de gas. ¿Qué era entonces? Se trata de barcos de pesca en alta mar, iluminados en la noche. Los mismos se agrupan a lo largo de líneas invisibles: el borde submarino de la plataforma continental, la corriente de las Malvinas rica en nutrientes, y los límites de las zonas económicas exclusivas de la República Argentina y las Islas Malvinas, donde barcos de otros países no pueden pescar. Esos pescadores nocturnos están a la caza del Illex argentinus, una especie de calamar de aleta corta, el segundo más pescado en el mundo. El calamar se encuentra a lo largo de decenas de cientos de kilómetros desde la costa de Río de Janeiro hasta Tierra del Fuego. El calamar se concentra en esa zona porque hay una gran cantidad de fitoplancton, una hierba del mar de la que se alimentan el zooplancton y los peces, que luego se convierten en alimento para el Illex argentinus. Al trabajar en estas áreas, los pescadores iluminan el océano con potentes lámparas que atraen el plancton y los peces. El calamar sigue a sus presas hacia la superficie, donde son más fáciles de pescar. Los barcos pueden llevar más de un centenar de estas lámparas y generar hasta 300 kilovatios de luz por barco. Oficialmente, unos 100 barcos reciben permisos cada año para trabajar la pesquería del calamar, pero las imágenes de satélite indican que hay muchos más en la zona. «Las imágenes de satélite son una herramienta para comprender lo que está sucediendo con la pesca, especialmente en aguas internacionales», afirma Ezequiel Cozzolino del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero en Argentina, según consignó el diario ABC de España.

Fuente: Perfil

lunes, 4 de noviembre de 2013

Con mi Vieja Loba de mar, Hebe. Gracias Madres siempre!

Cuando tenía unos 16 años y empecé a trabajar en esto, lo cual me llevó a tener contacto permanente con personalidades públicas me prometí que la única foto cholula y frívola que me iba a sacar en la vida iba a ser con alguien que hubiera tenido ovarios, o huevos, si les gusta más, cuando hizo falta tenerlos. Gracias Hebe! y como te dije hoy antes de la postal que nos sacó el querido Palito, la coyuntura bipolar de fundamentalismos banales me tiene muy sin cuidado y no me va a traer problemas como me preguntaste, quedáte tranqui!. Hoy podemos estar de acuerdo o no en muchos temas, pero eso, en rigor de verdad, no importa, ¿sabés por qué?, porque para mi ya eras Gardel, Lepera, Mick Jagger, Jim Morrison y Janis Joplin juntos cuando apenas era un adolescente y mirá que ya tengo 42. Por eso los gustos me los doy en vida y se va todo al carajo!. Otra vez, gracias por tu lucha y la del resto de las viejas queridas, que como vos, Azucena Villaflor y Nora Cortiñas, entre otras, jamás bajaron los brazos! Eso, al menos para mi, es ser útil en este breve paso por la vida, ¿el resto?, el resto es hacer simples relaciones públicas!

sábado, 2 de noviembre de 2013

Los peligros del consumismo, un apocalípsis en cuotas

¿Quién detiene una fiesta avisando que mañana cundirá la resaca mientras la gente baila y queda alcohol en la heladera? El aguafiestas que lo haga sufrirá el escarnio público, pero difícilmente logre su objetivo. Algo así es lo que ocurre en la fiesta de consumo que vive una parte del planeta y que, en el mejor de los casos, invita al resto a sumarse. La resaca llegará, inevitablemente, pero mientras tanto… ¡bailemos! Probablemente la principal dificultad para detener la fiesta es que buena parte de las consecuencias de nuestro accionar está oculta bajo capas y capas de conductas cotidianas, ritos culturales que transforman situaciones tan obvias e incuestionables como la salida del sol. Veamos algunas. La misma agua que bebemos y que cuesta enormes cantidades de energía potabilizar, se usa para transportar nuestras heces por las cloacas. Ponemos aires acondicionados que, según las leyes de la termodinámica, generan más calor que frío; claro, el frío para adentro y el calor para afuera, lo que aumenta aún más la temperatura en la urbe, por lo que necesitamos más aire acondicionado por lo que… Eso sin contar las centrales termoeléctricas que le dan la energía a los aires acondicionados y los viajes que debemos hacer para descansar de este infierno de cemento. ¿Cómo vivían los veranos nuestros abuelos? ¿Las patas en la palangana? Pero por favor, si un aire acondicionado es taaaaan barato y hoy en día hay que ser muy ratón para no tener uno. Además solo vamos a usarlo un par de días por año…. Pero en materia de ineficiencias aceptadas por el sentido común burgués moderno, sin duda el podio es para el automóvil. Es que, aunque ya nadie lo note, se moviliza cerca de una tonelada de hierro para transportar, como mucho, un par de cientos de kilos de carne humana viva. Esta insólita y brutal ineficiencia es la base de una de las bromas más macabras del desarrollo tecnológico. Los autos son una pésima idea si el objetivo es transportar gente. Para colmo esa pésima idea está en cada rincón del planeta. Solo se los puede explicar en un contexto histórico particular y con una visión acerca de lo que es razonable retorcida por años de capitalismo. Los primeros autos se produjeron a fines del siglo XIX. La mecánica prometía por entonces llevar a la humanidad hasta el paraíso tecnológico en el cual todo esfuerzo humano sería prescindible. Como utopía era por demás deseable: la historia de la humanidad (al menos de la inmensa mayoría) es la del esfuerzo físico, el frío, las distancias, el trabajo de muy poca productividad que apenas permite la supervivencia. Las máquinas, su potencia, su incapacidad para conocer el cansancio acunarían a la humanidad para permitirle, finalmente, descansar como especie. Lo que no sabían quienes creían en esa utopía es que la factura se acumulaba en algún lado y que la satisfacción nunca llega. Pese a la brutal incorrección política que conlleva, la calidad de vida de una persona en una villa, por el solo hecho de tener una canilla con agua potable, ya es superior a la de la inmensa mayoría de las personas que habitaron este planeta. Ya decía Marx: la satisfacción de necesidades genera nuevas necesidades y la sociedad moderna se ha vuelto profesional en la materia. La otra cuestión necesaria para que los autos se hicieran realidad se explica por la potencia del petróleo que, procesado, permite combustibles de un poder extraordinario: un par de litros pueden mover toneladas por kilómetros. Nada se compara a esta eficiencia. Si viéramos que una vecina lleva todos los días una carretilla de hierro para cargar un par de kilos de tomates la daríamos por loca. Pero, vale la pena repetirlo, cuando alguien mueve una tonelada de hierro para transportarse nos parece normal. Para peor, el combustible que se usa es producto de millones de años de un arduo proceso químico que permitió condensar toneladas de materia orgánica en energía hiperconcentrada. En un par de generaciones terminaremos con él. Pero qué bien se vive mientras tanto. La glotonería por el petróleo es una de las taras centrales de los autos. Por un lado está el problema medioambiental de liberar ingentes cantidades de carbono a la atmósfera, donde se une al oxígeno para formar CO2 con resultados conocidos. Por el otro, que la humanidad parece ciega a la evidencia de que está agotando la forma más eficiente de energía con la que cuenta para que los humanos paseen (repetimos) su tonelada de hierro (eso si no están en un embotellamiento, momento en el que la estupidez de la especie se expresa en toda su plenitud, sobre todo cuando se ensanchan autopistas para que sea más la gente que se embotella al mismo tiempo). Para colmo, las ciudades están diseñadas para los autos. En urbes como París, Nueva York o San Pablo, cerca del 25% de su superficie está destinada a ellos, con sus kilómetros de asfalto que se arrojan sobre la calidad de vida urbana sólo para que la gente mantenga una actividad que resulta demencial. MunsterDOTposter 2-BikeWalkLincolnPark Y si queremos seguir con la listita de la irracionalidad automotriz es necesario citar que los accidentes de tránsito son la primera causa mundial de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años. La potencia del petróleo es enorme, y podría seguramente utilizarse para tareas más nobles. Pero no es para eso para lo que se la usa. Hay quienes argumentan que los autos son cada vez más eficientes en su relación combustible/km. recorrido, y los híbridos ganan cada vez más espacio en el mercado. Por ejemplo, la casi totalidad de fabricantes de autos coincide sospechosamente en que el futuro de la movilidad humana pasa por vehículos equipados por motores que reduzcan el consumo de combustibles fósiles, no por las bicicletas o los trenes. Sin embargo, no se menciona una paradoja central: que la producción misma de autos genera una huella de carbono de una magnitud similar a la que provendrá de su caño de escape. Hoy día, un auto es la complejísima interacción de múltiples sistemas, muchos de ellos destinados al confort de, habitualmente, un único pasajero. El índice de ocupantes de autos que ingresan a Buenos Aires por autopistas es 1,3. Y ese auto es mucho más que cuatro ruedas y un motor: un auto moderno tiene, literalmente, decenas de miles de piezas, un par de cientos de metros de cables, y decenas de motores eléctricos, sensores y circuitos electrónicos, destinados a funciones tan superfluas como calefaccionar los asientos o encender automáticamente el limpiaparabrisas cuando comienza a llover. Por ende, cuanto más caro, grande y complejo es el coche, más ineficiente resulta en términos ambientales, especialmente por el costo ecológico de su producción. La tecnología nos provee de esa droga poderosa para la que no hay desintoxicación posible: el confort. Una vez que probamos, por ejemplo, la dirección asistida o el cierre centralizado de nuestros autos, sentimos que no podemos vivir sin ellos. Y no hay vuelta atrás. Por ello el problema de la sustentabilidad es, en ocasiones como esta, una batalla cultural que nos obliga a entender estas otras implicancias ocultas en los productos que consumimos. Es decir: es una batalla perdida, aunque con un poco de voluntarismo podemos creer que algunos intentos aislados del primer mundo (sí, el que más contamina) pueden servir para detener el proceso. Esta diatriba resulta, sin duda, exótica, una de esas culpas irresolubles que los progresistas nos autoinfligimos. Los autos son el sueño de buena parte de la sociedad. Son, posiblemente, uno de los objetos más valorados como fuente de estatus y también de comodidad. Son parte de la vida cotidiana, de las obviedades que ya ni se perciben, como los camellos en el Corán de los que habla Borges. Suponer que en el mediano plazo dejarán de existir es de un voluntarismo ecológico irracional. Para que su ineficiencia pueda visualizarse realmente en toda su magnitud sería necesario un cambio de paradigma económico, social y político muy profundo. Sería necesario que la gente pudiera percibir que no es lo más natural del mundo transportarse a cientos de kilómetros para sumar experiencias subjetivas durante las vacaciones. A lo largo de casi toda la historia de la humanidad, la inmensa mayoría de las personas se movía en un radio de unos pocos kilómetros. Ni hablar del hombre primitivo que necesitó generaciones y miles de años para llegar a todos los continentes. Más cerca en el tiempo, únicamente soldados, comerciantes, marineros y pocos más pudieron conocer algo allende los alrededores de su lugar de nacimiento. Sin embargo, un mundo en el que el desplazamiento sea limitado a lo que podemos conseguir por medio de la tracción a sangre, nos daría claustrofobia. En un libro llamado “Cómo los ricos destruyen el planeta”, su autor, el periodista francés Herve Kempf plantea la razonable hipótesis de que el sobreconsumo (en ocasiones escandaloso) de aquellos más favorecidos genera un impacto negativo sobre el medioambiente del que no se responsabilizan. En el caso de los autos, eso está claro: un señor conduciendo en soledad su 4×4 comete un atentado ambiental. Pero la responsabilidad de los ricos se amplía al campo cultural: citando al economista Thorstein Vleben y su “Teoría de la clase ociosa”, Kempf sugiere que la conducta de despilfarro de las clases pudientes genera un intento de emulación por parte de las clases más bajas, impulsando así el consumo en esta. Ya Marx lo decía hace tiempo. Ser pobre es mucho más ecológico, aún si se cocina con bosta de vaca o se queman bosques nativos para plantar porotos, pero nadie quiere serlo. El capitalismo se ha quedado con nuestro deseo y, a través de él, con nuestra energía cotidiana. Y aquí surge una nueva paradoja: si acordamos en que uno de los cambios sociales más alentadores de las últimas décadas es el ascenso social de amplias masas de desposeídos de China, Brasil o la India, que comienzan a engrosar las clases medias de esos países, ¿qué pasará cuando cada una de estas familias quiera acceder a su primer auto? ¿Por qué impedirles a ellos gozar de una insignificante parte de aquello que los ricos vienen haciendo desde hace siglos? ¿Vamos a transferirle la responsabilidad? La situación recuerda a los europeos cuando critican a los brasileños que queman el Amazonas para alimentarse, ajenos a que se fumaron todos los bosques de su continente para desarrollarse. Y el día que los chinos comiencen a usar pañales descartables, el fin del mundo estará al alcance de la mano. En 1996, William Rees y Mathis Wackernagel publican su hoy clásico “Nuestra huella ecológica: reduciendo el impacto sobre la Tierra”. La Huella Ecológica es allí definida como el “área de tierra y agua necesaria para mantener indefinidamente el estándar de vida material de una determinada población humana, utilizando la tecnología predominante” medida en hectáreas por habitante. Lo interesante de este concepto es que vincula los recursos disponibles a las posibilidades de desarrollo humano. Por ende, si todo el planeta consumiera como EE.UU., primero en el podio por lejos, serían necesarios 5 planetas como la Tierra para satisfacer esa voracidad por los recursos. Por eso, la idea de un desarrollo que permitiera a todos ser tan ricos como las sociedades del primer mundo es inviable, a menos que se logre clonar la Tierra un par de veces. Es natural pensar que, dentro del capitalismo, una economía que no crece se encuentra en problemas. Sin embargo, es otra creencia ilógica creer que un auto es el mejor medio de transporte que pudimos crear. No puede haber crecimiento perpetuo en un sistema cerrado. Y la Tierra lo es. Por lo tanto, tal vez la respuesta pasa por buscar alternativas al capitalismo, descripto alguna vez como “una bicicleta que avanza hacia el precipicio: si se detiene se cae, si avanza se desploma”. Nadie se anima a decirlo, salvo el Pepe Mujica al que tan buena prensa hacen los medios por ser pobre y bueno, pero inofensivo. Tal vez sea la hora de aceptar que nos hemos malacostumbrado y que estamos dispuestos a derrochar el planeta en un puñado de generaciones– y que los que vengan detrás paguen la cuenta. Es muy difícil parar la fiesta cuando el champagne, o el petróleo, corre sin costos visibles.

Fuente: el Puercospín