martes, 15 de diciembre de 2015

Vocación docente: María Eva Rossi inició su transformación después de recibirse de psicóloga


María Eva Rossi inició su transformación después de recibirse de psicóloga en Nueva York, cuando volvió a su ciudad natal, Bahía Blanca, donde todavía vive. Este paso a paso, dice, le otorga algunos privilegios que ella destaca como tales desde su profesión de formadora de docentes. “Prefiero estar en un aula que encerrarme en un consultorio, esta visibilidad es mi compromiso”.

Viviste varios años en Nueva York, que podría haber sido un ambiente propicio para tu transición, sin embargo elegiste volver a Bahía Blanca...

–Yo me fui de mi casa a vivir a Buenos Aires y después a Nueva York, antes de haber hecho mi transición. Volví a Bahía Blanca ya siendo psicóloga con experiencia de trabajo en el extranjero y después empecé mi transición. Por haberlo hecho tarde tengo herramientas que me evitaron haber caído en la marginalidad. Se conjugaron todas esas cosas con los avances del país, en el sentido del respeto a las identidades y las diversidades. Por ejemplo, meses antes de comenzar mi transición, en diciembre de 2008, se había derogado un edicto que penalizaba vestir prendas del género opuesto, así que yo pude salir a la calle con mi nueva identidad. Era verano, yo volví a trabajar en el Instituto Superior de Formación Docente Julio César Avanza donde ya trabajaba desde hacía tres años. La transición fue muy buena. Me reintegré con mi nueva identidad y tomé exámenes en febrero. Cuando volví a Bahía pensé en quedarme un tiempo, pero gané un concurso, cátedras y no me fui. Al tiempo ya sabía lo que quería hacer y me agarró una especie de añoranza de Nueva York, pensando en que nada mejor que hacerlo en un lugar anónimo. Pero, por otro lado, en Bahía Blanca tenía mis afectos y yo no era inmigrante. Decidí quedarme y encararlo. Igual, fueron dos años de mucho revoloteo interno. No tanto para el afuera, sino adentro mío. Mi familia lo supo de entrada y lo aceptó, con muchos avances y retrocesos. Hubo un momento en que estaban de duelo y yo eufórica. Y en otro, al revés, ellas, mamá y mis hermanas, relajadas y yo pasé al duelo.

¿Duelo de qué exactamente?

–Había una persona que era de una identidad y ya no iba a aparecer más. Sigo siendo la misma persona en el fondo, pero este cambio implicó una pérdida o una adaptación. Mi duelo llegó más tarde que el de mi familia. Al principio era: ¡qué bueno que lo descubrí y que lo voy a hacer! Pero después vino todo el proceso. Empecé una terapia de acompañamiento, yo quería sentirme acompañada en el camino, no cuestionada en mi decisión.

Con respecto a tu trabajo, ¿cómo fue haber hecho tu transición a la vista de la institución?

–La institución se manejó muy bien porque tuvieron asesoramiento de muchos lugares, básicamente de La Plata, sobre cómo manejarse ante posibles situaciones de incomodidad. Lo que hicieron fue reunir a la gente, explicarles, ponerlos al tanto. Para muchas personas fue una novedad, una revolución. La política que implementaron fue pedirles que a las quejas o incomodidades las manifestaran por escrito.

¿Se diría que tuviste una suerte especial?

–Tengo familiares que trabajan en la institución y cuando llegué de Nueva York me reconocían como el hermano de o la hija de. Entonces, a partir de hacer la transición, pasé a ser la profesora, es decir, me gané un lugar propio. Por otro lado, creo que la institución recibe lo diverso siempre y cuando no sea tan diverso. Ellos fueron contenedores y se adaptaron, pero ¿qué hubiera pasado si yo hubiera sido peruana, si hubiera emigrado a Bahía Blanca como travesti, con papeles de varón (que todavía tengo)? ¿Qué habría pasado con tanta diversidad junta? Diversidad es verdad que encarno, pero dentro de los límites conocidos, aunque todavía para alguna gente bajé de un ovni hace un ratito.

Hacer la transición de grande suena un poco como una ventaja.

–Me salvé de la experiencia de ser discriminada de chica. No me salvé de otra: haber pasado 42 años enclosetada. Tan enclosetada que ni siquiera sabía que estaba en un closet. Yo no sabía lo que era la palabra travesti. Tenía 14 años en 1981, en Bahía Blanca, una ciudad donde están el quinto cuerpo del ejército, la iglesia...

¿Fue un deseo consciente durante la adolescencia?

–No consciente en poder decir “esto es lo que quiero”, pero sí vestirme para tener placer. Lo vivía con mucha culpa, muchas promesas de decirme a mí misma: “no lo hago más”. Y de hecho no lo hice más desde los 14 años. Creo que nada pasa de un día para el otro, ¿no?

Bahía Blanca tiene fama de ser una de las ciudades más conservadoras del país...

–Ahora están haciendo los juicios a los criminales de lesa humanidad y me enteré de que el 10 por ciento de todos esos casos están concentrados en esa zona. Es una ciudad que concentró históricamente mucha ideología nazi y de todas las ciudades grandes del país es la que tiene mayor coerción social. Yo tenía la promesa de volverme a Nueva York, pero tenía la contención en Bahía Blanca y era una contradicción para mí. Pero si bien Bahía es uno de los lugares más inhóspitos para hacer una transición, es por eso mismo que me resulta uno de los más interesantes. Haberlo hecho en Nueva York habría sido no dejar huella de nada. En cambio, en Bahía Blanca, soy la única formadora de docentes que hizo su transición a la vista de la institución, y es un logro. Cuando fui a Suteba a plantear mi situación, no sabían bien qué decirme. Les pregunté si habían tenido casos y dijeron que jamás. Estamos introduciendo en estos ambientes algo que se habla en muchos otros, pero hablar es fácil, el tema es cuando irrumpe en esos espacios la diversidad confrontativa.

¿En Bahía Blanca existe comunidad trans?

–Mi salida a la luz se conjugó con la de otra chica que era de Salta y vivía en Bahía desde hacía 20 años. Con ella nos conocimos en una charla de Lohana Berkins en la Alianza Francesa y juntas decidimos dar forma y contenido al movimiento trans y de diversidad sexual en Bahía Blanca. En marzo del año siguiente yo ingresé en el Inadi –del que ya me fui– y ella se convirtió en la referente local de ATTA. Juntas organizamos marchas, charlas y debates para visibilizar la diversidad en la ciudad. Se hizo la primera marcha gay en Bahía Blanca donde estuvimos nosotras. Somos las primeras en visibilizar la diversidad desde lo trans, en 2010. En ese año, ella y yo participamos del video Volver a mí, que participó del festival de cortos realizados por mujeres.

Vos das tu testimonio en ese video...

–Sí, las realizadoras querían dar un testimonio de la transgeneridad a través de una mirada íntima. Allí hablamos sobre el proceso interno y de cómo repercute en todas las áreas y en los vínculos. Estamos trabajando en un segundo video: la transgeneridad de una profesora que forma formadores y que hizo su transición a la vista de la institución. En el video lo que se ve de interesante es cómo en Bahía Blanca irrumpe la transgeneridad en un lugar tan conservador como el sistema educativo. Un sistema que silenció la sexualidad y la diversidad. Ahora tenemos la Ley de Educación Sexual Integral, pero que no hace carne todavía y yo estoy tratando de que se cumpla.

¿Te definís como mujer?

–Es difícil la definición. Porque me quiero alejar de la heterosexualidad obligatoria, la heteronormatividad y el patriarcado, y por momentos siento que estoy siendo absorbida por ese sistema binario, entonces me cuenta definirme mujer. Hasta ahora me definí como psicóloga docente travesti/ transgénero. Pero no es por no sentirme mujer, sino que es un gesto militante de definición de sujeto político.

¿Ejercés como psicóloga?

–La lucha que tenemos las personas trans es lograr que nos despatologicen y discriminalicen, terminar con la sinonimia trans mujer = prostituta. Me parece que avanzo más en quebrar este estereotipo como docente que si me encierro en un consultorio a escuchar a alguien. Creo que en la docencia se encuentran mi causa y mi vocación. Además las trans tenemos una relación particular con la clínica, porque la patologización viene de la psiquiatría y a veces desde el mismo psicoanálisis. Cuántas veces se dice todavía que la homosexualidad es una enfermedad...

Y eso que la sociedad le da otro tratamiento a la homosexualidad que a lo trans...

–Dentro de lo que es diversidad sexual las más marginadas somos las personas trans. Una persona gay puede luchar, pero salir del placard es un beneficio o una opción que tienen. Nosotras no. En nosotras la exposición es inevitable. Entonces nuestro lugar es muy vulnerable, pero nos hace más fuertes también. Lo que yo busco con mi identidad es ser feliz, pero a veces los precios que se pagan cuestionan esto. ¿Cuántos hombres se juegan como la pareja de Florencia Trinidad a hacer público su amor por una chica trans? Es una gran lección: que el amor sea para todos y no el de la heterosexualidad obligatoria. La felicidad es la meta final de todos los seres humanos, para eso es necesario elegir con el corazón sin pagar precios altísimos, ni vivir en el placard de una relación clandestina. Por eso me parece bárbaro lo que logró Florencia Trinidad. Ojalá algún día eso nos sucede a todos y a todas. Una no ama con los genitales sino desde otro lugar. Una ama a personas y es amada por personas.
Fuente: Paula Jiménez para Página/12