viernes, 31 de julio de 2015

¿Quienes eran Los Ellos en El Eternauta de Oesterheld?


La composición del personaje que representa el Mal es la clave del relato de suspenso, decía Hitchcock. Los Ellos, los extraterrestres que se apoderan de Argentina en la historieta El Eternauta de H. G. Oesterheld y Solano López, cumplen cabalmente esta regla convirtiéndose en unos de los malvados más logrados de nuestra producción artística. Metáfora del imperialismo o encarnación de temores sin nombre, los invasores son e1 ingrediente esencial de una visión de pesadilla que permite descifrar alguna obsesiones de la Argentina de los años 50. Todos los lectores de El Eternauta recuerdan que en este relato de la invasión extraterrestre a Buenos Aires los enemigos nunca se dejan ver. Esto es posible porque los invasores, que provienen de un planeta desconocido, actúan a través de sus esclavos gurbos, cascarudos, Manos y hombres-robots. La incógnita es tal que no se llega a saber si los conquistadores, que son bautizados con el pronombre personal de “Ellos”, se encuentran en la Tierra o controlan las operaciones desde el espacio exterior. La disciplina del ejército invasor está asegurada por la Glándula del Terror, un ingenio técnico injertado en el cerebro de los subordinados. El menor intento de rebeldía activa la Glándula, que segrega sustancias dolorosas y mortales. Las criaturas que luchan contra los humanos carecen de la esencia maligna de sus amos, ya que no son más que carne de cañón dirigida por control remoto. La Glándula del Terror es una variación del “lavado de cerebro”: el símbolo de un sistema de dominación basado en una técnica avanzada que ha hecho realidad los temores inspirados en los experimentos conductistas. Asimismo es una prueba de que la civilización de los Ellos es capaz de prodigios tecnológicos que le permiten instaurar un grado de esclavitud perfecto. El tema del “lavado de cerebro” forma parte de un conjunto de temores a la automatización explotados por la ciencia-ficción y, con anterioridad, por los escritores fantásticos del siglo XIX. En un ensayo sobre el cine de anticipación científica de los años 50, Susan Sontag afirma que dicha constante responde a la creencia moderna en la disposición del hombre a convertirse en máquina. “Estos invasores practican un crimen peor que el asesinato, no se conforman con matar a la persona, la anulan de su humanidad (…) Se han tornado más eficientes (el modelo por excelencia del hombre tecnocrático. purgado de sus emociones, sin voliciones, tranquilo, obediente a todas las órdenes)”. Los enemigos de los humanos también se presentan como una organización militar cuya vocación por conquistar, destruir y esclavizar remite a los imperios de la historia antigua y también a los totalitarismos modernos. En los Ellos se concentran tradiciones de violencia matizadas por un sentimiento: el odio. Los Ellos son el odio cósmico, advierte un Mano, introduciendo un elemento emocional impropio de una sociedad extremadamente racional y despersonalizada. La importancia de este matiz se destaca mejor si comparamos a los invasores de Buenos Aires con la potencia del Mal que protagoniza la guerra de las galaxias de Lukas. Mientras que en la película se trata de una organización autoritaria con reminiscencias fascistas, los enemigos del Eternauta carecen de definición precisa. Da la impresión de que en los Ellos se alternan dos concepciones diferentes del Mal. A veces los invasores aparecen como una fuerza negativa inmensa trabada en una lucha cósmica contra el Bien, y otras veces carecen de rasgos distintivos, como una pura ausencia cuyo impulso destructivo es tan ajeno a cualquier orden moral como puede serio la explosión de una estrella. Tal vez esto sea la explicación de la falta de imágenes de los Ellos: no hay forma de representar la energía entrópica que encarnan. Son innombrables y, por consiguiente, irrepresentables, lo que los vuelve mucha más ominosos. En ese sentido, la denominación de “Aquello” hubiera sido más apropiada que la de “Ellos”, un nombre demasiado personal para una fuerza del caos. HUMANISMO CÓSMICO “En el universo hay muchas especies inteligentes”, explica un Mano, “algunas más, otras menos inteligentes que la especie humana. Todas tienen algo en común: el espíritu. Así como hay entre los hombres, por sobre los sentimientos de familia o patria un sentimiento de solidaridad hacia todos los demás seres humanos, descubrirás que existe entre todos los seres solidaridad, un apego a todo lo que sea espíritu, que une a los marcianos con los terrestres, a los trípedos de Ruma del quinto planeta de Vega, con los Glóbulos de Laskaria, la patria de los gurbos”. Esta declaración introduce en El Eternauta una perspectiva muy distinta a la propuesta por H. G. Wells en La guerra de los mundos. En esta novela los invasores marcianos eran derrotados por la acción de las bacterias terrestres, contra las cuales carecían de defensas; en la obra de Oesterheld, el triunfo de los alienígenas sobre los humanos es completo. Sólo el contexto de una lucha universal y temporal desmiente el carácter definitivo de este desenlace espantoso. Al final de El Eternauta, cuando el protagonista parece haberse convertido en el último sobreviviente de la especie humana, se conoce que el sacrificio de los terrícolas ha sido útil para la comunidad planetaria de seres inteligentes que comparten con el hombre la espiritualidad, el raciocinio y la voluntad de lucha. De este modo surge una concepción que denominaremos humanismo cósmico porque homologa los seres humanos con los marcianos y con los gurbos, la fuerza de choque de los Ellos. Reconocemos en ella un eco del espíritu de fraternidad universal forjado en la lucha contra el fascismo en los años treinta y cuarenta, que oponía los valores de libertad, paz, volundad, cultura y solidaridad a la barbarie, inhumanidad, esclavitud, e intolerancia atribuidos al Eje. El entendimiento entre los Aliados y la creación de las Naciones Unidas constituyeron el marco ideal para esa creencia que, aunque se vio cruelmente desmentida por el inicio de la Guerra Fría: no dejó de subsistir como una esperanza que se fortalecía cada vez que parecía acercarse la posibilidad de un nuevo conflicto mundial. Los Ellos, entonces, serían un precipitado de todo lo que el guionista y su dibujante consideraban contrario a un entendimiento pacífico universal. Con ello, su planteamiento no difiere sustancialmente del expresado por las obras de ciencia ficción de los años 50. Al igual que éstas, El Eternauta concreta angustias provocadas por la posibilidad del holocausto nuclear y la “jaula de acero” de la racionalidad instrumental e inaugura para los escenarios del desastre la visión de Buenos Aires progresivamente destruida. Puede decirse que, en ese nivel, Oesterheld y Solano López manejan un material ideológico afín a la cinematografía catastrófica de aquella década. “En las películas, participamos en la fantasía de vivir por transposición la propia muerte y, lo que es más, la muerte de las ciudades, la destrucción de la humanidad por medio de imágenes y sonidos y no de palabras traducibles por la imaginación”, dice la Sontag. Al exponer los miedos contemporáneos mediante el auxilio de una estética de la destrucción, las películas de ciencia ficción facilitan que lo inconcebible pueda ser pensado. Como la tragedia griega, afirma la crítica, estos filmes ayudan al espectador a purificarse de sus presentimientos y terrores. Pero El Eternauta no es sólo un eco de la imaginación del desastre de los países centrales. La forma en que trata la cuestión del holocausto nuclear revela el modo peculiar del guionista para adaptar temáticas tomadas a los anglosajones. Al comienzo de la obra, los personajes escuchan en la radio la noticia de una explosión atómica producida en el océano Pacífico que ha dado lugar a una nube radioactiva. Poco después, al caer la nevada mortal lanzada por los invasores, los sobrevivientes creen que se enfrentan a un desastre natural causado por los ensayos nucleares. Pero la culpa de esta calamidad no la tienen las potencias sino los alienígenas. Una vez más se cumple la norma apuntada por Barthes: en el lugar del verdugo humano, surge la figura del enemigo extraterrestre, deplazándose hacia ella la responsabilidad del desastre provocado por las grandes potencias. Más adelante, las bombas atómicas se convienen en la última esperanza de Juan Salvo y sus compañeros, quienes confían en que los misiles lanzados por las grandes potencias podrán terminar con la cabeza de la invasión. Primera desilusión: los proyectiles son anulados por el campo de fuerza que protege a la base enemiga. Después. cuando el grupo de combatientes porteños destruye la base y con ella su sistema de defensa, la esperanza se vuelve pavor: los misiles del Norte siguen cayendo y los porteños se ven obligados a huir del fuego amigo que destruye por completo Buenos Aires, produciendo el primer hongo atómico concebido por la imaginación artística en Argentina. Cruel paradoja: la tecnología del mundo desarrollado no solo ha sido ineficaz contra los extraterrestres sino que encima ha causado más estragos que los propios enemigos. Observamos como aquí el tema de la guerra nuclear, lejos de constituir el núcleo central, cumple un papel secundario al servicio de una conclusión novedosa, como señala Juan Sasturain: Del Norte no llegará ninguna ayuda. Habrá que arreglárselas solos. EL SILENCIO La escasa importancia que se otorga en la trama al conflicto atómico se explica porque para Oesterheld hay algo más terrible: la incomunicación entre los seres humanos Su primera manifestación es el silencio de la radio causado por las interferencias enemigas Para los seres humanos la incomunicación equivale a un estado de indefensión total. La guerra de “todos contra todos” que rige a partir de ese instante constituye el momento más bajo de la comunicación: los sobrevivientes se matan entre sí. La comunicación sólo será restablecida gracias a la intervención del Ejército argentino. Años más tarde, Oesterheld confesó que El Eternauta era su versión personal de Robinson Crusoe. En esta novela, además de las gesta individual del individuo librado a sus propios recursos para dominar una naturaleza virgen, hay un episodio secundario que es el encuentro con el Otro, ilustrado en el impresionante descubrimiento de la huella en la playa de la isla que se creía desierta. El náufrago inglés se pregunta quiénes serán esos “Otros” y pronto encuentra que la respuesta es terrible: son caníbales. El espanto que invade a Robinson se explica por la connotación que para Occidente tiene la figura del caníbal, un tipo emblemático de transgresiones de orden religioso, cultural y político. Desde la perspectiva cristiana, el canibalismo, al considerar al prójimo como alimento, implica una afrenta al mandamiento divino: desde lo cultural, la antropofagia remite al escalón más bajo de la evolución humana, el que participa de la animalidad: desde lo político, esta práctica cuestiona la definición del hombre como zoon politikon al imposibilitar la construcción de un orden social duradero. La sociedad caníbal es, para Occidente, la anti-sociedad. Pero en la novela de Defoe el canibalismo encarna el punto máximo de resistencia de la Naturaleza a la acción civilizadora del protagonista; no ocurre lo mismo en El Eternauta, en donde sólo es lícito hablar del canibalismo como de una metáfora sobre la supervivencia de los más fuertes a costa de los más débiles. Sin embargo, es muy sugestivo que la única alusión a prácticas caníbales reales sea el hecho de que los cascarudos devoran los cuerpos de sus congéneres caídos. Nuevamente, Oesterheld concretiza en los alienígenas una amenaza que, poco antes, estuvo por terminar con los porteños sobrevivientes. El peligro de la disgregación social obsesiona al autor hasta el punto de conferirle un carácter determinante, como lo prueba la advertencia formulada por Favalli, el compañero de Juan Salvo, anticipando el desgarramiento de la sociedad argentina: “No creo que nosotros seamos los únicos sobrevivientes del desastre… habrá otros; algunos serán pacíficos e inofensivos como nosotros, pero otros, ¿qué sabemos hasta donde pueden llegar “las ambiciones, los apetitos de otros en una situación como ésta, donde no habrá policía ni autoridad que sirva de freno? Muy pronto se entablará la competencia por la comida. Muy pronto esto será como la jungla… todos contra todos”. Juan Salvo también comparte la misma prevención: “Este barrio siempre tan apacible se convertirá en una jungla donde todo será cuestión de matar o morir”. Los protagonistas de El Eternauta no dudan que, ante una situación límite, los hombres caerán en el estado de naturaleza y practicarán la caza de otros seres humanos El Robinson criollo imaginado por Oesterheld se apaña del conflicto entre salvajes y civilizados planteado en el original, para ofrecer una visión descarnada de la humanidad a la luz del espectáculo de los argentinos matándose entre sí. Pero el énfasis en las imágenes sobrecogedoras de la guerra civil no implica una disminución de la fe de Oesterheld en el triunfo de los sentimientos solidarios. Los personajes de la obra nunca dejan de actuar guiados por principios de fraternidad, por más hostil que sea la realidad circundante. La predilección del autor por las situaciones límites no es sino una estrategia para hacer aflorar en los protagonistas el impulso ético propio de la condición humana. La confianza inclaudicable del guionista en tales valores morales puede encontrarse en toda su producción, sobre todo en las historietas bélicas. La guerra presenta para el autor la virtud de poner al desnudo las debilidades y fortalezas humanas más íntimas. El enfrentamiento a la adversidad, nos dice Oesterheld, es la circunstancia en la cual los individuos acorralados realizarán sus elecciones morales decisivas. “La guerra es, por definición de Ernie Pike, la aventura que no tiene sentido”, señala Sasturain, “porque no hay un Mal enfrente (el enemigo) sino que el mal es la guerra misma, un error. La única victoria posible en esta batalla, entonces, es la interior, la que cada hombre libra dentro de sí cuando entran en contradicción dos códigos: el deber y la lógica abstracta de la guerra contra el deber y la lógica de los sentimientos. Se reivindica, siempre, ese margen de libertad individual dentro de un acto colectivo esencialmente inmoral; se salva el gesto mínimo solidario, la superación del miedo por el heroísmo, ademanes sin bandera ni medallas”. La amenaza de canibalismo que acecha a los habitantes de la Buenos Aires asediada alcanza su clímax durante el episodio de la “Batalla de River Plate”. Allí se nos muestra cómo los resistentes atrincherados en el estadio de fútbol sufren pavorosas alucinaciones inducidas por los Ellos. Los milicianos, delirando, se desparan mutuamente causando la muerte de la mitad de la tropa. Los invasores han logrado que los argentinos no se reconozcan entre sí, lo que equivale a una pérdida de identidad cuyas consecuencias en el enfrentamiento son fatales. EL CRISOL MAL FRAGUADO Si es correcto, como sostiene el crítico Peter Biskind, que las películas estadounidenses sobre invasiones alienígenas de los ’50 también pueden interpretarse en relación al debate que tenía lugar en aquella la época acerca de si correspondía a los militares o a los científicos liderar la sociedad en una situación de emergencia, es legítimo preguntarse hasta qué punto Oesterheld, al nacionalizar el género, aprovecha la circunstancia imaginaria de la invasión para introducir preocupaciones y malestares sociales conectados con las crisis abierta en Argentina a partir de 1955. En esos años el país vive una situación muy distinta a la de los Estados Unidos de la Guerra Fría. Mientras que en esta nación el macartismo y el bienestar económico han reducido al mínimo los niveles de descontento político y social, los argentinos se encuentran divididos en dos bandos irreconciliables cuyos antagonismos han dado lugar a conatos de guerra civil. El orden aparente impuesto por la dictadura libertadora no ha conseguido disipar esa posibilidad, que vuelve a actualizarse con el levantamiento de Valle y, años después, con los enfrentamientos entre azules y colorados. Una de las vertientes ideológicas de esta fractura social es el retorno al discurso de “Mayo-Caseros” y sus evocaciones del período de la Anarquía del siglo pasado y la reedición del esquema “Civilización o barbarie”, y otra es el fortalecimiento de la historiografía revisionista. Estos enfrentamientos ideológicos hacen perder credibilidad al modelo de república instaurado en 1853 y a su proyecto de cohesión social encarnado en el mito del “crisol de razas”. Nuevamente, el país atraviesa una crisis que aviva al máximo los temores a la desintegración nacional. Peronistas versus antiperonistas, obreros versus empresarios, capital versus interior, nación versus imperio son algunas de las principales contradicciones que separan a los argentinos. La creencia de que estas oposiciones son estériles y empantanan los esfuerzos nacionales suscita en amplios sectores una sensación de impotencia que abona el terreno para el surgimiento de una opción política que ofrece una solución superadora: es el momento del integracionismo desarrollista. Precisamente en esos años (1957- 1958) aparece la serie El Eternauta. La única referencia concreta que hay en ella a la realidad política contemporánea es sumamente significativa: -Pensar que hace apenas unos años la gente pasaba por aquí gritando laica o libre- reflexiona Juan Salvo. -Olajá no tuviéramos ahora otro problema que la libre o laica- contesta Favalli. El hecho de que el autor haya situado este diálogo en el marco del arrollador avance de los invasores le otorga el carácter de un mensaje cuyo sentido es advertir sobre la relatividad de las disenciones internas ante la amenaza de destrucción del país. El creador de este mal sueño ha apelado a un vasto repertorio de terrores que oprimían a sus compatriotas. Algunos de ellos han sido tomados de un fondo común compartido con los países centrales; otros, han .recibido una dimensión propia arraigada en la historia de las ideas argentinas. Para ello, Oesterheld no ha vacilado en desplazar toda la negatividad malsana que percibe en su entorno a la figura de los invasores. Esta operación de conjuro le permite sacar de sus escondites a unos cuantos demonios para encerrarlos en una entidad exterior a la comunidad que los ha engendrado. La consecuencia de esto es que todos los personajes de la obra son figuras positivas que no reconocen más diferencias que las de sus temperamentos. La materia de esos miedos es difusa y, por consiguiente, también lo es el Mal que los representa. Es justamente esa cualidad borrosa de los Ellos, propia de las pesadillas, lo que intensifica su efecto perturbador. Por eso, los invasores pueden parecer totalitarios, caníbales, esclavista o autómatas sin que ello agote su contenido, que es por definición impreciso. Se ha vuelto un lugar común decir que las invasiones alienígenas del cine de los ’50 remiten a la obsesión macartista de la sociedad norteamericana; de la misma manera, los Ellos han dado lugar a interpretaciones que los asocian con la penetración imperialista sufrida por Argentina hacia finales de esa década. Ninguna de ambas lecturas está del todo errada. En el caso de Estados Unidos, la conexión entre la situación real de confrontación con chinos y soviéticos y persecución de presuntos enemigos “infiltrados” con películas como La guerra de los mundos o La invasión de los ladrones de cuerpos es suficientemente clara. En el caso argentino, los pactos militares y económicos con los países centrales, la privatización de empresas públicas y la entrega del petróleo constituían para un sector de la sociedad la evidencia de la pérdida de la soberanía en favor de potencias extranjeras. Por lo tanto, hay razones para buscaren los Ellos el rastro de lo que se percibía como una agresión externa. No hemos querido negar la presencia de tales contenidos en la obra de Oesterheld; simplemente, hemos creído que una lectura reducida a esta dimensión perdería de vista otros planos que enriquecen y multiplican, de forma contradictoria a veces, los sentidos de El Eternauta. Por el contrario, la nueva versión de 1969 y la segunda parte publicada en 1976 sí se ajustan a las interpretaciones que hacen de El Eternauta una gesta anti-imperialista y, agregaríamos nosotros, antidictatorial. Los invasores que aparecen en dichos trabajos nos resultan familiares, y esto perjudica a la obra. La caracterización de los Ellos era el ingrediente esencial de la primera parte de El Eternauta; por eso, la eliminación de su ambigüedad a través de la extrapolación esquemática de los poderes opresivos no sólo empobrece la figura de los alienígenas sino que degrada, al simplificarlo, el logro de Oesterheld y López: haber mostrado la muerte de la Argentina en una visión que, al igual que ciertas pesadillas, tiene la virtud de ser demasiado intolerable como para dejarnos seguir durmiendo.